El compadrito, de Sarmiento a Borges (Tercera parte)

Una sucesión de citas muestra el lugar del guapo de carne y hueso en su esquina fija del arrabal, y asimismo su construcción en tanto arquetipo de la literatura argentina, en textos de Jorge Luis Borges.



Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Ilustración de Frank Vega, revista Crisis. El compadrito y un mito a lo Borges.

Nos dirigimos ahora de primera mano hacia el compadrito a cuya definición contribuyó tanto Jorge Luis Borges. El material permite rever aspectos de su vestimenta, de su música, de su entorno, y sobre todo de la distancia entre su proximidad incómoda y la dimensión arquetípica que propende a la admiración y a lo épico. Son varias las citas cronológicas que se pueden hacer de la literatura borgiana sobre esa sombra real e imaginaria de la argentinidad popular.
La opción cronológica impone el capricho de la sucesión de temas relativos al compadrito. Lo más temprano es 1930, cuando Borges escribe su Evaristo Carriego y describe el Palermo de 1912. Allí intenta un retrato social del compadrito:
“Destino calumniado también el de los compadritos. Hará bastante más de cien años los nombraban así a los porteños pobres, que no tenían para vivir en la inmediación de la Plaza Mayor, hecho que les valió también el nombre de orilleros”.
Y agrega referencias al carácter y a la vestimenta:
“Compadrito, siempre, es el plebeyo ciudadano que tira a fino; otras atribuciones son el coraje que se florea, la invención o la práctica del dicharacho, el zurdo empleo de palabras insignes. Indumentaria, usó la común de su tiempo, con agregación o acentuación de algunos detalles: hacia el noventa fueron características suyas el chambergo negro requintado de copa altísima, el saco cruzado, el pantalón francés con trencilla, apenas acordeonado en la punta, el botín negro con botonadura o elástico, de taco alto; ahora (1929) prefiere el chambergo gris en la nuca, el pañuelo copioso, la camisa rosa o granate, el saco abierto, algún dedo tieso de anillos, el pantalón derecho, el botín negro, como espejo, de caña clara.
Lo que a Londres el cockney, es a nuestras ciudades el compadrito.”
En su Historia universal de la infamia, publicada en 1935, se detiene en Monk Eastman “El proveedor de iniquidades”, un gangster neoyorquino de fines del siglo XIX a los años 1920s. Borges se inspira para comenzar end un cuadro de cuchilleros porteños:
“Perfilados bien por un fondo de paredes celestes o de cielo alto, dos compadritos envainados en seria ropa negra bailan sobre zapatos de mujer un baile gravísimo, que es el de los cuchillos parejos, hasta que de una oreja salta un clavel porque el cuchillo ha entrado en un hombre, que cierra con su muerte horizontal el baile sin música. Resignado, el otro se acomoda el chambergo y consagra su vejez a la narración de ese duelo tan limpio. Ésa es la historia detallada y total de nuestro malevaje. La de los
hombres de pelea en Nueva York es más vertiginosa y más torpe.”
También asoma un compadrito en el momento clave del mítico cuento El Sur, publicado en el libro Artificios de 1944. El personaje cala en la literatura: “El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era una ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó, e invitó a Dahlmann a pelear.”
En 1945, Borges le dedica al compadrito un libro completo, donde recopila en coautoría con Silvina Bullrich poemas y relatos sobre el tema. En el prólogo, Borges afirma que “el compadrito fue el plebeyo de las ciudades y del indefinido arrabal, como el gaucho lo fue de la llanura o de las cuchillas. Venerados arquetipos del uno son Martín Fierro y Juan Moreira y Segundo Ramírez Sombra; del otro no hay todavía un símbolo inevitable, aunque centenares de tangos y de sainetes lo prefiguran.”
Aquí se puede quebrar la cronología por un par de años, para hacer una cita del prólogo de la edición de 1968 de ese libro donde Borges señala: “la creación de arquetipos que exaltan y simplifican la suma de las cosas concretas es un hábito, acaso inevitable, de nuestra mente. Buenos Aires, apoyada con fervor por Montevideo, sigue proponiéndonos dos: el gaucho y el compadre.” Y si el primero de los dos ha prácticamente desaparecido, dice el autor que “el compadrito puede tener análogo destino. Curiosamente, ya hay quienes lo extrañamos; ya, como el gaucho, es un tema de la nostalgia. De paso recordemos que el compadrito se vio a sí mismo como gaucho; el circo de los Podestá y las entregas azarosas de Eduardo Gutiérrez fueron sus libros de caballería. Bien es verdad que un cuarteador, un carrero o un matarife, no diferían demasiado de un peón. Compartían, por lo demás, el hábito de los animales y del cuchillo. El campo entraba en la ciudad; mi madre alcanzó a ver en el Once, las carretas que venían del Oeste.”
Nuestra penúltima imagen del compadrito entrevisto por Borges data de 1965 y está en una cuarteta de sus coplas Para las seis cuerdas donde canturrea, en los versos de El títere:
“A un compadrito le canto
Que era el patrón y el ornato
De las casas menos santas
Del barrio de Triunvirato.”
Como conclusión va una referencia que ofrecía Borges en unas mentadas conferencias que dio sobre el tango, durante cuatro tardes de octubre de 1965, recuperadas gracias a una grabación magnetofónica. Aquí volvían a cobrar importancia aspectos de la vestimenta del compadrito:
«Recuerdo haberle preguntado a un señor cómo se vestían los compadritos en su tiempo. Y me dijo: “Bueno, se vestían como nos vestimos todos ahora”, es decir, usaban saco y chambergo; no levita y sombrero de copa; desde luego, usaban pañuelo también. Pero, más o menos, todos ahora nos vestimos como los compadritos de antes. En cambio, en aquella época había una diferencia importante entre ser un señor y ser un compadrito u hombre del pueblo. Y, aunque el compadrito llegara a ganar dinero –esto podía hacerlo, bueno, mediante diversos oficios o también siendo guardaespaldas de político o siendo un elemento para atemorizar a los electores en las elecciones–, sin embargo, seguía siendo un compadrito, es decir, un hombre de chambergo, de pañuelo, de saco ajustado, de pantalón campana o pantalón bombilla, de alpargatas, o de taco alto. Había una jerarquía entonces que se ha perdido ahora.”



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