Cabildante noventoso

El jueves de la semana pasada, en la inauguración de la Feria del Libro y el Conocimiento, la actuación del músico Sergio Pángaro junto a invitados abrió de una manera elegante y oportuna la puerta de un evento que representa uno de los picos anuales de la actividad cultural cordobesa.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

La escena del rock argentino de finales de los años noventa presentaba una disgregación que se correspondía con la situación política y social de un país que entraba en recesión y que pocos años después afrontaría una crisis que puso en riesgo a las instituciones democráticas.

Ese caldero, cuya ignición recalentaba todo lo que encontraba a su paso, también repercutía en un género musical que había sabido conquistar a las masas a comienzos de los ochenta y que, apenas quince años después, no lograba alumbrar un recambio para la generación de pioneros que empezaba a opacarse en una lógica declinación.

El Nuevo Rock Argentino, que arrancó la última década del siglo con una voracidad que lo ponía en situación de tomar la posta, empezaba a naufragar en sus manierismos y las formaciones abanderadas de la movida estaban sumidas en una transición de la que algunas (como Babasónicos o Juana La Loca) emergerían con hits que se harían escuchar en radios y discotecas. El rock alterlatino, que había sonado en el fragor de los piquetes y la resistencia obrera, tenía una raigambre estudiantil que parecía imposible de contagiar hacia otros segmentos de la sociedad donde el compromiso político no era tan apasionado.
Y lo que sí daba inicio a un sostenido crecimiento era el rock barrial, subproducto derivado de las tribus rolingas, de las brasas todavía encendidas del punk argento y, fundamentalmente, del culto ricotero que convocaba multitudes detrás de un aguante cuasi religioso. Con el Flaco Spinetta practicando un revival de su power trío setentista, Charly García enfrascado en sus desvaríos creativos, Fito Páez lejos de su mejor nivel y Andrés Calamaro sin filtro en su ametralladora de canciones, tampoco las grandes figuras estaban a la altura de las circunstancias en ese fin de siglo que se atosigaba con profecías apocalípticas.
Mientras tanto, bajo la superficie, se desataba una escena electropop que sería clave en los inicios del tercer milenio, pero que en las jornadas finiseculares se circunscribía a las catacumbas de los afters y las fiestas rave. Con algunas esquirlas de rocanrol y mucho ritmo discotequero, estos primeros esbozos de lo que explotaría con el disco “Jessico” de Babasónicos y con “Es mentira” de Miranda! se esmeraban en cultivar una estética amanerada, en la que resaltaban ciertas sombras vampirescas, al estilo del que había sido el rock gótico de los ochenta y que se había prolongado en los noventa con Marilyn Manson.
Dentro de semejante erupción dark, hace veinte años saltaba a los escenarios un fugaz pero no por eso menos influyente experimento artístico, San Martín Vampire, que reunió bajo la forma de un terceto al DJ Rudie Martínez (luego en Adicta), al guitarrista Fabio Rey (ex Los Brujos) y al cantante Sergio Pángaro (luego Baccarat). En su único disco, que apareció en 1998 bajo el premonitorio título de “Debut y despedida”, se deja oír el corazón de ese pop electrónico tan apreciado pocos años después, aunque recubierto por una oscuridad climática propia de esa época en la Argentina.
El jueves de la semana pasada, en la inauguración de la Feria del Libro y el Conocimiento, la actuación de Sergio Pángaro junto a invitados abrió la puerta de un evento que representa uno de los picos anuales de la actividad cultural cordobesa. Dentro del variadísimo repertorio que abordó, incluyó una versión de “Mal mortal”, un tema que aparecía en el disco de San Martín Vampire. Dos décadas después, la pieza no ha perdido ni ubicuidad ni frescura, aunque la madurez artística de su intérprete lo haya llevado a pasar de las entrañas del underground porteño al Patio Mayor del Cabildo Histórico de Córdoba.



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