El compadrito, de Sarmiento a Borges (Primera parte)

El nombre y el carácter de aquel hombre de baja ralea que hacía ostentación de su coraje, que se vestía según moda propia y se meneaba con gesto amenazante, atraviesan los ensayos sobre la identidad de los habitantes del arrabal urbano argentino.



Por Víctor Ramés
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Ilustración de tapa del libro “El Compadrito” de Jorge Luis Borges, 1968.

Las fuentes para la palabra “compadrito” hacen remontar su uso al menos tan atrás como el Facundo de Sarmiento que, en su primera edición en Chile en 1845, contiene referencias a ese tipo social de las clases bajas, cuando señala que “la guitarra, el instrumento popular de los españoles, es común en América. En Buenos Aires, sobre todo, está todavía muy vivo el tipo popular español. Descúbresele en el compadrito de la ciudad y en el gaucho de la campaña. En el compadrito todo es aún andaluz genuino. El jaleo español vive en el cielito: los dedos sirven de castañuelas: todos los movimientos del compadrito revelan al majo: el movimiento de los hombros, los ademanes, la colocación del sombrero, hasta la manera de escupir por entre los dientes: todo es aún andaluz genuino”.
El párrafo se ha citado muchas veces, pero se pueden aportar más elementos sobre el uso sarmientino del sustantivo “compadrito”, que también funcionaba como un adjetivo claramente negativo. En El Eco de Córdoba, diario cordobés no precisamente afín al liberal Sarmiento, entonces ministro plenipotenciario de la Argentina en Estados Unidos, se encuentra la siguiente referencia de mediados de octubre de 1866:
“Los compadritos
Nuestro Ministro Sarmiento tiene cosas muy originales y que son verdades de a puño.
Hablando de ciertos mozalbetes que se paran en la puerta de los templos a reírse y hacer gracias a las que se toman la libertad de ir a oír un buen sermón, por ejemplo, dice que allí está retratado el compadrito y que lo que les falta es el poncho a la espalda arrastrando la punta por el suelo para que el que pase más descuidado se lo pise y ellos tener ocasión de armar una pendencia.
El Sr. Sarmiento, afirmó que solo se ven estas cosas en Buenos Aires, mas no debe saber que por aquí nos vamos civilizando y que han dado en no faltar también estos compadritos de levita, a nuestros templos.
En honor de la verdadera libertad, cómo sentaría de bien, que unos vigilantes de Policía les enseñasen, que puesto que son hombres títeres, no tienen derecho a perturbar a las que no quieren hacer las cosas al revés de su modo de pensar?
Con este motivo, si la Policía ocurriese a la Iglesia de la Compañía, en estas noches de Mes de María, podría hacer unas cuantas amonestaciones, de acuerdo con el muy liberal publicista Sarmiento.”
La cita, al aplicar la descripción de Sarmiento a la sociedad cordobesa, deja bien en claro que los compadritos debían ser objeto de represión policial de acuerdo con la mentalidad de clase de aquel tiempo, descrédito que apareció siempre pegado a ese tipo social. Realmente queda para la antología el apunte de Sarmiento sobre el poncho largo que jugaba como trampa tendida por el camorrista a los incautos que fueran a pisarlo. De allí la expresión “a mí naides me pisa el poncho”.
El mismo Eco de Córdoba, en septiembre del mismo año, se había remitido a otro aporte de Sarmiento, aunque eso posible sospechar que sólo le atribuya el adjetivo a una descripción hecha por el cuyano sin necesariamente usar esa etiqueta. En este caso, Sarmiento le escribía desde los Estados Unidos a su amiga Juana Manso, comentando la torpe actitud de algún miembro del público durante una conferencia que ella había dictado, de lo cual debía de haberse quejado la escritora, periodista y maestra pionera del feminismo, por carta a su amigo y corresponsal. Allí El Eco citaba a Sarmiento, diciendo que éste “con motivo de la falta de educación que se cometió con la Sra. Manso en una de sus lecturas sobre historia, ha dirigido a esta una carta y en ella retrata tan bien al compadrito, que no podemos resistirnos al placer de dar a conocer su descripción. Ella viene de pelo a unos dandys que conocemos”. Luego el diario transcribe a Sarmiento, para quien “debió ser un desnaturalizado el que tal hizo; pero hay monstruosidades que no aparecen sino bajo ciertas condiciones. En Inglaterra, Francia, Alemania, etc. de ese desnaturalizado no existe”. Y agregaba que el maleducado “debe ser de la logia que asalta a las damas en la puerta de las iglesias, desorden único en el mundo; de los que interrumpen en su sermón a un pobre sacerdote que predica mal. Toda la humanidad cristiana ha estado durante diez y ocho siglos de acuerdo en no interrumpir al sacerdote, solo allí se viola esta convención humana”.
Llama la atención el modo en que El Eco equipara al compadrito con el “dandy”, un tipo claramente diferente e incluso de otra clase social, por más que se entienda la intención irónica del redactor.
La silueta del “compadrito” irá adquiriendo rasgos más definidos al irse aproximando el fin de siglo, en que hasta su forma de vestir será signo ontológico de su carácter, así como su relación con la música, ya fuese como aficionado al baile y al canto. El uso de la palabra y la caracterización del sujeto seguiría amasándose en las décadas siguientes, hasta quedar inscripta en la urdimbre de la nueva cultura del tango que organizó los gestos del arrabal a partir de los años ochenta del siglo XIX. La idea del “orillero” que explotará más tarde Borges, en la medida de esa ubicación fronteriza habla del hombre que viene del campo a la ciudad y que se queda tratando de sobrevivir en los suburbios, los que poseen un signo hosco y donde crece, junto con la maleza, el malevaje. Unos matices de tango pintaban el paisaje de fondo del arrabal. De alguna manera, se registra ese tránsito a través de figuras referenciales de la literatura y el teatro porteño, a empezar por el Juan Moreira -el real y el imaginado por Gutiérrez, que era un cuchillero de la campaña, no de la ciudad, y que vendía el coraje como “guardia de corps” popular a uno u otro caudillo de la zona-. No había en él compromiso ni los férreos códigos que luego se harían ley. Esa actividad, trasladada a la urbe a finales de siglo, se halla continuada en otro personaje, Ecuménico López, el Guapo del 900 creado por Samuel Eichelbaum a mediados del siglo XX, y ambientado a comienzos de siglo. López es capaz de ir preso por proteger a su patrón, un político de otra clase social.



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