Una simbiosis ejemplar

Al compartir los sets de filmación de la película “Sur”, hace 30 años estrecharon vínculos Roberto Goyeneche y Fito Páez, emblemas de los géneros musicales en los que cada uno incursionó, quienes forjaron allí una amistad que se prolongó hasta 1994, cuando falleció el Polaco.

Por J.C. Maraddón
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surDespués de que Luis Alberto Spinetta y Fito Páez incorporasen su versión de “Gricel” en el disco doble “La la la” de 1986, se produjo el choque de cerebros entre Fito Páez y Roberto Goyeneche durante el rodaje de la película “Sur”, de Pino Solanas. Asumiendo personajes dentro del filme y haciendo su aporte musical a esa pieza cinematográfica, estos talentosos artistas, emblemas de los géneros musicales en los que cada uno incursionó, forjaron allí una amistad que se prolongó hasta 1994, cuando falleció el Polaco, a los 68 años, y uno de los más afectuosos saludos que recibió la familia provino del rockero rosarino.
El rock había llegado a la Argentina en la década del sesenta y su popularidad entre los jóvenes aceleró el proceso de decadencia que experimentaba la edad de oro tanguera. La música ciudadana iba a verse obligada a cambiar de paradigma y a abandonar ciertos patrones estandarizados que habían regido en su etapa dorada entre las décadas del cuarenta y el cincuenta. Precisamente, al asumir la voz cantante de la orquesta de Aníbal Troilo durante ese periodo, Goyeneche cobró una estatura interpretativa fenomenal, que lo estableció como parte del Olimpo de la figuras del dos por cuatro.
Su generación fue la que en un principio pretendió ejercer la defensa del espíritu tanguero frente a los embates del rock, un abroquelamiento que esclerosó a ese estilo, mientras Astor Piazzolla ensayaba audaces experimentaciones que permitieran aspirar a una sobrevida del género urbano caract erístico del Río de la Plata. Ante esa resistencia, los rockeros redoblaron su repudio a lo que representaba el tango en el imaginario popular, porque suponían que se trataba de un sonido atávico, cuyo empecinamiento sólo contribuia a retrasar el arribo de un futuro en el que la supremacía del rock iba a ser indiscutida.
En la evolución de los controvertidos vínculos entre ambos géneros, resulta clave el aporte de Charly García, quien realizó numerosos ensayos compositivos que insuflaban aires de tango al rocanrol, más allá de que el discurso de sus letras atacara el patetismo de las viejas glorias de la estirpe milonguera. Sin embargo, iba a ser la siguiente camada del rock nacional la que sellara la paz, sobre todo en virtud del talento del Fito Páez ochentoso, que alcanzó el estatus de referente de la música popular argentina a una edad en la que muchos de sus colegas recién se atrevían a ensayar los primeros palotes de su carrera.
Para Roberto Goyeneche, la alianza afectiva y creativa con Fito implicó una reactualización de su legado y el acceso de su repertorio a una juventud ansiosa por descubrir esas raíces que habían caído bajo la tábula rasa cultural que pretendió instaurar la dictadura militar. Y para Páez, el respaldo de un prócer como el Polaco representó un espaldarazo inconmensurable al proceso por el que él y varias de las estrellas autóctonas rockeras saltaron del ghetto de ese movimiento para trascender más allá de las fronteras estilísticas y consolidarse como favoritos de un público masivo.
Frente a un panorama estático y nostalgioso como el actual, tal vez a la música argentina le estén haciendo falta procesos simbióticos de estas características, que rescaten a las figuras del pasado y, al mismo tiempo, legitimen a aquellos que hoy animan el panorama sonoro nacional. Un puente como el que se construyó hace treinta años, cuando dos artistas de distinto palo estrecharon lazos y dieron por tierra con los prejuicios acumulados durante décadas. Una amistad que impregnó con su profundo significado a la cultura contemporánea de un país en el que la mediocridad es la única que sale beneficiada con la cerrazón de las mentes.



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