Jugando a la Reforma e ignorando su legado

El caos y el desorden se han apoderado del Pabellón Argentina. Los que tomaron el edificio dicen defender los ideales de la Reforma Universitaria, aunque en realidad los contradigan y desprecien.



Por Javier Boher
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La Universidad Nacional de Córdoba es un símbolo de la historia. Por sus aulas han pasado gobernadores, presidentes y personalidades destacadas de las ciencias, la política o el arte. Le ha conferido a nuestra ciudad parte de su orgullo, su identidad.
Sin embargo, como todas aquellas cosas que se van edulcorando con el tiempo, los que pretenden retomar las enseñanzas reformistas en realidad bastardean la parte más significativa de la herencia, concentrándose sólo en algunas consignas, algunas modalidades y algunos simbolismos.
Los que llevan tres semanas tomando el Pabellón Argentina están convencidos que están actuando tal como la juventud de 1918. Sienten que en su accionar se reafirma el espíritu rebelde que caracterizó a aquella gesta.
Los usurpadores del espacio público dicen estar haciéndolo en defensa de la educación pública. Con la vara moral de la izquierda más dogmática, un puñado de estudiantes (si es que todos lo son) que ni siquiera se sabe si va a terminar alguna vez su carrera, pretende enseñarle a los docentes que firmaron un acuerdo salarial qué es lo que más les conviene.
Soberbios, ignorantes o ambas condiciones a la vez, creen estar preparados para decirles a sus mismos profesores qué es lo que hay que hacer para salvar a la universidad pública, una universidad que está inmovilizada por su accionar de púber tardío.
Las universidades son más pujantes cuando se abren a la comunidad (parte del esfuerzo que han encarado las últimas gestiones) no cuando cierran sus puertas y no permiten el libre desempeño de la tarea para la que existen. Problemas para dar clases, para rendir, para graduarse, todos causados por un grupúsculo que mayoritariamente no estudia, no rinde y a duras penas se gradúa.
La épica de la lucha ha reemplazado al orgullo por el esfuerzo y el tesón. Para muchos de los estudiantes que hoy usufructúan los recursos públicos, ir a la universidad es ser un luchador social, no alguien que va a recibir instrucción o formación técnica que le permita trabajar y producir en el mundo capitalista de libre mercado en el que hay que desempeñarse para poder lograr algo como proyecto de vida.
Por supuesto que la inacción judicial y el temor de las autoridades (siempre defendiendo esa mal entendida autonomía) prolongan un conflicto que, a la luz de los hechos, a esta altura es inexistente. El conflicto que sigue en pie es entre una pequeña horda de primitivos delincuentes frente a una centenaria institución que no puede cumplir con aquella función que se le ha encomendado.
Indudablemente el malestar con el gobierno nacional es el combustible del que se alimenta esta máquina de dar vergüenza. Las malas decisiones del macrismo para con la educación están perjudicando el correcto desarrollo de la labor universitaria, aunque después sea la misma institución la incapaz de velar por los derechos de los ciudadanos, tanto los que solventan la infraestructura y los sueldos a través del pago de impuestos como los estudiantes que se ven violentados en su derecho al estudio.
Nadie se anima a avanzar en un desalojo, básicamente porque nadie quiere ser señalado como el continuador de la política represiva que se veía en los ‘60 y ‘70 (o incluso antes, desde que la dictadura expulsó a científicos brillantes y a alumnos “revoltosos” que no comulgaban con la doctrina oficial).
No hay necesidad de llegar al extremo de la negación de derechos de los estudiantes que representaban aquellas lejanas acciones de gobiernos antidemocráticos, pero tampoco se puede permitir que se avasallen los derechos de los que no quieren participar en esa politiquería barata de hacer la revolución desde un centro de estudiantes.
La juventud que toma y marcha se siente la reencarnación de la que despojó a la universidad de las cadenas que la ataban, pero está lejos de serlo. Porque lo que verdaderamente defendían los reformistas de hace un siglo era la libertad, algo que sus burdos imitadores contemporáneos desprecian desde lo más profundo de sus entrañas.



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