Empujando contra la historia

Cuando pase la polvareda por el tema de la legalización del aborto, deberíamos prestarle atención a los que no sólo no quieren ampliar derechos, sino que también quieren cercenarlos.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

El debate por la legalización del aborto destapó aquellas cosas de una Argentina que no queremos ver. Pese a los cálculos que hacen los legisladores antes de definir una postura, ciertas declaraciones son una señal de que -aunque pase el tiempo- algunas cosas se resisten a cambiar.
Aunque la sanción de la ley es simplemente una cuestión de tiempo (porque la demografía está del lado de la renovación poblacional) muchos pretenden forzar al grueso de la población a vivir una vida que no quiere. Pretenden la imposición unidireccional de una forma de ver el mundo que cada vez puede alojar a menos personas en su seno.
El tema del aborto atraviesa transversalmente a todo el arco político. Los partidos han exhibido que la diversidad de posturas en su interior hace que sea imposible establecer una correspondencia rígida entre su posición frente a la interrupción del embarazo y su identidad política.
Lo que debe preocupar, sin embargo, son los discursos que se escucharon en boca de ciertos personajes públicos. Pese a que sólo representan a un sector minoritario de la sociedad, a esta altura de la historia hay cuestiones que no deberían escucharse por fuera del ámbito privado. No todas las opiniones valen lo mismo, lisa y llanamente porque hay ciertos acuerdos básicos a los que se ha llegado con el tiempo y sobre los que no se puede discutir un retroceso. Derechos otorgados y ejercidos son derechos adquiridos.
Así, en el último tiempo, tuvimos que escuchar una diátriba contra la anticoncepción desde los que piden educación sexual para no legalizar el aborto. Como aquel profesor de química que le dice a sus alumnos que “el mejor remedio contra el VIH es el nitrato, el nitrato de ponerla”. Sin dudas, una garantía para evitar embarazos no deseados.
Por otro lado, lo que inicialmente pareció un desliz de un diputado fue refrendado por el ex vicedecano de la Facultad de Derecho Manuel Cornet, cuando planteó una especie de superioridad moral de la última dictadura militar que prefería robar bebés en lugar de asesinarlos. Además de faltar a la verdad, comparar una decisión voluntaria e individual de la mujer con un avasallamiento aberrante sobre los derechos y libertades individuales no tiene gollete.
Defender las dos vidas desde el mismo lado de los que la negaron sistemáticamente es una contradicción que, en el fondo, no sorprende a nadie. Es difícil entender que se pronuncien de esa manera cuando ya no deben quedar dudas de que (al menos en lo que respecta al derecho a la vida) ninguno de los que en aquel entonces eligió el camino de las armas estaba en lo correcto.
Finalmente, la desafortunada declaración del hermano de uno de los peronistas racionales que suena como un candidato para pelearle la elección a Macri el año que viene. Rodolfo Urtubey llegó a plantear que se debería establecer alguna tipología de violación, como si el uso de violencia física cambiara el hecho de que no se respeta la voluntad de la mujer.
Según Urtubey, en los casos de abuso intrafamiliar existiría una especie de zona gris, en la que la ausencia de consentimiento no implica violencia. Al parecer, en Salta el abuso entre parientes no constituye por sí mismo un delito. Una sorpresa las cosas que aprendemos en un debate parlamentario, toda una explicación a la endogamia aristocrática que los nuclea, lo que lo lleva a hacer esas declaraciones propias de hijo de primos.
A esta altura, la inevitabilidad futura del reconocimiento del derecho a la interrupción voluntaria del embarazo no alcanza a sembrar optimismo cuando no se han escuchado verdaderos argumentos desde los que se oponen. Hay un punto en el que el rechazo al proyecto constituye en sí misma una declaración de identidad, sin necesidad de sustento argumentativo ni empírico real.
No importan tanto el resultado ni si el grueso del debate fue enriquecedor. Al final, debería importar que todavía hay gente capaz de poner en cuestión elementos básicos de la igualdad entre el hombre y la mujer, de la ciencia como argumento en la prevención de enfermedades y de los derechos humanos como garantía de convivencia adulta, madura y democrática.



2 Comentarios

  1. “No todas las opiniones valen lo mismo”, dice el “democrático” y “calificado” escriba. O lo que es lo mismo pensar en que justifica el “delito de opinión”. O la superioridad de la opinión según el status social o la élite de pertenencia. O el desprecio por el provincianismo y sus habitantes. Sobre todo si se trata de las provincias norteñas, una especie parecida (muy) al Civilización y Barbarie de Sarmiento. Típico del converso habitante de las ciudades capitales de provincias mediterráneas mas vinculadas al puerto absorvente.
    Elige admirar a la decadente Europa,plagada de socialdemocracia y darle la espalda a la Iberoamérica que alientaq su propio futuro independiente.

  2. Oiga Boher, es Ud. un hombre inteligente y le he leído buenos artículos pero cuando le empuja nada más que la ideología le salen artículos cómo este. Toda la verdad, su verdad, de un lado, el resto todos equivocados. Diga lisa y llanamente que el aborto es bueno para la sociedad y listo, no busque indirectas.

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