En el PJ los muertos nunca dejan de militar

Es un escenario de manual. Una gestión provincial exitosa y un peronismo reunificado en memoria del exgobernador, firme detrás de la candidatura de Schiaretti y, tal vez, jugándoselas por entero con Riutort en la capital. Casi sin electrones sueltos, sólo restaría evaluar la conveniencia de repatriar al kirchnerismo pejotista todavía fuera del redil, aunque para esto hay tiempo. Unión por Córdoba tiene una nueva oportunidad de hacer pie en la ciudad que, desde la gestión de Germán Kammerath, le ha resultado invariablemente hostil.

Por Pablo Esteban Dávila

PJEl peronismo es un partido cuyos muertos no dejan de militar. Construido en torno al personalismo de su líder máximo, sus dirigentes difuntos proyectan sus propias improntas sobre el mundo político. A la usanza de Juan Domingo Perón o Evita, cuyas esfinges todavía adornan boletas electorales o locales partidarios, el partido ha dejado siempre bien en claro que, más allá de los ejemplos personales de sus líderes fallecidos, éstos continúan ejerciendo roles tutelares o destrabando asuntos que, mientras estuvieron con vida, eran de compleja resolución.
La triste y prematura partida de José Manuel De la Sota suma otro prócer dentro del panteón justicialista, uno de los más importantes que recordará el siglo XXI. Su rostro y su recuerdo servirán, en adelante, para atizar la militancia y construir nuevas epopeyas. La epopeya, conviene recordar, es inescindible a la política, mucho más que la obra pública o la necesidad de bajar el déficit fiscal. Si de algo sabía el exgobernador era, precisamente, de cómo construirlas.
Dentro del imaginario justicialista, las epopeyas suelen estar asociadas a nombres propios. Más que un sujeto histórico, el peronismo es un sujeto que se encarna subjetivamente, esto es, que se subsume en una persona. Durante ciertos períodos, toda su mística y organización giran en torno a quién ocupe ese lugar, derramando certezas propias sobre sus seguidores, aunque sin renegar jamás de sus muertos ilustres que, a la postre, otorgan una cohesión que, de otra manera, sería imposible de sostener.
Pero estas gestas subjetivas generan exclusiones, como cualquier actividad política. En el caso del peronismo cordobés, la más notable fue la de Olga Riutort durante el liderazgo de quién fuera su pareja.
Nunca se sabrá si ella no podía militar en el mismo espacio que el de De la Sota o si su exesposo no quería que lo hiciese, pero lo cierto es que este extrañamiento partidario ya tiene muchos años sobre sus espaldas. Muchos intentaron convencerla de regresar, aunque siempre en vano. En su lugar, Olga prefirió dividir votos con la fuerza que la catapultó a la opinión pública, participando activamente en las elecciones municipales con su propia agrupación.
Aunque en un par de ocasiones le fue realmente bien, en los comicios de 2015 sufrió un importante derrape. Fue convencida por el inefable Luis Juez de acompañarlo en una fórmula improbable, luego de que el líder de “El fin del choreo” la hubiera acusado de los delitos más espantosos al desempeñarse como Secretaria General de la Gobernación. La opinión pública, lejos de confirmar el acierto del ensamble, le bajó el pulgar en forma inmisericorde.
El beneficiario de la abdicación de Riutort fue un periodista con severos cuestionamientos en su haber, Tomás Méndez, quien resultó segundo a diez puntos de Ramón Mestre, intendente reelecto con algo más del 30% del total de los sufragios. La dispersión del voto capitalino sugirió, en aquella elección que, la próxima vez, el Palacio 6 de Julio estaría al alcance de la mano de quien acertase en definir la estrategia correcta.
Juan Schiaretti es uno de los interesados en completar el crucigrama. Sus motivos son claros como el agua: necesita los votos de la ciudad de Córdoba para asegurar su reelección. A diferencia de elecciones pasadas, el interior ya no es un territorio indisputado, que le permitía compensar los humores, siempre hostiles al peronismo, de la capital provincial. También Cambiemos cuenta allí con tropa propia, que probablemente respalde sin fisuras a sus candidatos cuando llegue el momento.
El tema es cómo lograr que los electores de la urbe se entusiasmen con la reelección de Schiaretti. En rigor, tendrían motivos objetivos para hacerlo: nunca como antes la ciudad se benefició tanto con las obras de un gobierno provincial. Sin embargo, nada parece satisfacer a los vecinos de Córdoba, tal como también pudo comprobarlo De la Sota en carne propia. En este contexto, recurrir a Olga Riutort -largamente votada en contiendas locales- podría operar como una suerte de catalizador de apoyos en estado de latencia.
El beneficio para la señora Riutort podría ser doble. Se garantizaría un apoyo del peronismo oficial para una eventual aventura municipal y podría oficiar como un vehículo adecuado para contener al delasotismo ante la desaparición de su líder. Esto podría parecer contradictorio (a nadie escapa que la separación conyugal no fue en buenos términos) pero la política es un universo que suele ignorar las leyes gravitacionales. Sólo basta reparar en la emotiva despedida que le dedicó a su exesposo para comprender que, en el fondo, ella también podría considerarse como un miembro de aquel espacio.
Es un escenario de manual. Una gestión provincial exitosa y un peronismo reunificado en memoria del exgobernador, firme detrás de la candidatura de Schiaretti y, tal vez, jugándoselas por entero con Riutort en la capital. Casi sin electrones sueltos, sólo restaría evaluar la conveniencia de repatriar al kirchnerismo pejotista todavía fuera del redil, aunque para esto hay tiempo. Unión por Córdoba tiene una nueva oportunidad de hacer pie en la ciudad que, desde la gestión de Germán Kammerath, le ha resultado invariablemente hostil.
Por el momento son especulaciones, pero su probabilidad de ocurrencia es alta. Desde la perspectiva del oficialismo parece un juego de ganar – ganar, casi auspiciado por el líder fallecido. Porque, ya se sabe, en el peronismo los muertos nunca dejan de militar. Sea para reinterpretarlos y señalar rumbos nuevos, sea para justificar indultos internos, los vivos siempre recurrirán a ellos. Previsiblemente los harán hablar el lenguaje del reencuentro, de la unidad y del triunfo, porque el poder es la verdadera argamasa justicialista. Y, lejos de cualquier encono eterno, De la Sota estará feliz de seguir prestando sus servicios a esta causa.



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