Mujeres asesinadas el otro fin de siglo (Primera Parte)

Unos pocos casos de femicidios, cuando aun no estaban tipificados como tales los crímenes de género ocurridos en la segunda mitad del mil ochocientos, muestran escasas diferencias en el modo y en las motivaciones, respecto a los que oscurecen aún con tanta frecuencia nuestra actualidad.

Por Víctor Ramés
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Ilustración del artista salvadoreño Moris Aldana.

La inexistencia de estadística sobre crímenes de los que eran víctimas mujeres hacia fines del siglo XIX deja un punto ciego acerca de la cantidad y la frecuencia de esa violencia extrema contra las mujeres que tenía manifestaciones directas en la vida cotidiana. Al Igual que en nuestros días anegados de violencia cultural y estructural, era común que sus formas se ejercieran en términos físicos con mayor frecuencia sobre los seres más débiles (mujeres, niñas y niños). Si, como es el caso, nos guiamos por las noticias de los diarios de la segunda mitad del siglo XIX, las mujeres víctimas de maltratos físicos aparecían -con o sin nombre- cada tanto en las páginas periódicas, aunque no todos los casos llegaban por supuesto a la prensa. Esos hechos publicados, no obstante, bastan para constatar -por la forma de ser consignados y expresados- su existencia. De alguna forma, lo que no se registraba, porque no sobresalía, es parte del índice de naturalización que se puede sospechar sobre esa cuestión. También como en nuestros días, se trataba de una violencia muchas veces escondida dentro de cuatro paredes, invisibilizada, callada (a golpes).
Los crímenes de mujeres, en cambio, no podían ser tan fácilmente silenciados. Es por esto que se puede confiar algo más en la prensa como fuente de casos que ayuden a imaginar el número y la frecuencia de esas muertes que hoy se llaman específicamente femicidios, y con otro nombre lo eran dos siglos atrás y más acá. Ya que la tarea excede el espacio (y nuestros propósitos), al menos queda la posibilidad de acercarse a un puñado de casos de esos que muestran una violencia que llegó hasta su fase final, quitándole la vida a mujeres.
En orden cronológico, el primer caso a citar está tomado del diario El Eco de Córdoba del mes de agosto de 1866. Se trata de una noticia breve, cuya formulación deja en claro que un caso criminal no desentonaba en aquellos días de la ciudad y que, al parecer, el asesino había huido tras perpetrar el delito. El periodista considera inútil encarecer la intervención de la ley, ya que se trata de algo inherente al hecho.
“Degollada
Otro crimen más. Un vecino de Pueblo Nuevo ha degollado anteanoche a su esposa.
No sabemos la causa de tan bárbaro atentado que nos da tan triste idea de la gente del pueblo.
Es preciso que hayan desaparecido los más nobles sentimientos para degollar a la persona que en otro tiempo fuera objeto de sus amores.
El malhechor no ha sido preso aun.
¿Pediremos justicia? Los jueces saben su deber.”
La siguiente cita será también breve, aunque el hecho conduce a un caso que tuvo amplia repercusión, si bien esta no estuvo centrada específicamente en la víctima, sino relacionada al destino del matador, quien fue sometido a un proceso de más de un año que la prensa ventiló con frecuencia en la época. Lo que se transcribe es la noticia básica, en la cual la mención de la identidad de la víctima aparecía erróneamente establecida por la publicación. Está recogido del diario El Progreso del 15 de diciembre de 1870:

“Asesinato
La señora doña Rosario O. Huerto ha sido asesinada antenoche poro su marido, que es un tal Zenón de la Rosa.
Le dio varias puñaladas una de ellas que atravesó el corazón ocasionó la muerte instantánea.
Nuestro amigo y cófrade Don Alberto Ortiz, ha sido herido.
Lamentamos sobremanera esta terrible desgracia, y hacemos votos para que la herida de nuestro amigo Ortiz sea sin peligro.
El asesino ha sido inmediatamente tomado por los Serenos, y está ahora entre las manos de la justicia.
Acompañamos al señor Don Alberto Ortiz y a su estimable familia en su justo dolor.”
El apellido de doña Rosario era precisamente Ortiz y no Huerto, y el mencionado Alberto Ortiz era su hijo adoptivo, como lo aclaraba El Progreso al día siguiente. Esa misma nota daba más detalles del asesinato:
“Zenón de la Rosa vivía desde mucho tiempo separado de su esposa. Este individuo se presentó el martes a la noche en casa de doña Rosario Ortiz, y una vez que se le concedió la entrada atropelló a su desgraciada esposa y después de haberla herido con seis o siete puñaladas, acabó con ella, dándola el último golpe que le atravesó el corazón. D. Alberto Ortiz que había venido en socorro de su madre adoptiva, fue levemente herido. La intención de este infame criminal era la de matar a toda la familia.”
Y concluye diciendo: “Pedimos un castigo severo para este reo, no la pena de muerte, porque para nosotros, esta no es un ejemplo dado a la sociedad”.
El nombre del matador, Zenón de La Rosa, sería frecuentemente citado por la prensa los siguientes dieciséis meses, ya que primero se consideró su condena a muerte, luego se habló de conmutar la pena y enviarlo a la frontera, instancias todas que fueron agitando las opiniones. Sin embargo, prevaleció finalmente la pena máxima. Previo al fusilamiento de Zenón de La Rosa el 29 de abril de 1872, contra el antiguo calicanto de la cañada –consignado como el último ajusticiamiento realizado en esta capital–, y durante el último tramo de su condena el gobernador Juan Antonio Álvarez recibió una sucesión de pedidos de perdón para el reo, por parte de las comunidades religiosas, las corporaciones de beneficencia y hasta de las damas cordobesas, mientras que algunos diarios también se expresaron con horror frente a ese tipo de condenas. La reacción, más que una expresión que minimizaba el acto criminal del reo y el cruel destino de Rosario Ortiz, lo era de la conciencia pública sobre la barbarie que suponía la pena de muerte. Por su parte, es de señalar la sangre fría de La Rosa, quien ya no convivía con su esposa, a quien fue a asesinar con premeditación.
En los registros parroquiales conservados en la Catedral de Córdoba constan las actas de defunción de ambos. La de Rosario Ortiz informa sobre ésta: “esposa de D. Zenon La Rosa, que ha sido asesinada por éste en la madrugada de hoy, de 52 años”. El acta del hombre fusilado, por su parte, anota sobre Zenón La Rosa: “viudo de Dª Rosario Ortiz, que ha fallecido hoy ajusticiado, como de 43 años”. Era viudo, sí, por mano propia.



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