Autovía Punilla versus catástrofe ambiental en cuotas

Nuevamente el ambientalismo irracional hace de las suyas en la provincia de Córdoba. El nuevo objeto de su odio es la proyectada autovía de Punilla, que se propone unir el dique San Roque con la Falda.

Por Pablo Esteban Dávila

Nuevamente el ambientalismo irracional hace de las suyas en la provincia de Córdoba. El nuevo objeto de su odio es la proyectada autovía de Punilla, que se propone unir el dique San Roque con la Falda. Ya aparecieron las clásicas tomas, lecturas de panfletos y escudos humanos para evitar el trabajo de las máquinas. El sainete promete crecer en los próximos días.
Como siempre, los eco-activistas hacen pito catalán a cualquier tipo de raciocinio. En vano la provincia convocó a audiencias públicas y la Secretaría de Ambiente corrigió la traza para evitar el bosque nativo y sortear un yacimiento de uranio (que eran los principales cuestionamientos); nada es suficiente. Ni siquiera el dictamen de la Universidad, que asegura que no existe impacto ambiental irremediable en su recorrido. Para la religión verde, la razón es un instrumento de engaño al servicio del capitalismo.
El problema es que no se entiende demasiado que es lo que se quiere defender. Superados los escollos objetivos del proyecto, no surgen conflictos evidentes entre la obra y el entorno. Y, debe convenirse, la vía que actualmente comunica las localidades del valle de Punilla está lejos de ser un dechado de virtudes ambientales.
La autovía proyectada no es un capricho modernista. Esto debe ser claramente entendido. Es una necesidad imperiosa que deriva del agotamiento de la tradicional Ruta 38 como estructuración geovial de una de las regiones más dinámicas y de mayor crecimiento de la provincia de Córdoba.
Hace años que este eje se encuentra colapsado. Esto atenta contra el turismo, los eventos artísticos y la vida social y económica de la región. Además, y en lo que hace a la preocupación nominal de los ecologistas, la traza actual es un caldo de cultivo de micro catástrofes ambientales, que se paga rigurosamente en cuotas diarias. Tal es su tráfico y congestión, que la contaminación que generan los motores de combustión interna en permanente atascamiento debe situarse entre las más altas de la provincia. Los vecinos de Bialet Massé, San Roque, Cosquín o la Falda conocen perfectamente estos problemas.
Otro capítulo aparte, que hace también a la dialéctica entre entorno y ambiente, es que la Ruta 38 está llena de externalidades, todas negativas. Deben contarse, entre ellas, a las pérdidas económicas que genera entre sus usuarios (costos de oportunidad del tiempo, desgaste prematuro de vehículos, mayor consumo de combustible), como a los peligros para transeúntes y turistas. Además, los municipios que se articulan en torno al corredor deben gastar ingentes cantidades de dinero en inspectores, semáforos y arreglos de calles colindantes para mantener al trazado en mínimas condiciones de circulación.Todo esto supone ineficiencias que, a la larga o a la corta, terminan pagando los vecinos a través de sus impuestos, su calidad de vida la propia integridad personal.
El sector turismo, el principal generador de empleo y recursos del valle, también debe computarse como una de las víctimas del actual orden de cosas. Las sierras de Córdoba en general -y Punilla en particular- venden belleza, diversión y entornos naturales al alcance de todos. Pero esto está a punto de perderse por culpa del actual trazado. Prácticamente en cualquier temporada es difícil trasladarse de un punto a otro, una complejidad que desalienta a los turistas. Llegar a un balneario (o a un buen restaurante o al festival de Cosquín, por caso) insume horas y tensión que nadie que se encuentre de vacaciones desea malgastarpor el mero hecho de moverse. De no tomarse cartas en el asunto, los visitantes simplemente elegirán otros lugares. Los activistas ambientales deberían recordar siempre que no hay peor cosa para la ecología que regiones empobrecidas.
En las últimas horas ha surgido un nuevo elemento para tener en cuenta: la judicialización del asunto. Como siempre ocurre, algún colectivo reclamará a jueces y fiscales que intervengan para evitar daños irreparables. Y, solícitos, siempre aparecerá algún magistrado con deseos de notoriedad dispuesto a detener las obras y escuchar a las partes. Nuevamente surgirán los mismos argumentosya tratados en audiencias públicas y más dilaciones para que, finalmente y dentro de un buen tiempo, aparezca un fallo que se entrometa en asuntos del Poder Ejecutivo y sus organismos técnicos. Es una dinámica conocida y que, hace poco tiempo atrás, terminó ahuyentando a inversiones como las de Monsanto en la provincia culpa de un puñado de militantes del medioevo ecologista.
Así son las cosas. Debe aceptarse que, precisamente por la belleza del entorno, la región atrae gente, y que la gente requiere movilidad y espacio. En la actualidad, ambos son insumos críticos. Uno de los aspectos positivos de la autovía, amén de los previsibles efectos sobre las traslaciones, es que les pondrá un límite a los avances de las urbanizaciones sobre el piedemonte serrano. Lo que no se dice, porque en verdad incomoda a los argumentos ambientalistas, es que, si el proyecto no se concretara, nadie podría impedir que las manchas urbanas se adentraran hacia los faldeos de las sierras chicas, allende el bosque nativo o las especies autóctonas.No importa que las ordenanzas lo prohíban o que lo prohibieran en el futuro; siempre habrá hechos consumados que permitirán negociarlas, especialmente si provienen de las necesidades inmobiliarias. Lo único que puede detener el fenómeno es el vallado virtual que supone la iniciativa que, paradójicamente, hoy se cuestiona.
Sacar el tráfico del centro de las ciudades supondrá mejorar los entornos urbanos, devolverles calidad de vida. La mayoría de los seres humanos no vivimos en los bosques, ni en entornos salvajes, sino en ambientes urbanos. No hay nada más antinaturalque un paisaje serrano atiborrado de ruido, smog, y bocinazos. Atacar a la autovía supone la aquiescencia de mantener un estatus quo que de ecológico no tiene absolutamente nada, a menos que se pretenda que los hombres y las mujeres se cocinen en su propia salsa, quizá el ideal último y no confeso del ambientalismo adolescente que debemos soportar ante cualquier iniciativa.