Nuestra benévola justicia patriarcal

Julieta Silva mató a su novio Genaro Fortunato. Le aplicaron una pena a tres años y nueve meses de prisión por “homicidio culposo agravado”, y seguirá en libertad.



Por Daniel Gentile

En la madrugada del 9 de setiembre del año pasado, Julieta Silva discutió a la salida de un boliche en San Rafael, Mendoza, con su novio Genaro Fortunato. Ella se subió a su automóvil, Genaro intentó ingresar al rodado para continuar el diálogo, pero la mujer arrancó y lo atropelló. Genaro quedó en el piso, y Julieta, luego de andar algunos metros en el coche, giró en U y volvió, esta vez para aplastarlo, de manera de asegurarse el resultado letal.
Fue inicialmente acusada de homicidio simple con dolo eventual, que la enfrentaba a la posibilidad de una condena de hasta veinte años de prisión. El Fiscal pidió además el agravante derivado del vínculo sentimental que la unía a la víctima.
Ni una ni otra cosa existieron para la Cámara que la juzgó. Según los jueces, no tuvo intención de matar a Genaro, y tampoco encontró el tribunal pruebas contundentes de la relación afectiva. Finalmente, le aplicaron una pena a tres años y nueve meses de prisión por “homicidio culposo agravado”, y seguirá en libertad.
Sería irresponsable intentar un análisis crítico del fallo sin conocer minuciosamente la causa.
Lo que sí resulta evidente es el sonoro silencio de la mayoría de los medios de comunicación ante un episodio que hubiera hecho detonar las pantallas, las primeras planas y las redes sociales si las cosas hubieran ocurrido exactamente al revés. Si Genaro hubiera atropellado y matado a Julieta, la noticia de la virtual absolución del victimario estaría hoy desplazando de los noticieros a la crisis económica que vive el país.
Incluso en términos legales, Genaro hubiera tenido que afrontar una imputación de “femicidio”, habida cuenta del sexo de la víctima. Sabemos que ese agravante, que implica prisión perpetua, sólo es aplicable ante la muerte de una mujer provocada por el hombre. Por razones que sólo la enorme fuerza del feminismo puede explicar, la igualdad ante la ley se ha quebrantado para que el costo penal de la muerte de una mujer sea mayor que la del hombre en estos trágicos conflictos pasionales. En estos dramas, cualquiera puede matar y cualquiera puede morir. Pero legalmente las consecuencias no serán iguales. El homicida varón (“femicida”) afrontará de entrada, por el solo hecho de ser hombre, una acusación mucho más grave.
Si Genaro hubiera matado a Julieta atropellándola dos veces con su automóvil y el tribunal le hubiera aplicado una pena un poco más que simbólica por ser sólo culpable de “homicidio culposo”, estarían en este momento ardiendo las calles del país con las manifestaciones del colectivo “Ni una menos”. Se multiplicarían los editoriales acusando a nuestra justicia de ser escandalosamente “heteropatriarcal”, y por supuesto se señalaría a la cultura “machista” de ser la responsable de la muerte de todas las mujeres. Como sabemos, en la concepción feminista, cuando un hombre mata a una mujer, en realidad matan todos los hombres. Hemos también aprendido que cuando un hombre comete un “femicidio”, mata a la víctima por su condición de mujer. Está tan internalizado en el inconsciente de las masas este discurso, que muchísima gente tiende a pensar que cuando los roles se invierten es porque la mujer ha sido previamente víctima de “violencia de género”.
Hoy es posible incluso que la escritora Claudia Piñeiro declare que “ocho mujeres mueren por día por culpa del lenguaje no inclusivo”. Pero más sorprendente es que muchas personas consideren que esa manifestación está llena de sensatez.
Ese adoctrinamiento al que ha sido sometida la población en los últimos años, ha permitido también que sea bien visto que algunas mujeres homicidas tengan en las redes sociales clubes de fans. Es, por ejemplo, el caso de Nahir Galarza, que luego de asesinar a Fernando Pastorizzo se convirtió en un icono del feminismo más radicalizado.
No se conocen, por el contrario, casos de “femicidas” que tengan clubes de admiradores.
En términos de eficacia, sólo puede admirarse el cotidiano trabajo de los medios de comunicación colonizados por la ideología feminista.
No sólo han logrado que sea muy difícil para los magistrados juzgar con la misma vara a hombres y mujeres que cometen actos idénticos, sino que han conseguido que una enorme franja de la población piense que cuando una mujer mata a un hombre, en realidad está ejecutando una venganza justa contra el ancestral “patriarcado”.



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