Consejos de un ex presidente

La amenazante reaparición del ex presidente Duhalde no tiene tanto que ver con los logros de su gestión como con las condiciones de desconfianza que genera el mismo gobierno.

Por Javier Boher
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Hace poco más de un año, Graciela Fernández Meijide entrevistó a Eduardo Duhalde para un programa que se transmitía cada noche en la televisión pública. Al escuchar las frases y las reflexiones de quien debió pilotear las consecuencias de la demoledora crisis de 2001, se sentía el aplomo del estadista capaz de rescatar al país del abismo.
Todo era un engaño.
Habiendo pasado el tiempo desde aquel encuentro, la historia lo sacó del pedestal y lo devolvió al lugar que le corresponde, entre los mortales de carne débil. Por diversos motivos, los medios de comunicación le dan el espacio que perdió cuando Néstor Kirchner lo derrotó allá por el 2005.
En los últimos meses ha estado tratando de instalar a alguien de su riñón como una alternativa para unificar al peronismo y derrotar ¿en las urnas? al gobierno de Macri. Su nombre aparece unido indisolublemente al de Carlos Menem, al que acompañó en la primera presidencia, y al de Néstor Kirchner, al que le facilitó su estructura para que le ganara a su ex compañero de fórmula, que hubiese arrasado en la interna justicialista.
También defendió a Roberto Lavagna, el Robin con el que a puro “pum”, “paf” y “bang” doblegó el caos económico que había quedado tras la cobarde huida de Fernando De la Rúa. Hoy, a ese que vio cosas feas y se alejó del kirchnerismo (adonde volvió tras ser el candidato presidencial del radicalismo en 2007) lo quiere instalar como candidato del peronismo refundado.
Ese ex gobernador de Buenos Aires y ex presidente que anunció que iba a dejar la política, hoy tiene una recaída propia de un adicto y trata por todas las vías de horadar la alianza que gobierna, sacándose fotos con Ricardo Alfonsín, cuyo único paso por el ejecutivo fue cuando iba a visitar al padre a la Casa Rosada.
Otras veces, como ayer, hace declaraciones sobre cómo ve al gobierno o al presidente. Ya supo hacerlas alguna vez, como cuando en diciembre de 2001 aseguró que “o el presidente cambia o habrá que cambiar el presidente”. Para esos antecedentes, Macri recibió una crítica leve, casi constructiva: “si me pregunta cómo lo veo, le diría ‘como el orto’”.
Si la observación apunta a los resultados económicos de la gestión, hay que aceptar que algo de razón tiene. Los números no lo ayudan y los responsables del área se esconden tras su figura, como si los defensores se escondieran atrás del arquero cuando van a patear un tiro libre. El discurso de ayer le va dando la razón a Duhalde, porque el que hablaba de la fe y la esperanza para resolver las cosas era el que perdió en 2015.
Sin embargo, los bocadillos que ha arrojado el ex mandatario en los últimos meses tienen que ver menos con su capacidad de evaluar la gestión y más con su capacidad de golpear donde duele. Ante la falta de liderazgos, los viejos caciques tienen que volver a echar mano su arco y flecha.
Esa ilusión de estadista de la entrevista con Meijide deja paso a la del político que habla desde la caja de una camioneta para 15 punteros, el que sabe a quiénes llamar, qué palancas accionar o qué palabras pronunciar para que se genere esa molesta comezón que incomoda a la opinión pública. El paro de la CGT anunciado para el 25 de septiembre, aunque no haya sido armado por él, tiene el sello indeleble del peronismo tratando de rearmarse.
Sus declaraciones no son inocentes, porque nunca lo fueron. Tampoco son inocentes los que las reproducen y le dan exposición haciendo omisión del papel que jugó en la suerte de De la Rúa (sobre el que igual hay consenso de que era un inútil).
Pese a todo, está bien que incomode a un gobierno que no logra recuperar la confianza de la gente y de los empresarios. La persistencia de los opinadores es la consecuencia lógica de una politica económica errática y poco consistente. En lugar de señalarlos para que se callen, o de gritar asustados porque los condicionan, quizás los funcionarios deberían empezar a generar acciones que los obliguen a cerrar la boca.