Lorenzetti en crisis: ¿una oportuna candidatura?

La caída en desgracia de Ricardo Lorenzetti ha generado las condiciones para alterar el escenario político nacional, reflotando su viejo anhelo de aspirar por la presidencia.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Tras 11 años encabezando el cuerpo, finalmente Ricardo Lorenzetti deja la presidencia de la Corte Suprema. De gran sintonía con los manejos del gobierno anterior, desde la llegada de Mauricio Macri al poder fue perdiendo su gravitación de antaño.
La gran victoria detrás de la movida fue para Elisa Carrió, enemiga declarada del magistrado desde hace ya varios años. La brújula moral de la coalición gobernante apuntó durante mucho tiempo contra el derrotado, por el manejo de sus influencias, la turbidez del flujo presupuestario y algunas polémicas jurídicas que en el largo plazo complican el correcto funcionamiento del derecho.
El gran ganador de la jornada fue el Jefe de Estado, quien logró que uno de los ministros que propuso para la Corte llegue a presidirla. No fue menor la polémica por la designación, con una interpretación forzada de las atribuciones presidenciales y un tironeo sobre la conveniencia de tal maniobra. Finalmente el Senado validó la presentación y Carlos Rosenkrantz llegó a ocupar la vacante.
No sólo que su candidato llegó en poco tiempo a la presidencia, sino que además se aseguró que es un perfil más que conveniente para los vientos de época que soplan en Argentina. Cuando toda la discusión política gira en torno a la corrupción del kirchnerismo (y con la discusión económica peleando el lugar en la agenda cotidiana), un especialista en el tema representa todo un mensaje.
El sucesor de Lorenzetti es un personaje incómodo, difícil de encasillar para los más afiebrados militantes de las causas ciegas. Desde la oposición izquierdista más ideologizada, Rosenkrantz es una garantía de parcialidad por haber sido abogado del grupo Clarín.
Desde esos sectores no pueden ocultar lo que es todo un rasgo identitario de su forma de entender las relaciones políticas, aún obviando que fue el defensor de la Comunidad Homosexual Argentina a principios de la década del ‘90, cuando se le negaba la personería jurídica bajo argumentos homofóbicos.
Para los que se paran del lado conservador del espectro ideológico, este simple hecho vale para convertirlo en el abanderado del lobby de género que viene a pervertir a las pobres mentes inocentes de nuestra varonil juventud patria.
Desde ese nacionalismo anacrónico, conservador y con capacidades analíticas reducidas, el ascenso del primer ministro judío en la historia de la corte representa una evidencia irrefutable de los intereses foráneos que pretenden garantizar el saqueo y la expoliación de nuestros recursos.
Poco importa si antes de su designación como ministro era el rector de la Universidad de San Andrés -que fuera fundada por la comunidad escocesa de argentina en consonancia con sus creencias cristianas- o que en su asunción jurara por la patria y el honor, dejando a dios fuera de las cuestiones terrenales del derecho. Sabe que la capacidad profesional no depende de credos.
Con las batallas que están por venir en los próximos meses, el perfil liberal de Rosenkrantz es un apoyo importante para un gobierno que necesita llevar tranquilidad a los que temen por un posible regreso de opciones populistas que perjudiquen sus inversiones (e intereses).
Mirando hacia adelante, la caída en desgracia de Lorenzetti representa un envión a la lucha de los que pretenden ubicarlo en la órbita de la corrupción del gobierno anterior. Algo que siempre se intuyó puede estar más cerca de comprobarse si ya no está en la cúpula del máximo tribunal.
De perfil negociador, hace ya varios años que se habla de su interés por llegar a la presidencia de la nación, algo que parece muy poco probable. La historia no está de su lado: sólo Luis Sáenz Peña ejerció la presidencia de ambos poderes.
Sin embargo, la falta de nombres en las filas opositoras, sumado al asedio al que lo va a someter el oficialismo ahora que siente que se resquebraja la estructura que lo sostiene (alternando entre el rigor de Elisa Carrió y la negociación de los más pragmáticos), lo pueden empujar a una decisión desesperada. Quizás perder una presidencia finalmente lo empuje a buscar la otra.



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