La fábrica de pesadillas

Tras haber sido internada por una sobredosis, la cantante y actriz Demi Lovato se comunicó esta semana con sus fans a través de las redes sociales, para prometerles que seguirá luchando contra una adicción que la acecha desde que tenía 17 años, cuando trabajaba para la compañía Disney.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Cuando algún famoso cae en el infierno de las adicciones, se empiezan a buscar tramas familiares perversas que pudieran haber llevado a la estrella a esa tan temida situación de vulnerabilidad. Las revistas del corazón indagan hasta el más íntimo detalle la privacidad del ídolo, en una cruzada que los lleva a saber tanto o más que los médicos y los investigadores policiales. Estas minucias son expuestas públicamente, sin miramientos, y la celebridad a la que se pretende salvar de un destino trágico termina puesta en evidencia y humillada a más no poder en la precariedad de su estado.
El esfuerzo que conlleva desentrañar la trama de relaciones cercanas que dejaron a esa figura en un estado crítico, es desproporcionado con respecto al interés que demuestran en averiguar cuáles eran las presiones laborales a las que se sometía al artista y cuánto influyeron esos condicionamientos en su recaída. Es evidente que el complejo mediático forma parte del negocio del entretenimiento y que no se quiere someter a ese imperio a las inclemencias del fuego amigo, porque si no, no hay manera de entender por qué se soslaya un factor tan importante en la evolución de estos casos.
La serie de Netflix sobre Luis Miguel tuvo la particularidad de exponer estas cosas con crudeza y saña, aunque se cuidó de limitar bastante la exhibición de conductas adictivas por parte del protagonista. Y, en realidad, allí se descargan las culpas sobre un padre despiadado, cuando en realidad Luis Rey fue sólo el eslabón más cercano de una cadena de sometimientos. Los mánagers y los sellos musicales parecen tímidas ovejitas al lado de ese ogro paterno que, en su ambición, no trepida en suministrarle drogas a su hijo adolescente, para que sea capaz de aguantar el trajín al que se lo sometía.
Sin embargo, en la mayoría de las situaciones se da una acción conjunta que puede incluir a algún miembro influyente de la familia, pero que en realidad tiene como beneficiaria a una industria que, si una “pieza” comienza a fallar, sabe que puede reemplazarla por otra. Es esa maquinaria la que requiere de una mano de obra dócil y dispuesta a dejarlo todo en pos de la fama. Y, lamentablemente, algunas veces los astros dejan la vida en ese ascenso perpetuo que no les da tregua y que limita sus libertades hasta mantenerlos cautivos en verdaderas cárceles de lujo.
La compañía Disney tiene, en este aspecto, un prontuario muy difícil de disimular, donde aparecen varios puntos oscuros de los que preferiría desentenderse, aunque cada vez resulte más complicado adjudicarle la responsabilidad al azar. No alcanzan los dedos de la mano para contar las víctimas de esa picadora de carne que, al ser eyectadas del paraíso, se vuelcan a estímulos artificiales que las ayuden a salir del pozo. Y, como no podía ser de otra manera, esto lo único que hace es hundirlos todavía más, sin que Disney se haga cargo de la parte que le corresponde en el entuerto.
Tras haber sido internada por una sobredosis el 24 de julio, la cantante y actriz Demi Lovato se comunicó esta semana con sus fans a través de las redes sociales, para prometerles que seguirá luchando contra una adicción que la acecha desde que tenía 17 años. ¿Y dónde estaba ella en ese momento? En Disney, por supuesto, a punto de llegar a esa edad en que la empresa que entretiene a los niños descarta a quienes ya no le sirven para cautivar a ese público. Una historia que se repite, sin que haga falta que haya un Luis Rey en el rol del padre malvado.



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