Antes y después, la revolución (Tercera parte)

Esta nota concluye el cuadro de los hostigamientos quede fines de 1890 a comienzos de 1891, dirigía el poder remanente del juarismo local contra los partidarios de la unión cívica, entre dos estallidos que prepararon el terreno para un cambio político profundo.



Por Vïctor Ramés
cordobers@gmail.com

De “La Picota”, 1890. La policía de Córdoba busca armas de la unión cívica y encuentra escobas.

Venimos tratando de caracterizar el período desde la Revolución del Parque en 1890, cuya consecuencia inmediata en Córdoba fue la renuncia de Marcos Juárez a la gobernación en agosto de 1890, hasta la asonada de mayo de 1891 en esta capital, liderada por los cuadros de la unión cívica. Lo hacemos desde la inmediatez con que narran los hechos las publicaciones periódicas de ese tiempo, transmitiendo la percepción del miedo y la violenciaciudadana. El diario El Porvenir sigue dándonos material para cerrar el tema.
Para contrastar los discursos que expresaban ideologías contrarias, se acude asimismo a fragmentos del relato sobre la situación localen cartas que le enviaba el Ministro de Gobierno de Córdoba, Benjamín Domínguez, a Julio A. Roca. Según cita el historiador Eduardo Saguier en su monumental Genealogía de la tragedia argentina, a fines de 1890 “para el Ministro Domínguez, el desorden se había apoderado de la ciudad de Córdoba y el populacho «…hace lo que quiere y no nos puñalean por la calle porque no se les antoja»”. Y agrega que “…no hay del populacho ni un solo herido, de nuestros gendarmes todos los días mandábamos al hospital, habiendo día que hemos enviado cinco heridos y algunos de gran gravedad, de modo que para protegerlos ha sido preciso ordenarlos en patruya [sic]”.

Esa perspectiva, también próxima a los sucesos, encuadra la cita siguiente de un relato de El Porvenir del 23 de noviembre de 1890:
“Serían, próximamente las diez de la noche, cuando marchaban tranquilamente por la calle Gral. Paz, entre Dean Funes y 9 de Julio, cuatro o cinco ciudadanos.
Algunos pasos antes de llegar frente a la casa del Sr. DidimoPosse, uno de ellos dio un viva a la Unión Cívica, a tiempo que una patrulla de diez soldados armados a remington, mandada por un sargento, llegaba cerca. El sargento, amenazándolos, les intimó orden de no proferir gritos semejantes. Como reclamasen, la patrulla tomó una actitud hostil; entonces acudió el joven Enrique Deheza para manifestar a su jefe que nadie tenía derecho para impedir a un ciudadano el que diese viva, y exclamó: ¡Viva la Unión Cívica!, grito que fue contestado por varias personas.
Inmediatamente los soldados, obedeciendo a una orden del sargento, montaron sus armas y las apuntaron al grupo.
Varias señoras que se encontraban en las veredas y puertas de algunas casas vecinas prorrumpieron en exclamaciones de espanto, y procuraron impedir que los soldados hicieran fuego. El Sr. Moisés Achával, que se encontraba allí cerca, increpó por su conducta al sargento el que se nos asegura que contestó que tenía orden de hacer fuego sobre los que diesen vivas a la Unión Cívica. El señor Achaval replicó entonces: pues máteme a mí también que grito ¡Viva la Unión Cïvica!, y una distinguida señorita se expresó de la misma manera.
Ante esto, y habiendo accedido muchas otras personas, la patrulla bajó sus armas y continuó su camino, habiendo producido en todo el barrio la consiguiente alarma.”
Se ve claro que, por un pelo, el incidente no llegó a ser una desgracia. El diario reflexionaba: “No es concebible que la población haya de permanecer en perpetua alarma, expuesta a los desmanes de patrullas y cadeneros, porque al Sr. Sub-Intendente de Policía se le haya ocurrido que por medio de aparatos de fuerza puede conseguir hacer creer que vivimos sobre un volcán e infundir temores a ciertas personas, para evitar de esta manera su necesaria salida del puesto que tan mal ha desempeñado”.

Para concluir este cuadro hecho de retazos, he aquí el siguiente relato que se publicaba el miércoles 14 de enero de 1891, enfocado en un día de ira en la ciudad tras algunas semanas de tranquilidad:
“Los atropellos policiales de ayer
(…)
Algún tiempo hacía ya a que la odiosa campaña de persecución emprendida por la policía contra los ciudadanos independiente, reducíase a aprisionarlos y maltratarlos cada vez que para ello presentábase ocasión propicia y a matar uno que otro, como sucedió recientemente en El Pueblito.
Sea que al fin hubiera conseguido imponerla la indignación pública, sea que se hubiese detenido asustada, ella misma, ante tantos y tan brutales atentados, lo cierto es que estos no eran ya tan graves y numerosos. El pueblo respiraba, si es que respirar se puede bajo el régimen del machete.
Pero ahora quien sabe por qué causas ni persiguiendo qué propósitos, los atropellos policiales han empezado a repetirse de la misma manera que anteriormente.
Los hechos de ayer han causado indignación general y mantienen preocupada la atención pública.
Desde por la mañana, era constantemente vigilado el local de la Unión Cívica, donde encontrábase reunido un pequeño número de personas.
Poco después de las nueve, una de ellas, apellidada Herrera, salió del Club y caminaba tranquilamente por la calle General Paz, cuando al llegar a la esquina de la calle Juárez Celman (hoy Colón), fue agredido, sin mediar provocación ni desorden alguno, por el soldado de parada y un cabo o sargento que le infirieron graves heridas de machete en la cabeza. Personas que presenciaron el hecho, dícennos que el vigilante agredió e hirió con su machete a Herrera a instigaciones del portero de la casa particular del Sr. Astrada, Sub Intendente de Policía.
El herido fue conducido al Departamento Central con la recomendación del sargento de que no le pegaran.”
Más adelante, la misma nota cuenta que “mientras tenía lugar lo que dejamos relatado, las puertas del Club (cívico) estaban custodiadas por varios soldados que reducían a prisión a cuantos salían de él.
A las cuatro de la tarde fue preso el Sr. Deodoro N. Roca por orden del Sub Intendente y un poco más tarde los jóvenes Bodereau.
Estas prisiones a todas luces arbitraria, que ni siquiera se explican ya que no hay medio de justificarlas, han alcanzado a un regular número de ciudadanos hasta la hora en que escribimos.”
Así se manifestaba el temor oficialista a la revolución, que los cívicos efectivamente tejían y cuya intentona se produciría en Córdoba en el mes de mayo de 1891.



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