Que la canción no se calle

Esta semana, el Senado de los Estados Unidos aprobó por unanimidad la llamada Ley de Modernización de la Música, que se propone precisamente legislar sobre aspectos de la industria que permanecían en una zona gris donde los más débiles eran los que terminaban perdiendo.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Desde la perspectiva de los usuarios, las nuevas pautas de consumo musical parecieran ser bastante beneficiosas. Aquellos que estén dispuestos a bancarse las interrupciones de algunos spots publicitarios, pueden escuchar la música que quieran en el momento que se les ocurra, siempre y cuando tengan conexión a internet. Y los privilegiados que sean proclives a un desembolso, disfrutarán del acceso a un infinito catálogo musical con el pago de un canon mensual para nada inaccesible. Podría decirse que estamos ante un panorama soñado para esos melómanos que durante décadas juntaban moneda sobre moneda para poder comprar aunque más no sea un disco por mes.
De hecho, con la presencia del periodista de Vorterix Dany Jimenez, en una mesa que compartió con Elisa Robledo y Flor Aquim, la Feria del Libro y el Conocimiento promovió el martes pasado el debate sobre la evolución desde el vinilo hasta Spotify, como soportes musicales. Más allá de que la conversación derivó finalmente hacia las experiencias profesionales de Jimenez, el invitado no dudó en elogiar ese regodeo que se produce en la actualidad, ante todas las chances que se presentan de asimilar canciones que nunca antes se habían podido escuchar y de contextualizarlas a través de la información disponible en la web.
Esta apología podría tener su eco también entre muchos artistas, que encuentran en las plataformas de streaming un punto de despegue para sus carreras, una vidriera de la que hasta no hace mucho carecían. Y es que en la industria musical del siglo veinte había demasiados intermediarios que, en vez de acercarle al público las obras de sus músicos favoritos, terminaban funcionando como un embudo que dejaba afuera a numerosos aspirantes a estrellas. Hoy, cualquiera puede subir su producción y hacerla accesible a gente de todos los rincones del planeta, a través de procedimientos tan simples como efectivos.
Sin embargo, una visión tan ingenua deja de lado los contornos más ingratos de esta revolución tecnológica, que esconde detrás del deslumbramiento que provoca, una manipulación maquiavélica. No sólo se ha concentrado el poder de difusión y comercio en unas pocas empresas (Google, Spotify, Apple), sino que además se ha barrido con muchas de las prerrogativas de los propios artistas, con respecto al pago de regalías y derechos de autor, cuya regulación suele tener demasiados años de antigüedad y, por lo tanto, deja en un limbo jurídico a los soportes más modernos, que se sienten habilitados a pagar de acuerdo a sus propios criterios.
Esta semana, el Senado de los Estados Unidos aprobó por unanimidad la llamada Ley de Modernización de la Música, que se propone precisamente legislar sobre estos aspectos que permanecían en una zona gris donde los más débiles eran los que terminaban perdiendo. Y aunque se trata de una iniciativa que aplica al territorio estadounidense, hay que recordar que hace pocos días también la Unión Europea proclamó una ley en el mismo sentido; y que estos vientos de renovación que soplan en esas regiones cuentan con muchas probabilidades de expandirse hacia todo el mundo.
Lo llamativo es que, para que la Ley de Modernización de la Música contara con un respaldo mayoritario, casi todos los sectores que intervienen en la industria tuvieron que ponerse de acuerdo en los puntos fundamentales, que incluyen una mejor retribución para los responsables primarios de alimentar el circuito: los músicos. Tal vez esto termine influyendo negativamente sobre la comodidad con la que los usuarios consumen las obras musicales, pero todo sea para que la canción no se calle. Y para que esos artistas que tan gratificante aporte le hacen a nuestra vida, obtengan una recompensa acorde a la magnitud de su talento.



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