Trump, más macrista que Cambiemos

El júbilo en la Casa Rosada fue aun mayor cuando se conoció el comunicado del Departamento de Estado que sintetizaba el diálogo entre los dos mandatarios.

Por Pablo Esteban Dávila

Cuando el presidente Mauricio Macri colgó el teléfono, una sonrisa de satisfacción iluminaba su rostro. Terminaba de hablar con su colega estadounidense, el inefable Donald Trump, quien ayer le manifestó el respaldo irrestricto de su administración frente a la crisis que golpea a la Argentina. Fue la primera buena noticia en días.
El júbilo en la Casa Rosada fue aun mayor cuando se conoció el comunicado del Departamento de Estado que sintetizaba el diálogo entre los dos mandatarios. Trump resaltó que Macri está haciendo un “trabajo excelente en esta difícil situación económica y financiera” y que tiene“confianza en su liderazgo para fortalecer las políticas monetarias y fiscales argentinas para afrontar los actuales desafíos económicos”.
Si los amigos se ven en las malas, no hay dudas de que Trump tiene una especial consideración hacia su colega sudamericano.
Este apoyo tiene un costado irónico. En buena medida, la crisis que viven los mercados emergentes (no sólo el argentino) es culpa del sostenido crecimiento de los Estados Unidos. La Reserva Federal, temerosa de la inflación, ha decidido mantener una política de tasas de interés más alta que en años anteriores, lo cual ha operado como una aspiradora mundial de inversiones. La Argentina, que durante la gestión macrista venía tomando dólares abundantes y baratos para sostener su legendario déficit fiscal, terminó como víctima de la dinámica económica del lejano vecino del norte. Algún antiimperialista nostálgico señalaría que Trump no sólo es el responsable de la actual situación doméstica, sino que, además, hace gala de un cinismo abyecto en su trato con Macri.
Pero Washington no vive de la ironía, al menos quienes trabajan en el Departamento de Estado. Más allá de que Trump no sea, precisamente, un presidente fácil para las relaciones exteriores, tanto él como sus expertos conocen perfectamente el riesgo de un traspié argentino. El país, pese a su decadencia relativa en los últimos años, sigue siendo un actor regional gravitante. El hecho de que Macri haya logrado frenar el populismo kirchnerista (que, para muchos funcionarios estadounidenses,es un pariente del chavismo) lo convierte, automáticamente, en un mandatario que debe ser cuidado.
No es, simplemente, la cercanía política lo que mueve a este razonamiento, sino una reconocible profilaxis geopolítica. La Casa Blanca observa con preocupación a la incógnita brasilera donde, luego de conocerse que Lula da Silva no podrá ser candidato, puede que una expresión de extrema derecha o de extrema izquierda termine ocupando el palacio del Planalto. López Obrador, el flamante presidente mexicano, todavía no ha mostrado sus cartas y, pese a su inicial mesura, no deja de ser otro izquierdista al mando de uno de los grandes países de América. Macri, aunque en el fondo es un antipolítico (de la misma manera que lo es Trump), no deja de ser un mandatario amigable con el mercado y el libre comercio. Si su gestión culmina exitosamente, pues habrá menos excusas para que otros países adopten el populismo como la receta estándar para terminar con sus males.
El inequívoco respaldo de Trump a Macri contrasta con la tibieza brindada por Cambiemos a su líder presidente.
Se supo, por caso, que sectores de la conducción radical pugnaron abiertamente, en medio de la crisis del pasado fin de semana, por colocar más hombres del partido en el gabinete pese a los graves rumores que circulaban y lejos de la solidaridad que, se imagina, debe primar en una entente oficialista. A tal punto llegaron las presiones que cierto maledicente señaló, por lo bajo, que algunos correligionarios pretendían que les obsequiasen con canapés en el medio del naufragio del Titanic.
