La voluntad

Un elenco porteño que iba a poner en escena una versión de la obra “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, se vio impedido en su objetivo por la agencia francesa que posee los derechos sobre este conocido texto: el autor, fallecido en 1989, no quería que haya actrices en escena.

Por J.C. Maraddón
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Dentro del llamado teatro isabelino, que se focalizó en Inglaterra desde mediados del siglo XVI hasta comienzos del siglo XVII, la figura de William Shakespeare es el legado que con mayor énfasis ha asumido la cultura occidental, a partir de obras monumentales que hoy integran el repertorio universal. Historias que no han perdido vigencia y que siguen siendo representadas en teatros del todo el mundo, muchas veces a partir de adaptaciones que actualizan su contexto. El cine ha sido también un asiduo visitante de ese catálogo que ha servido de soporte de todo tipo de producciones, desde dramas hasta musicales.
Uno de los textos más extraños de Shakespeare es la comedia “Twelfth Night”, conocida en español como “Noche de reyes”, en la que la androginia de uno de los personajes funciona como disparador de la historia: el barco en el que viajan los gemelos Viola y Sebastián termina naufragando y, tras ser rescatada, ella se convence de que su hermano ha desaparecido y se disfraza de hombre para empezar a trabajar en la corte del conde Orsino. Detrás de este cambio de sexo que tan desopilante nos parece hoy si pensamos en esa época, hay un contexto en el que ese tipo de artilugios eran habituales en escena.
Y es que en el teatro isabelino no se admitían actrices mujeres. Y los papeles femeninos eran asumidos por muchachos, generalmente muy jóvenes, que ponían todo su empeño para estar a la altura de las circunstancias. El puritanismo había logrado que se prohibiera por ley la presencia de actrices en la representación de las obras, porque la imagen de una mujer sobre el escenario era asociada directamente con la prostitución y, por ende, le quitaba cualquier tinte cultural a la actividad. De hecho, cuando declinó esta exclusión, las primeras que salieron a escena padecieron el escarnio de las habladurías.
En el caso de “Noche de reyes”, el asunto se complicaba muchísimo… o se simplificaba, según como se lo quiera ver. Porque un actor varón debía encarnar el rol de Viola, que a su vez se vestía y arreglaba como hombre luego del naufragio. Es decir que el intérprete se pasaba gran parte de la puesta con su apariencia real, la masculina, aunque en la ficción hiciera de una mujer que simula ser un hombre. De acuerdo a lo que relatan las crónicas, discriminaciones aparte, las funciones de estas obras congregaban a un público numeroso, que aplaudía a rabiar.
Vistas desde el balcón de este siglo XXI, aquellas disquisiciones que afectaban a la sociedad inglesa hace 400 años parecen provenir de una prehistoria con la que no tenemos puntos de contacto. Sin embargo, un episodio reciente, que es motivo de una polémica en el ámbito teatral porteño, reflota esos prejuicios ancestrales que ya se creían perimidos. Un elenco que iba a poner en escena una versión de la obra “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, se vio impedido en su objetivo por la agencia francesa que posee los derechos sobre este conocido texto.
Y es que, como el autor irlandés, fallecido 1989, dejó su voluntad expresa de que “Esperando a Godot” fuera representada solo por hombres, el espectáculo dirigido por Pompeyo Audivert y protagonizado por dos actrices iría en contra de ese mandato. Hasta qué punto debe respetarse esa discriminación impuesta post mortem por Beckett, es la cuestión de fondo que empieza a discutirse, más de cuatro siglos después de que el puritanismo les impidiera a las mujeres subir a escena. No es la primera vez en el mundo que un editor se opone a que haya intérpretes femeninas en la representación de la obra maestra de Beckett. Pero resulta anacrónico que esa prohibición continúe en los tiempos que corren.



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