Tomas universitarias: lo que es gratis no tiene valor

Marx, que era un filósofo de la modernidad, no reconocería a estos Atilas de la educación como discípulos suyos. Los mandaría a estudiar, que es precisamente lo que no quieren hacer. Sucede que esta es una izquierda sin libros, ni teoría, ni praxis. Son, apenas, un puñado de “revolucionarios” de pacotilla, alimentados a consignas, frases y eslóganes narcotizantes.



Por Pablo Esteban Dávila

Nada mejor que celebrar el centenario de la Reforma universitaria que perdiendo dos meses de clases. Que rescatar el espíritu reformista de Deodoro Roca impidiendo que otros -en realidad, la mayoría- pueda estudiar. Que defender la gratuidad de la universidad pública destruyendo su prestigio académico. Excelente. En cien años más no quedará mucho por recordar, ni de la Reforma ni de la universidad.
Facultades tomadas. Pabellón argentino tomado. Asambleas delirantes que reclaman al gobierno políticas imposibles. Que libere a Jones Huala. Que rompa con el Fondo. Que se vaya Macri. Que no persigan a Dady Brieva. Mientras tanto, los días pasan y los saberes no se imparten.Todo esto se lo debemos a un puñado de estudiantes de izquierda y a la pasividad del resto, de cualquier ideología.
Marx, que era un filósofo de la modernidad, no reconocería a estos Atilas de la educación como discípulos suyos. Los mandaría a estudiar, que es precisamente lo que no quieren hacer. Sucede que esta es una izquierda sin libros, ni teoría, ni praxis. Son, apenas, un puñado de “revolucionarios” de pacotilla, alimentados a consignas, frases y eslóganes narcotizantes. Es una vanguardia del retroceso que, lejos de iluminar a las masas, impiden que éstas puedan emanciparse a través del conocimiento.
La algarada comenzó con un paro y movilización docente para que se les aumentase el sueldo. Era un pedido justo, como cualquier solicitud de este estilo en una economía inflacionaria. Pero era un asunto de los profesores, no de los estudiantes. Que éstos los hayan acompañado, en solidaridad, en sus marchas callejeras puede entenderse, pero de allí a que continúen con las tomas de facultades cuando aquéllos ya han arreglado las cuentas es un enorme despropósito. Es como si los usuarios del transporte urbano decidieran apoyar un paro del transporte para que se les incrementase los salarios alos choferes de la UTA.
Este cuadro de desquicio se agrava por el comportamiento de los poderes públicos. El juez Miguel Hugo Vaca Narvaja merece, en este punto, una mención especial.
Desde el inicio de la toma del pabellón Argentina, su señoría se mostró solícito en ocuparse del tema. Cualquier observador podía concluir, correctamente, que se trataba de un delito o cosa parecida. Un grupo de estudiantes, sin representación legítima, ocupaba un espacio público e impedía a compañeros y autoridades universitarias asistir normalmente a sus instalaciones. Era, claramente, un asunto de la Justicia que merecía resolverse con la ley en la mano.
El señor Vaca Narvaja visitó la casa tomada y conversó con los amotinados un par de veces. Si lo hizo una tercera ya no importa; se volvió cómplice de la situación. Al intentar negociar (sin éxito, como se observa) envió un mensaje indubitable a la revuelta: el poder judicial teme ejercer la ley cuando se trata de la izquierda, no importa cuántas figuras penales se lleve por delante. Bien hecho. El precedente servirá, en lo sucesivo, para que este tipo de prácticas autoritarias continúen sine die.
¿Por qué el Juez no se anima a hacer lo que debe, esto es, ordenar el desalojo? Simplemente porque no se banca las consecuencias. En este país de trasgresores burgueses y de autoridades acomplejadas, el recurso a la fuerza pública se vuelve, como un bumerang, en contra de quienes deben utilizarla. El periodismo tampoco ayuda: basta que un ignoto manifestante denuncie que un gendarme “lo reprimió” para que los cronistas se olviden de los caprichosos que privan a los demás de sus derechos y carguen contra las fuerzas de seguridad. Este talante garantiza que la Constitución, en los hechos, se vuelva letra muerta.
¿Para esto queremos una universidad gratuita? ¿Para que cualquiera detenga las clases? ¿Para que el estudiante que hace la mímica de estudiar arruine las expectativas de quienes sí quieren hacerlo? No es serio. A tal punto llega el paroxismo que ninguna universidad ha aplicado el requisito, previsto desde 1995 en la Ley N° 24.521, de aprobar un mínimo de dos materias anuales para que un alumno pueda mantener su condición de tal.
Los indicadores señalan que el 74% de los ingresantes a las universidades públicas no logra egresar en un plazo de seis años. Es uno de los resultados más bajos de la región. Mientras que los políticamente correctos marchan y se desgañitan por la educación pública, los datos duros muestran que entre 2003 y 2016 la graduación en universidades privadas creció un 124,6% mientras que las estatales apenas se expandieron un 38,4%. Mejor, no la defiendan tanto y comiencen a preguntarse si no es hora de estudiar más.
Lo que es gratis no tiene valor. Esto lo indica la economía. Cuando estudiar no cuesta nada, poco se repara en el enorme privilegio del que goza quien puede hacerlo. Porque detrás de la universidad pública, libre y gratuita, existen millones de contribuyentes que pagan sus impuestos para que este auténtico milagro argentino pueda sostenerse en el tiempo. Muchos de ellos ni siquiera tendrán, durante toda su vida, la oportunidad de disfrutar de este derecho. Este debería ser el principal motivo de vergüenza personal para quienes, todavía hoy, resisten quién sabe qué cosa dentro de diferentes dependencias universitarias. De izquierda o de derecha, hay que ser un poco más digno de este enorme esfuerzo colectivo.



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