No fueron todos, por supuesto. El cordobés Mario Negri respaldó enfáticamente al presidente y logró que primara la moderación dentro de la fuerza. El mendocino Ernesto Sanz -un longevo promesante del gobierno- colaboró al clima de entendimiento final y Alfredo Cornejo, el presidente de la UCR naciona,l se avino a manifestar un público apoyo luego de mantener soterradas escaramuzas. La calma, siempre frágil, parece haber ganado a los radicales, al menos por ahora.
La tibieza no fue exclusiva de los aliados, sino que también se advirtió en la propia tropa del PRO. La gobernadora bonaerense, María Eugenia Vidal, por ejemplo, no hizo mucho para hacerse ver en las horas más aciagas, ni asumió el rol de amazona que, solícitamente, desempeñó la diputada Elisa Carrió con su particular estilo.Su silencio resultó sugerente.
¿Se preservó Vidal o la preservaron? Cualquier réplica es lícita. Si es la primera, puede suponerse que ha comenzado a especular con un destino presidenciable, sin necesidad a esperar por la reelección de su jefe político. Esto podría dar motivo, al mediano plazo, a un quiebre dentro del oficialismo o al nacimiento de un macrismo sin Macri. De esta última posibilidad derivaría, precisamente, la segunda respuesta.
Todo dependerá de cómo salga parado el presidente de esta coyuntura. Si las tardías medidas anunciadas tienen éxito y el país retoma el crecimiento, dígase, en el segundo semestre del próximo año (el hito es ya un clásico de la yeta), Macri tendrá una chance cierta de abrirse paso entre las dificultades. Pero, de no ocurrir, deberá tener un plan B a mano, lo cual significará recurrir a Vidal y su popularidad, siempre y cuando la gobernadora no decida antes dejar de esperar la decisión presidencial.
La crisis dejó también su cicatriz en el rostro de la Administración. Después de todas las versiones, la historia se trató del cambio de gabinete que no fue. El presidente optó por dejar los mismos nombres, degradando a algunos ministros y desprendiéndose de algunos funcionarios (como el “coordinador” Mario Quintana) que se encontraban fuertemente desgastados. En el camino quedaron Alfonso Prat Gay -a quien se lo sindicaba como nuevo Canciller y prenda de unión con el radicalismo- y el economista Carlos Melconian que, previsiblemente, habría pretendido tener más poder que el ostentado hasta el presente por Nicolás Dujovne para aceptar el cargo.
Que el gabinete no haya cambiado pese al cimbronazo vivido (y que todavía amenaza al país) pone en entredicho que la propia vocación de cambio que sugiere el nombre de la coalición de gobierno. No se trata, claro está, de pretender que las mudanzas sean siempre buena cosa, sino de complementar las expectativas que se habían generado en torno a la crisis. El propio Macri se encargó de sobreactuarla como si fuera terminal, por lo que no habría sido descabellado presentar un gabinete diferente al que lo sirvió hasta el presente.
Todo el desorden vivido, impropio de un gobierno de CEOs, oculta el hecho de que, al mediano plazo, puede ser beneficio para aliviar la carga del déficit fiscal. Ocurra lo que ocurra, nadie tiene dudas de que el dólar terminará por sobre los 40 pesos y que acompañará a la inflación. Esta devaluación generará efectos redistributivos (los salarios, medidos en dólares, serán más competitivos), sobre las exportaciones (más liquidación de divisas) y sobre las importaciones (menos compras en el exterior), todo lo cual contribuirá a bajar los costos internos y mejorará la balanza de pagos. En otras palabras, de salir de esta situación, Macri habrá hecho la gran Duhalde licuando, una vez más, los costos fijos de un Estado insoportablemente caro.
Resta ver si se atreverá a acometer con la otra parte, la más difícil. ¿Se animará el presidente a terminar, de una vez por todas, con las raíces del déficit sin cargar todo el peso de su manutención, tal como lo hicieron sus antecesores kirchneristas, al sector privado? Será esta, y no otra, la divisoria de aguas entre el estadista que pretender ser y lo que la historia terminará diciendo qué fue.



Dejar respuesta