La libertad incompleta

En Estados Unidos, 49 años después del festival de Woodstock, comienza a extenderse una campaña para combatir el acoso en espectáculos multitudinarios, que cuenta con el respaldo de los mismos artistas, quienes desde el escenario instan a sus fans a comportarse con respeto.

Por J.C. Maraddón
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El festival del Woodstock, del que se cumplen hoy 49 años, ha estado rodeado siempre por una leyenda benigna, que lo señala como el punto culminante de esa cultura hippie que se oponía a la guerra y que predicaba el amor libre y la vida comunitaria. Durante los tres días de este encuentro musical, se intentaron llevar a la práctica muchas de esas utopías que se planteaba la juventud de los sesenta. La tarea resultó imposible: el casi medio millón de personas reunido en una granja estadounidense pasó por momentos de zozobra y situaciones desbordantes, aunque lo que trascendió fue el espíritu solidario que animaba a la mayoría.
Más allá de la historia oficial de Woodstock, hay testimonios personales que hablan de jóvenes que morían de sobredosis, que pasaban jornadas enteras sin poder acceder a baños, alimentos o bebida, y que dormían apiñados bajo la lluvia, alertas ante el peligro de que los pisaran quienes deambulaban entre el público en la oscuridad. En el costado tenebroso del festival también se mencionan excesos sexuales, cuando chicas pasadas de alucinógenos eran sometidas sin ser conscientes de lo que ocurría. O violaciones lisas y llanas, cometidas en un contexto supuestamente festivo.
Estos problemas recrudecieron posteriormente en muchos de los grandes eventos rockeros que se realizaron durante el último medio siglo, aunque siempre fueron presentados como deslices que se iban de control y no como una conducta sistemática de cierta concurrencia, en especial masculina, que esgrimía su estirpe rockera como excusa para perder aceite. A pesar de los preceptos comunitarios que predicaban a voz en cuello los movimientos contraculturales, muchos de sus adherentes se mostraban incapaces de respetarlos y, escudándose en ideas pretendidamente libertarias, terminaban agrediendo al prójimo y manoseando a las mujeres que tenían la desgracia de haberse ubicado en su entorno.
Lo ocurrido durante los Sanfermines de 2016, cuando el grupo de cinco muchachos conocido como La Manada violó en la calle a una joven de 18 años, el marco de las festividades en Pamplona, parece haber cambiado de una vez y para siempre ese concepto erróneo de que, en busca de la diversión, todo está permitido, incluyendo el abuso sexual. En esa ocasión, la víctima realizó la correspondiente denuncia y el caso avanzó en la justicia, que finalmente condenó a los acusados, aunque la sentencia no satisfizo las expectativas y desató manifestaciones de protesta en distintas ciudades de España.
Las consecuencias de este proceso judicial no se circunscriben a la celebración de San Fermín, sino que comienzan a extenderse hacia otras aglomeraciones festivas que degeneran en salvajadas de idéntico calibre, como por ejemplo los festivales y conciertos de rock. En Estados Unidos, casi 50 años después de Woodstock, comienza a extenderse una campaña para combatir el acoso en espectáculos multitudinarios, que cuenta con el respaldo de los mismos artistas, quienes desde el escenario instan a sus fans a comportarse con respeto. También los organizadores de estos eventos empiezan a comprometerse para capacitar al personal de seguridad, para que puedan brindar ayuda a las mujeres que estén siendo maltratadas.
Aunque en su momento los movimientos juveniles se consideraban como la vanguardia por el respeto de los derechos civiles, está más que claro que seguían reproduciendo conductas deleznables y naturalizando agresiones que de amor y de paz no tenían nada. Tal vez esté llegando el momento de repasar esas postales de color sepia y descubrir allí un trasfondo que ha permanecido en penumbras para no manchar la proclamada epopeya liberadora. Porque, cuando de liberar se trata, si seguimos justificando el sojuzgamiento de un sector de la población, en realidad estamos hablando de una libertad incompleta.