Dura más

Para hoy se anuncia que Dave Grohl, exbaterista de Nirvana y actual líder de Foo Fighters, subirá a las plataformas de streaming una canción de 23 minutos, grabada en vivo y en la que él ejecuta todos los instrumentos, a la manera de los más encumbrados músicos del rock progresivo.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

En tiempos de experimentación creciente, el rock cambió de raíz algunos de los preceptos con los que se había instalado como expresión juvenil entre los años cincuenta y sesenta. A diferencia de la música clásica y de otras obras eruditas, que se extendían en su duración y demandaban del público una atención prolongada, el roncanrol consagró el formato de las canciones breves y contundentes, destinadas más que nada al baile y a contagiar el entusiasmo de vivir a pleno el presente. La simpleza y la efectividad eran las cualidades más valoradas por las nuevas generaciones, que marcaban así sus diferencias con respecto a los adultos.
Este panorama se mantuvo estable durante unos diez años, hasta que en la segunda mitad de la década del sesenta, con la psicodelia sacudiendo las cabezas de los músicos y con el atractivo de las prestaciones que ofrecían los teclados más modernos, las composiciones se fueron complejizando cada vez más y el rock abrazó aspiraciones de reconocimiento entre las elites de la cultura, a las que antes despreciaba. Cuando en 1968, los Beatles incluyeron en su Álbum Blanco el tema “Revolution 9”, que duraba casi ocho minutos y medio y consistía en una sucesión de ruidos varios, la manía de experimentar se expandió y no hubo forma de pararla.
En un movimiento que la llevaba a retroceder sobre sus propios pasos, la vanguardia rockera produjo discos con temas larguísimos, que a veces ocupaban todo un lado de un long play y que en otras ocasiones requerían de un álbum doble (y hasta triple) para dar soporte al rapto de inspiración de los artistas. Considerados poco menos que genios, estos creadores miraban desde las alturas a los músicos que persistían en los viejos patrones de brevedad y contundencia, sin más aspiraciones que las de entretener a su público.
Hasta que a mediados de la década del setenta llegó el punk y derribó el castillo de naipes construido por el rock progresivo. Los chicos de crestas y alfileres de gancho clamaron por volver a las raíces y pusieron en ridículo a esa casta de intelectuales que había querido tomar el control para llevar las cosas a un punto de evolución más elevado. Las canciones volvieron a reducir su duración y recuperaron la fuerza de antaño. Y la movida se revivificó, en un empujón anímico que en los años ochenta traería como resultado la entronización del pop en el podio de los sonidos contemporáneos.
Antes de que la electrónica y el hip hop coparan la parada, estalló a comienzos de los noventa un estilo que a la postre resultó fugaz, aunque muy influyente. Con claras influencias de la punkitud por entonces no tan lejana, el grunge representó el último gran grito de la furia rocanrolera, que tuvo su epicentro en el noroeste de Estados Unidos y que albergó a bandas de fuste, como Nirvana, Pearl Jam o Soundgarden. Del legado de esa camada, persisten algunos brotes, como los que encabeza Dave Grohl, exbaterista de Nirvana y mentor de Foo Fighters.
Pero las últimas novedades conocidas sobre este referente del rock de los últimos 30 años, lo muestran en un viraje que empieza a alejarlo del nihilismo punk. Para hoy se anuncia que subirá a las plataformas de streaming una canción de 23 minutos, grabada en vivo y en la que él ejecuta todos los instrumentos. La pieza se llama “Play” y tendrá su correspondiente reflejo fílmico en un documental, donde se verá a Grohl interpretando su obra. La paradoja ubica a uno de los sobrevivientes del grunge como el encargado de cumplir un sueño digno de los más encumbrados multiinstrumentistas del rock progresivo.



Dejar respuesta