Marcos Juarez: ganó PRO elección no nacionalizable

Dellarossa llevó el PRO al triunfo, pero a costa de obliterar el liderazgo presidencial. Fue una decisión inteligente, orientada por el sano instinto de supervivencia que ostentan quienes desean conservar el poder. Pero este talante le impidió transformarse en un referente auténticamente nacional -si es que pretende convertirse en esto alguna vez- al tiempo de privar a Cambiemos de una victoria que pudiera anunciarse urbi et orbi. “Lo mejor es enemigo de lo bueno”, dirán los realistas. Y tienen razón. Macri, en la intimidad, debe estar agradeciendo el pragmatismo del intendente reelecto.

Por Pablo Esteban Dávila

El actual intendente de Marcos Juárez, el macrista Pedro Dellarossa, se impuso ayer holgadamente al candidato de Unión por Córdoba, Eduardo Foresi. Resulta imposible no analizar estos resultados dentro del contexto nacional.
En un principio, Dellarossa daba por descontado que su reelección contaría con el viento a favor que, a comienzos de año, todavía gozaba el presidente de la Nación. Imaginaba que el suyo sería el primero de una serie de triunfos que culminarían, forzosamente, en un nuevo período presidencial.
Pero este panorama cambió abruptamente tras la crisis financiera que, a modo de un gigantesco vendaval, arrasó cualquier visión edulcorada sobre el futuro de Cambiemos a nivel nacional. El precio que hubo de pagar Macri para contrarrestarla fue alto: supuso arriar muchas de sus banderas de campaña. Una de ellas fue el limitar o suprimir las retenciones a las exportaciones agropecuarias.
El derrumbe de la imagen presidencial y el retorno a gabelas de claro sesgo kirchnerista obligaron a Dellarossa a recalcular. Marcos Juárez es, probablemente, una de las capitales del campo argentino, en donde las retenciones son consideradas como el símbolo del abuso y la prepotencia con que se manejaron Néstor y Cristina Kirchner ante el sector agropecuario. El intendente concluyó que no debía confiar su suerte al devenir de la administración nacional.
Esto fue, precisamente, lo que hizo en el último tramo de su campaña. Municipalizó la elección y prohibió las visitas funcionarios nacionales. “No me ayuden”, les imploró más o menos soterradamente. Los resultados señalan que no se equivocó.
Pero la estrategia tuvo un lado B. Al adoptarla, privó al presidente de asociarse en el triunfo. El PRO ganó claramente, pero no puede nacionalizar el resultado. Si, aun así, insistiese en forzar esta lectura, la discordancia entre las premisas de campaña y su conclusión desnudaría un razonamiento político ciertamente falaz.
Esto no quiere decir que la Casa Rosada no festeje lo acontecido. Es la primera buena noticia política que Macri puede disfrutar en meses. “Felicitaciones por este triunfo en la querida Marcos Juárez. Recuerdo que ahí comenzó (nuestro) sueño”, tuiteó, prudentemente, el presidente. Mantener a esta ciudad dentro del redil amarillo significa preservar el primer bastión oficialista, un extremo simbólico de gran peso dentro del imaginario de Cambiemos.
No obstante, el optimismo tiene un claro límite. Que Dellarossa haya sido reelecto no significa un aval de la pampa húmeda a las medidas del gobierno. La municipalización con que deliberadamente se protegió supone un corsé que impide extraer conclusiones más allá del ejido urbano de Marcos Juárez.
Juan Schiaretti, por su parte, debe tener un gusto amargo en la boca. Jugó fuerte por Foresi porque percibió, correctamente, que el gobierno nacional estaba herido y que él, inversamente, se encontraba en mejor posición que nunca (es lo que dicen las encuestas). Sin embargo, el esfuerzo fue en balde. No pudo penetrar el blindaje municipalista a pesar de su intento de provincializar los comicios. Su candidato ni siquiera pudo proclamar que, al menos, acordó distancias significativas respecto de lo sucedido en 2014. “Su triunfo confirma -felicitó a Dellarossa por Twitter- que cuando se elige intendente se hace pensando en el futuro de la ciudad más allá de las valoraciones que tenga de los gobiernos provincial o nacional”. Hay mucho sentido común en una frase que, en realidad, le habría gustado no tener que escribirla.
Las penas del gobernador no pueden ser aprovechadas por el presidente, pero sí por sus referentes locales. Anoche rodeaban al intendente las espadas cordobesas de la coalición. Visiblemente felices lo entornaban Laura Rodríguez Machado, Mario Negri, Javier Pretto y Ramón Mestre, entre otros. Imaginan su triunfo como una premonición de lo que sucederá el próximo año, cuando se juegue a suerte y verdad el destino del Centro Cívico. Para ellos, lo sucedido pone en entredicho la supuesta infalibilidad de Unión por Córdoba cuando de elecciones se trata.
En el medio, yacen los marcosjuarenses. Es altamente probable que la mayoría considere que sus votos no son homologables ni en uno ni en otro sentido. Apoyaron a Dellarossa porque les gusta su gestión y, tal vez, premiaron el hecho de que no haya intentado presentarlos como fieles incondicionales de Macri. Algunos, posiblemente muchos, se sientan abrumados por todas las expectativas generadas en torno a simples elecciones municipales en una ciudad que, más allá de su importancia económica, no deja de tener menos de 30 mil habitantes.
Pero, si este lamento existe, bien que se lo buscaron. Tal como se señaló desde una columna de este diario en su edición del pasado viernes, el afán por desacoplar totalmente su vida política local de los avatares nacionales terminó en un efecto paradójico. La ciudad fue, durante los últimos sesenta días, objeto de las más variadas especulaciones en cualquier foro de análisis. Ningún “extranjero”, claramente, se interesó por el barrido de sus calles o los insumos en los dispensarios, sino por entender de cómo influiría el voto de estos vecinos en las grandes tendencias argentinas. No era este escenario el que pensaron los redactores de su Carta Orgánica.
Dellarossa llevó el PRO al triunfo, pero a costa de obliterar el liderazgo presidencial. Fue una decisión inteligente, orientada por el sano instinto de supervivencia que ostentan quienes desean conservar el poder. Pero este talante le impidió transformarse en un referente auténticamente nacional -si es que pretende convertirse en esto alguna vez- al tiempo de privar a Cambiemos de una victoria que pudiera anunciarse urbi et orbi. “Lo mejor es enemigo de lo bueno”, dirán los realistas. Y tienen razón. Macri, en la intimidad, debe estar agradeciendo el pragmatismo del intendente reelecto.



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