A falta del Fondo Sojero, bueno es el Pacto

A ningún legislador cambiemita le convendrá profundizar en polémicas sobre el Pacto Fiscal que hoy refrendará la Legislatura.

Por Pablo Esteban Dávila

Sostiene un viejo dicho que un optimista no es otra cosa que un pesimista mal informado. El aforismo le calza como anillo al dedo al gobierno de Cambiemos.
Al asumir su gestión en diciembre de 2015, el presidente optó por no contar toda la verdad sobre la situación del país. Tal vez no la conociera por entonces o tal vez suponía que, ocultándola, colaboraría a gestar un clima de optimismo, necesario para volver a crecer. Se equivocó feo. Apenas un documento publicado algunos meses después –“el estado del Estado” – daba cuenta de algunos de los desatinos heredados del kirchnerismo. El dossier nunca alcanzó la fama.
Dos años y medio de aquella oportunidad perdida la situación es crítica. El gasto público no cede y la inflación, su hija putativa, alcanza niveles que sonrojarían a Axel Kicillof. El contexto internacional tampoco ayuda. La época de las tasas bajas ha pasado al olvido y el riesgo país de los emergentes se ha disparado. Un dólar robustecido se asoma en el mundo, acompañado por un repunte en el precio del crudo. A los errores propios, Mauricio Macri debe sumarles una especie de conspiración galáctica contra su administración.
A tono con la política económica que quiso imponer y que no resultó, Casa Rosada ha debido arriar gradualmente sus banderas de cambio. Allá lejos quedaron las promesas de terminar con el impuesto a las ganancias sobre los salarios y derogar las retenciones a las exportaciones agropecuarias. Por el contrario, el ministro Nicolás Dujovne acaba de anunciar que estos derechos se mantendrán en los actuales niveles y que, inclusive, se rebajará un 65% los reintegros a las exportaciones industriales, empeorando la rentabilidad de los exportadores.
Son todas medidas que impactan sobre la propia base electoral del gobierno, cansada ya de esperar por el segundo semestre. Ahora bajo la atenta supervisión del FMI, Dujovne debe hacer lo que convenía hacerlo en un principio y que, por un gran error de cálculo político, no se hizo. Inesperadamente Cambiemos reprueba en economía, la materia que todos suponían que manejaría de taquito.
La crisis también debilita el apoyo territorial del que goza Macri en el interior del país. El anuncio de la cancelación del fondo sojero, instituido in extremis por su antecesora, pega de lleno en las finanzas municipales antes que en las provinciales. Son las clases medias urbanas, precisamente, quienes le dieron los votos necesarios para derrotar a Daniel Scioli. Las ciudades, huelga recordarlo, constituyen el hábitat natural de estos electores y los intendentes ofuscados suelen trasladarles sus lamentos cuando no les dan lo que esperan.
En Córdoba esto es particularmente visible. De los 600 millones que recibían sus localidades por la aplicación de este fondo al menos la mitad correspondía a la ciudad capital, es decir, a Ramón Javier Mestre. El intendente es un aliado del presidente y un opositor tenaz -aunque este sesgo sea de reciente factura- del gobernador Juan Schiaretti. La medida lo golpea en medio de una disputa privada con el Centro Cívico.
En este sentido, la concatenación de novedades es sorprendente. Dujovne se vuelve más draconiano en el preciso momento en que la Legislatura cordobesa se apresta a aprobar un pacto fiscal suscripto por el gobierno con los municipios. Este acuerdo, como se sabe, transfiere una mayor cantidad de fondos a cambio de desistir juicios iniciados contra la Provincia, la mayoría de los cuales fueron iniciados por intendentes radicales por reclamos sobre montos coparticipables. El ideólogo de aquellas demandas fue, precisamente, Ramón Mestre.
La liga de intendentes que imaginó el titular del Palacio 6 de Julio duró lo que Schiaretti tardó en proponerles un arreglo. Con la legitimidad de haber cosechado la firma de la enorme mayoría de los municipios, el pacto tiene un pronóstico ampliamente favorable en la Unicameral. Hasta es posible que el previsible pataleo del mestrismo no pase de un puñado de abstenciones, con lo cual tampoco podrá escucharse un debate liminar sobre la naturaleza del federalismo cordobés.
A decir verdad, a ningún legislador cambiemita le convendrá profundizar en este tipo de polémicas. Es un hecho que, el mismo momento en que un gobernador peronista garantiza más dinero a las ciudades que administra la coalición, el presidente del palo les quita los ingresos del Fondo Sojero. No es una coyuntura particularmente propicia para la denuncia, mucho menos para articular un frente unido en contra de los “atropellos” de Schiaretti.
Sería pretencioso afirmar que el propósito del Panal es blindar a los municipios de las turbulencias que, inexorablemente, habrán de venir, pero es probable que exista una intención de evitar que se produzcan recriminaciones en contra del Centro Cívico por imprevisión o indolencia frente al escenario nacional. El mensaje subyacente no da lugar a dudas: falta del Fondo, bueno es el Pacto. Si hay que ajustarse el cinturón, pues que las explicaciones provengan desde Balcarce 50.
La Provincia tiene, claro está, sus propias preocupaciones. El ministro Osvaldo Giordano reconoció que la recaudación de impuestos propios cayó por primera vez en mucho tiempo, atribuyendo el fenómeno ala desaceleración económica general. Esto podría hacer pensar que el guadañazo mediterráneo no tardará en venir, aunque las señales indiquen que no serán los gobiernos locales la variable de ajuste, como así tampoco la obra pública actualmente en marcha.
Esto no es una coincidencia. Schiaretti tiene muy en claro su futuro inmediato, que no es otro que la reelección. Para lograrlo descansa en dos pilares: la obra pública y la paz social. Ambas necesitan fondos, pero su abordaje es diferente. Así, mientras que la primera requiere de una insobornable vocación gerencial (debe materializarse antes de las elecciones), la segunda necesita del concurso de múltiples actores, entre los que se cuentan los intendentes. Mantener el frente político bajo control es una condición necesaria, aunque no suficiente, para obtener el premio mayor.
La imagen, en todo caso, sigue contrastando. Por un lado, un gobierno federal que trata de sobrellevar el día a día, como un jornalero con dificultades para llegar a fin de mes; por el otro, una administración provincial que no da señales de abandonar sus políticas pese a las dificultades. Puede que, en el caso cordobés, exista una bomba de tiempo -hasta hoy desconocida- que sepulte toda esta previsibilidad, pero no hay mucha noticia de semejante contingencia. Los pronósticos de sobreendeudamiento que, periódicamente, vocea la oposición no ha producido, por el momento, mayores zozobras y, justo es decirlo, cualquier dificultad podría ser relativizada frente a la precariedad de las variables nacionales.



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