Celestes al cruce de la educación sexual

Como no podía ser de otra forma, los que pedían educación sexual para frenar la legalización del aborto hoy pretenden evitar que sea obligatoria.

Por Javier Boher
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Otra vez volvemos a discutir cuestiones que deberían estar superadas. Esta semana se trató en diputados el proyecto para decretar la obligatoriedad de la Educación Sexual Integral en todas las escuelas y (¡oh sorpresa!) aparecieron los cruzados del pañuelo celeste a oponerse. Porque siempre se puede caer un poco más bajo.
No hace falta hacer tanta memoria para recordar los acalorados debates en torno a la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Las mismas páginas de este diario han sido atravesadas por las más diversas opiniones argumentando respecto a una y otra postura. Pese a las diferencias emergía una coincidencia fundamental: para prevenir los embarazos no deseados y sus consecuencias (abortos y abandonos, mayormente) era fundamental mejorar la educación sexual.
Todo fue una farsa destinada a capturar las voluntades de algunos indecisos en torno al debate por el aborto. Los que ayer se opusieron al proyecto de IVE hoy pretenden frenar la educación sexual en las escuelas, elemento fundamental para el establecimiento de políticas públicas de prevención de la transmisión de enfermedades, abusos o embarazos.
Poner bajo el debate un tema tan delicado para el bienestar de la población, que excede las creencias individuales, es un sinsentido absoluto. Escuchar a los censores del placer corporal sobre los motivos por los cuales los jóvenes y adultos deberían abstenerse de vivir su sexualidad de la forma que les plazca es un retroceso respecto a derechos adquiridos.
Nadie debate con los terraplanistas los programas de geografía, así como tampoco se enseña creacionismo como una teoría científica válida en los programas de biología. En la escuela no se enseña que en lugar de antibióticos coman ajo, se enseña que las vacunas duplicaron la esperanza de vida en menos de un siglo.
Los que se dicen defensores de la libertad lo usan como excusa para evitar que el Estado ejerza su potestad de impartir conocimientos científicos, válidos y probados, que van en línea con los derechos consagrados en nuestra constitución nacional. Las aberraciones respecto al adoctrinamiento para la homosexualidad (así como también aquellas de que se proyectan películas pornográficas a los alumnos de jardín y primario) salieron de la boca de quienes se oponen a la ley, no de la aguda pluma de algún creativo escritor.
La ley nacional de Educación Sexual Integral fue aprobada en el año 2006, y la provincia de Córdoba fue pionera al iniciar el recorrido para incorporarlo a la educación básica, preparando materiales y acompañando a los docentes desde el año 2007. La decisión del gobierno fue adaptarse a los cambios sociales, no obligar a la sociedad a encajar en rígidos modelos arcaicos.
Muchos sostienen que los padres tienen el derecho de elegir el tipo de educación que quiere para sus hijos. Es cierto, como también lo es que el Estado tiene la obligación de sostener la educación laica. Negar evidencia científica en el propio culto no es un justificativo para dejarlo fuera de lo que debe ser una política a largo plazo.
La realidad indica que la política negacionista ha fracasado. Ocultar el tema a chicos que tienen acceso por múltiples medios a una sexualidad exacerbada (como en los programas de televisión, los celulares o internet) lejos de retrasar la edad de iniciación la incentiva, en una ambigüedad alarmante entre “eso no se hace” y el bombardeo permanente en una sociedad que se sigue liberando.
La discusión seguirá su camino, pero al menos esta vez los diputados tuvieron una mayor facilidad para acordar las reformas a la ley. No todos los que votaron en contra de la legalización del aborto se oponen a la obligatoriedad de la educación sexual, porque supieron poner el bienestar general por sobre las creencias individuales. Como debe ser.



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