La pelea por la balanza

Los adoradores de la santa grieta están en una lucha dialéctica para ver quién termina de sumar más voluntades en la pelea entre la situación económica y la corrupción.

Por Javier Boher
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Qué indecisión, amigo lector. Las vueltas por el escándalo de los cuadernos siguen dando que hablar, mientras el freno de la economía le pelea el podio de tema más discutido. Aunque la política les de buenas noticias, si la economía se enoja, Macri, Peña & Co. van a recibir un “estate quieto” interesante.
Mientras estaba sentado frente al teclado, pensando en un tema para hoy, me di cuenta de que podría escribir dos columnas totalmente diferentes, para públicos completamente opuestos, con tonos absolutamente excluyentes entre sí y aún así tener razón en ambas. Porque hoy hay dos grandes preocupaciones entre los adoradores de la santa grieta.
El debate en el cambiemita club de fans de Miauri y Mariu se centra en la corrupción. Todos están seguros que si se llegó hasta esta situación es porque hace setentaypico de años apareció un tal JDP (casi H, increíble) que se tentó con la manzana de los dineros públicos y consiguió que expulsen a la Argentina del paraíso de países desarrollados. Esa sería la línea del feriglesismo hardcore, la del gorilismo que no reniega de su pelaje.
Acá hay toda una vuelta de temas, historias, relatos y demás etcéteras que hace que la horda amarilla se enfurezca con la corrupción del gobierno anterior. Hay que aceptarlo: el kirchnerismo se empeño en no dejar dudas de que fue el gobierno más corrupto de nuestra historia.
De hecho, el Sultán de Anillaco parece un vendedor de aceitunas riojano que te duerme un vuelto al lado de la ruta cuando lo comparamos con el Nestornauta y la Allanada de Recoleta, dos prolijos y weberianos burócratas del desfalco.
A ese monstruo peludo, devorador de historias sobre la constitutiva raíz delictiva del peronismo, hay que alimentarlo permanentemente con detalles que lo mantengan vigoroso. Bastante fácil resulta si pensamos en los detalles que van brotando de los arrepentidos, que contaban cantidades de dólares como si fuesen devaluados bolívares venezolanos.
Por eso la historia del vestidor de puerta blindada que le encontraron a la Emperatriz del Calafate se convirtió en un hitazo. Quizás es muy pudorosa y no quiere que alguien entre cuando se está cambiando. O es un cuarto de pánico, tan de moda entre los famosos. Quizás se la compró a Lázaro cuando desarmó la bóveda, pero de onda, para que no se clave con el gasto. Todos saben que las carteras y zapatos que acumuló en su presidencia son muy valiosas para dejarlas al alcance de la mano de Florchi y sus amiguis.
Acá viene el giro en 180° (no 360° como gusta repetir a políticos que compraron su título de grado). Las fieles huestes kirchneristas que fueron a resistir con aguante al departamento de la ex presidenta (juntando menos gente que Wilkins en un festejo por el día del chacinado) hacen oídos sordos a las denuncias por corrupción.
Ellos parten de la premisa de que siempre hubo corrupción, pero que con el matrimonio patagónico por lo menos compraban cosas. Toda una paradoja del progresismo, esa de cuestionar a la economía de mercado y elogiar el consumo, que eventualmente termina en gente peleando por pasarle el dedo al fondo de un tarro de mermelada de limón para engañar al hambre.
Sin embargo, el gobierno les da la razón porque la economía está siempre carreteando como pájaro gordo. Para colmo de males, recorta con la misma prolijidad que peluquero con parkinson. Puede salir un corte ondeado, pero lo más probable es que te corte una oreja o te saque un ojo.
Eso es lo que pasa ahora con las universidades nacionales y las vacunas. Se podrá discutir si hay que hacer un gasto más racional, o controlar en qué se van los morlacos. Pero hay que hacerlo antes. Si a uno le gusta comer postre puede elegir pedir un plato principal más barato, pero si le imponen no comerlo es como la penitencia para los chicos, una imposición muy impopular.
No hay dudas de que el gobierno agarró un fierro caliente cuando asumió, pero en lugar de enfriarlo se quedó parado viendo qué hacía. La quemadura se hizo más profunda y dejó de sentir el daño, que ahora está llegando a un punto en el que el platsul del FMI no alcanza a curar la herida.
Los dos temas son legítimas preocupaciones de un electorado que tiene sus extremos enfocados en uno y otro problema. Son como dos grupos ruidosos parados en cada plato de una balanza, y un silencioso tercer pelotón al medio, escuchando a los que los llaman desde uno y otro lado.
El año hasta las elecciones es largo (y más si se piensa en la bulla de eliminar las PASO para recortar el gasto), pero para el equipo del asesor de pelo azabache es importante empezar a pensar en los que están paraditos al centro.
Si no los llevan para su lado ahora, por lo menos tienen que evitar que se escapen al otro. Porque así, si la preocupación por la economía le gana a la del choreo, aunque pasen de a uno la balanza se va a ir inclinando. Y mientras más pasen y más se incline, más van a ser arrastrados para ese lado y más difícil va a ser que trepen hasta el plato de la preocupación por la corrupción.
Le digo, amigo lector, que ese es el gran desafío de los amarillos. Porque en su desmanejo de la economía y su escasa capacidad política están descuidando al pequeño consumidor al que se le depreció el salario, al empresariado que no se subió al proyecto nac&pop del arreglo y la coima, y al que no entiende mucho de qué va la cosa pero no quiere decepcionar a la mayoría circundante.
Nada fácil lo que les espera por delante.



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