El arte de descender a la elegancia

Terminaba el siglo XIX y el saldo de sus caracteres sociales seguía incluyendo la presencia de los elegantes. Es probable que nunca desaparezcan los cultores de ese tipo de obsesión por la apariencia personal.



Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Envarados usuarios de la moda de antaño lucen su elegancia.

Entre los tipos humanos se reconoce a los elegantes. Todos conocemos a gente que muestra una pulcritud, un sentido del gusto, una conciencia de estar transmitiendo constantemente a los otros una imagen, una cierta dignidad. Personas con un ojo para el detalle, que concentran su impulso estético en ciertas proporciones, en una afinidad de colores, unas texturas elegidas como mensaje. El espejo es su cómplice, representa la mirada de los otros. Para el elegante, la apariencia es el índice de la persona toda. El porte, la actitud, la pose pueden ser parte de esos signos, pero sin duda la vestimenta es el objeto más caro a la distinción personal.
Hay una elegancia democrática, que a todos nos cabe. No hay hogar sin espejo en el cual reforzar la propia imagen. Pero el elegante es puntilloso, sus movimientos pueden parecen estudiados. Emite una sabiduría de la medida y del gesto. El buen gusto y el estilo son su reino y en ocasiones su atención trasciende el juicio sobre la indumentaria para verse proyectada en objetos, en formas de vida, en modos de actuar.
Claro que detrás de esos valores existe una corriente que les da sustento y se manifiesta en la moda. No sea que creamos que el buen gusto, la armonía o la proporción son otra cosa que construcciones culturales; valores creados, elevados y luego caídos en desuso a medida que ascienden nuevos “gustos” y todo el mundo debe ponerse al día. Si el proceso se juzga desde la mirada de la prensa hecha para la flamante actualidad, que mastica conceptos rápidos y más o menos superficiales, la moda no es sino ese “estar al día” que mañana mismo será un diario viejo. Su creación es una tarea compleja en la que toma parte una dimensión colectiva y también el impulso subjetivo. El elegante de ayer no veía las cosas como el de hoy, aunque es cierto que hay algunas normas que se han hecho canónicas, en éste como en cualquier otro orden de lo estético.
Salvo esas islas de sentido que permanecen, que son parte del “gusto clásico”, la moda y los estilos de vestir se suceden como huellas en el agua. Lo que sí podemos aceptar que no desaparecerá, es la existencia de personas cuya dedicación –e incluso obsesión– consiste en atenerse a ese aspecto de la vida social y a encarnar -o tratar al menos de hacerlo- los más refinados ideales en boga en lo que hace a la elegancia.
A fines del siglo XIX, el diario Los Principios trazaba su propio retrato de los elegantes, en un artículo firmado por “Atorrante”, un seudónimo que parece querer oponerse a la finura y la elegancia. Y así es todo el texto: un trazar la diferencia entre los “normales” y los elegantes vistos como obsesivos, como una caricatura, como signo de un exceso de atención en la ropa, aquello que, en una mentalidad austera, no pasa de ser un envoltorio para el cuerpo.
El primer embate de “Atorrante” para ridiculizar el tono del elegante, apunta a su monomanía y a su permanente detallismo convertidos prácticamente en un trabajo sin horario. Dice así, en el mes de marzo de 1898:
“Los elegantes
Aunque parezca paradoja, es lo cierto, que hay muchas gentes que no tienen más misión que la de ser elegantes.
Parece mentira que viniendo todos al mundo desnudos, hechos un bife crudo y al natural, funden algunos su vanagloria en la mísera corteza que cubre ésta, todavía más mísera naturaleza humana.
Y más vanagloria, hay quien convierte en carrera civil el arte de vestirse.
Ustedes verán por las calles, por los cafés sujetos planchados, almidonados, estirados de quien no se conoce otra virtud que la de llevar bien el traje.
–Qué es ese?
–Nada.
– ¿Trabaja?
–No.
– ¿Es un artista, periodista, propietario?
–Ni empleado siquiera.
–Pues ¿qué hace?
–Nada: por la mañana se viste, por la noche se desnuda, al día siguiente hace la misma operación.”
La mordaz crítica del autor se dirige, a continuación, a resaltar los extremos del ridículo a que se expone el elegante cuando juzga la más leve falla a la armonía en el aspecto de otra persona como una catástrofe de dimensiones planetarias:
“Cuando un elegante observa uno de estos anacronismos de la indumentaria, se pone nervioso sin poderlo remediar; se detiene, quiere apartar la vista de aquel hombre estrafalario y no puede, considera lo desgraciado que él sería si tuviera unos pantalones o una levita de aquella fecha, y con solo pensarlo le tiemblan las carnes.
Luego se vuelve trémulo al amigo que tiene más cerca, y exclama indignado:
–Pero ¿ha visto Vd. qué escándalo?
–Pues ¿qué ocurre?
–No ha visto usted el traje que lleva aquel hombre?
–No he reparado.
– ¡Luego dicen que hay policía! ¡Y que este es un país adelantado!
Para los elegantes, todo el adelanto social, toda la civilización de un pueblo consiste en vestirse siempre a la moda, por más ridícula que esta sea.”
Y por último el diario la emprende con ciertas leyes que imperan en el mundo elegante: aquellas que siguen los mandatos de sus propias lógicas, que proyectan los valores elegantes a una mecánica universal y que confirman las fallas de un mundo que los elegantes se afanan por enmendar:
“El elegante solo juzga de las gentes por el traje que lleva, como algunos libreros juzgan del valor de las obras por la encuadernación que tienen.
Las reglas a que el elegante ajusta su criterio son poco más o menos las siguiente:
«Un hombre con rodilleras en el pantalón es por lo menos un insensato.
«No hay uno que lleve torcidos los tacos de los botines, que no esté dispuesto a descarrilar.
«La mayor desgracia que puede ocurrirle a un hombre pundonoroso, es que se le caiga un botón yendo por la calle.
«Cuando veo a un sujeto con la levita de color de ala de mosca, me lo comía de rabia. ¿No cuesta diez centavos un frasquito de tinta negra?
«El día que haya elecciones municipales y yo tenga voto, se lo daré a don Fulano. ¡Qué elegante es! ¿Cómo no ha de interesarse por el bien de la comuna?
«He oído decir que Menganito es un buen poeta. ¡Bien puede ser! ¡Nunca le he visto sin guantes! Eso prueba que tiene sentimiento artístico».
Y así sucesivamente.
El libro en que un elegante apuntar sus observaciones, sería un libro curioso.
Atorrante.”



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