La suerte de CFK se definirá con justicia por mano propia

Es difícil saber a ciencia cierta qué pretende el gobierno respecto a la suerte de Cristina Kirchner. No importa cuánto tiempo pase, ni cómo operen las instituciones, sólo las urnas sellarán su destino.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

cristinaA esta altura del partido, ya es una incógnita lo que pueda pasar con Cristina Kirchner. Pese a que cada vez se cierra más el cerco, lo que pueda pasar con la ex presidenta sigue siendo un misterio, principalmente porque no se alcanza a saber qué es lo que pretende el gobierno con todo esto.
Probablemente el análisis no tenga que ver con cálculos electorales, pero sí con cálculos referidos al malestar social. Esa minoría ruidosa y de alto nivel de fidelidad y movilización que responde ciegamente a las directrices de la expresidenta está convencida de que detrás de todo esto hay una persecución política, una reedición de la oscura noche setentista.
Afortunadamente son pocos los capaces de resistir con tenacidad la abrumadora carga de las pruebas dando muestras de que la fidelidad no requiere de evidencias. Quizás por eso el Juez Bonadio decidió justificar su decisión de señalar a la ex mandataria como la cabeza de una asociación ilícita en un escrito de 500 hojas.
Aunque muchos insistan que es un compendio de fabulaciones, al menos hay que reconocer que mantiene la coherencia y la cohesión, cuestiones básicas que se aprenden en los primeros años del secundario y muchos militantes twitteros parecen haberse saltado por alto para participar en alguna toma de escuela.
Entre los datos que no se pueden pasar por alto, el juez detalló 87 entregas sólo en su departamento de Recoleta. Aunque el período de tiempo es bastante largo, es llamativa la cantidad de veces que pasó el delivery de retornos. Es difícil encontrar la misma fidelidad con una cadena de comidas rápidas, aunque para recibir casi 70 millones de dólares seguramente se podría hacer el esfuerzo de acostumbrarse.
Entre los 42 procesados hay exfuncionarios, empresarios y el extravagante ex juez Oyarbide. La magnitud de la asociación es impresionante. Tal como establecen los detractores de las teorías conspirativas, es imposible que las organizaciones tan grandes logren mantener todo en secreto por tiempo indeterminado. Eventualmente alguien se quiebra, y con ese se inicia una cadena difícil de cortar.
Pese a la contundencia de la evidencia (que no se reduce solamente a un puñado de fotocopias, sino que está respaldada por decenas de testimonios) tal vez todo siga igual como hasta ahora. Es que la llave final la tiene uno de los anotados para ir por la presidencia, Miguel Ángel Pichetto.
Es raro lo que pretende hacer el rionegrino: difícilmente alguien pueda llegar a una elección para el Ejecutivo nacional sin haber gestionado nunca un distrito. Las veces que intentó alcanzar la gobernación fracasó sin dejar dudas. Esta vez cuenta con un magnífico instrumento de negociación, un cuerpo de senadores que puede responder a sus directrices.
Hasta ahora ha logrado frenar el desafuero a Carlos Menem y Cristina Kirchner. Se ha erigido como el guardián de la puerta del Senado, decidiendo quién va a salir con la humillante etiqueta del desaforado. Eso le permite apoyarse en algo que no tiene precio en dinero: la libertad de los acusados.
Es por eso que algunos funcionarios judiciales pretenden lograr restringir los fueros solamente a los delitos de los que se acuse a los legisladores mientras son parte del cuerpo legislativo. Siguiendo esa línea restringida, por aquellas causas que se hubiesen iniciado antes incluso de que fuera candidata se la podría tratar como si no estuviera alcanzada por ese manto protector que persiguen los políticos que no tienen su legajo tan limpio. Tal vez aquí Rosenkrantz tenga algo para decir cuando inaugure su presidencia de la Corte.
Mientras tanto, la pelea se seguirá dando en cada noticiero, en cada canal, en cada tuit. Habrá defensores y detractores en los diarios y las revistas, como también habrá videos virales que circulen entre los celulares.
La política intentará negociar lo que podría definirse con más facilidad si las instituciones funcionaran con fluidez. Sin embargo, y aunque pase el tiempo, eventualmente la opinión pública sabrá ordenar las cosas cuando llegue el tiempo de las urnas, ese pequeño momento de justicia por mano propia que puede ejercer el ciudadano.



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