Flybondi gana la batalla cultural

Aunque la excusa fue la eliminación de un piso tarifario mínimo por parte del Ministerio de Transportes de la Nación, la realidad es que la agresiva oferta de pasajes aéreos que se observa desde finales de julio obedece a una única explicación: Flybondi.

Por Pablo Esteban Dávila

Aunque la excusa fue la eliminación de un piso tarifario mínimo por parte del Ministerio de Transportes de la Nación, la realidad es que la agresiva oferta de pasajes aéreos que se observa desde finales de julio obedece a una única explicación: Flybondi.
No hay otra razón más que esa. Ni Aerolíneas Argentinas ni Latam lo reconocerán abiertamente, pero es un hecho que la primera lowcostdel país les ha corrido el arco. A pesar de su mala prensa y de sus innegables inconvenientes, Flybondi rompió el paradigma de que volar es caro. Es una realidad difícil de aceptar para los jugadores establecidos.
Antonio Gramsci escribió hace mucho que “una verdadera crisis histórica ocurre cuando hay algo que está muriendo, pero no termina de morir y al mismo tiempo hay algo que está naciendo, pero tampoco termina de nacer”. Esto es lo que ocurre hoy en el mercado aerocomercial. Empresas que prosperaron al amparo de fuertes regulaciones económicas y que mantuvieron relaciones de amor y odio con sus sindicatos (una tensión que colaboró a la extorsión común hacia el Estado) advierten que su negocio tradicional se encuentra en crisis. Muchos de sus pasajeros no dudan en abandonarlas tan pronto como aparece un mejor postor. Descubren, con desazón, que el mejor programa de fidelización es un pasaje barato.
Esto es lo que ofrece Flybondi, sin medias tintas. Precios decididamente ridículos, que transforman el viaje en taxi al aeropuerto en un verdadero despilfarro. Es cierto que, a cambio de tanta munificencia, sus pasajeros deben soportar cierta dosis de escarnios, tales como demoras en sus vuelos, cancelaciones o, más estructuralmente, el hecho utilizar al aeropuerto de El Palomar para traslados hacia y desde Buenos Aires. No obstante -y debido a que, al fin y al cabo, el valor es un concepto relativo-hay mucha gente que está dispuesta a aceptar esas molestias con tal de esquivarle al otrora inevitable colectivo.
Lo notorio de esta crisis de paradigma es que, mirada con alguna distancia, no deja de ser un juego de suma positiva, en el que todos ganan. Todo indica que la guerra de precios a la que se asiste está agrandando el mercado, sumando a pasajeros que, tradicionalmente, no hubieran elegido al avión como medio de transporte. Flybondi, por ejemplo, se ufana de haber permitido que alrededor de 60.000 personas viajaran en avión por primera vez en su vida, casi un 20% del total transportado a la fecha. Son clientes nuevos, legítimos, que no fueron robados de otras compañías.
No hay dudas que la torta está creciendo. A diferencia de lo que ocurre con otros sectores de la economía, el aerocomercial goza de una particular lozanía gracias a la nueva política de precios. Según fuentes especializadas, Aerolíneas Argentinas logró 120.000 reservas en apenas 24 horas con su reciente oferta de vuelos a $499 el tramo, en tanto que LATAM sumó más de 30.000 pasajeros con similares tarifas. Flybondi, por su parte y en el mismo período, vendió 11.646 pasajes desde $199 el tramo y 24.981 con la promoción “muleta” a $249. Son noticias alentadoras, que transforman a la mentada “Revolución de los Aviones” del gobierno nacional en una realidad concreta.
Las expectativas no deberían agotarse en estos días locos. La Argentina es uno de los países de América Latina que menos utiliza el transporte aéreo. Menos del 10% de sus habitantes lo hace alguna vez en el año, pese a que sus casi 3 millones de kilómetros cuadrados aconsejarían privilegiarlo por sobre cualquier otra opción. El avión es seguro, tiene menor impacto ambiental que el colectivo o que el auto particular y permite ahorrar mucho tiempo.Si, hasta el momento, no se lo ha usado conforme nuestra realidad geográfica, es porque siempre fue caro.
Los nuevos aviones son mucho más eficientes de lo que lo eran hace apenas 20 años atrás, y sus motores, aviónica y sistemas de navegaciónha permitido niveles de confiabilidad extraordinarios. La industria de la aviación entrega productos de enorme calidad y con costos decrecientes, orientados a la rentabilidad de las compañías aéreas y sin caer en dispendios astentaciones tecnológicas, tales como lo fue el Concorde supersónico. Solo hay que leer correctamente las tendencias de la tecnología aeronáutica para aprovecharse de sus beneficios.
Durante demasiado tiempo la Argentina estuvo fuera de estas posibilidades. Su política aerocomercial estuvo históricamente atada a la suerte de su aerolínea de bandera, lo cual impidióla expansión del mercado ycondenó a mucha gente al destino del transporte terrestre.Para agravar las cosas, lalimitación fue aceptada como un mal necesario por sus escasos competidores y alentada estentóreamente desde el Estado, tradicional juez y parte en el sector.
Afortunadamente, esto está llegando a su fin. Quienes prueban el avión por primera vez ya no quieren volver a viajar en otra cosa. Será difícil (y sería catastrófico que efectivamente sucediese) que los dirigentes sindicales logren retrotraer lo que está sucediendo bajo el pretexto de la precarización de sus condiciones laborales. Así como el modelo lowcost amplía el mercado, también lo hace con los trabajadores vinculados al negocio aerocomercial.Los profetas del estatus quo deberían reparar en este detalle.
Es un hecho que Flybondi ha ganado la batalla cultural. Ha pagado, por cierto, el precio del pionero. Y lo seguirá haciendo. Pero, al revés de sus competidoras, ella no tiene sino un único camino por recorrer: el de ofrecer siempre la alternativa más económica. Son las otras empresas las que deben adaptarse a este nuevo escenario, muy diferente al que estaban acostumbradas. El guerrillero ha obligado a los regimientos regulares a luchar en su propio territorio, en donde se siente cómodo y para el que se ha preparado convenientemente.Y, cuando esto ocurre, el pronóstico es de un enfrentamiento encarnizado.
¿Hay que lamentarse por algo? En absoluto. Todo esto es beneficioso para los ciudadanos. La competencia lo es. Es una lección interesante para un país todavía acostumbrado a grotescas regulaciones y a la tutela permanente de un Estado especializado en pulverizar la creatividad de sus emprendedores.