La condiciones que aceptamos

Está a pleno la polémica por una medida que adoptaron en conjunto las plataformas de streaming (Spotify, Apple Music y Youtube) junto a la red social Facebook, al eliminar los contenidos producidos por el periodista estadounidense Alex Jones, un conspiracionista ultramontano.



Por J.C. Maraddón
[email protected]

Hasta no hace mucho, estábamos acostumbrados a que la mayoría de las jurisdicciones se ajustaban a fronteras y límites geográficos, que separaban no sólo a países, estados o provincias, sino también muchas veces, a normas que regulaban la conducta humana. Algo que era absolutamente legal en un lugar, podía no serlo en otro. Y bastaba con conocer en detalle esas reglamentaciones para evitar un disgusto que nos llevara va cometer un delito, sin saber que lo estábamos haciendo. Viajar obligaba a admitir las normativas que regían en el lugar de destino y, sobre todo, comprometerse a respetarlas más allá de cualquier circunstancia. Novelas, películas y series famosas del siglo veinte tenían como eje argumental algún equívoco relacionado al desconocimiento de las leyes vigentes en un determinado país, por parte de un ciudadano extranjero o de alguien que regresa después de mucho tiempo a su región de origen, sin actualizarse sobre los cambios que puedan haber afectado a los usos y costumbres locales. Penurias diversas acechaban el destino de estos viajeros que arribaban a lugares exóticos y se veían amenazados por preceptos morales que desconocían y que, de repente, les eran impuestos, son pena de ir a parar a la cárcel o, lo que es peor, ser condenados a muerte. En la actualidad, todavía son noticia los extranjeros que, debido a este tipo de desconocimientos, permanecen en prisión en países alejados de su lugar de origen y que esperan algún salvoconducto para demostrar que el delito cometido se originó en un malentendido. Las dificultades idiomáticas suelen ser el caldo de cultivo de estos cautiverios, que en el mejor de los casos pueden terminar con la expulsión del intruso, y en el peor pueden culminar con una condena sin apelaciones ni atenuantes, lo que deja al acusado sumido en una precariedad penosa. Pero, en el presente, proliferan entes supranacionales que han optado por autorregularse todo lo que puedan y que buscan escapar de las jurisdicciones nacionales, bajo la excusa de que un cuerpo legal tan acotado geográficamente no puede imponerse, por ejemplo, sobre una plataforma virtual que abarca el planeta entero con su servicio. Y si nosotros queremos convertirnos en sus usuarios, se nos obliga a aceptar un pliego de condiciones que generalmente no leemos y que, en la mayoría de las ocasiones, nos resta más derechos de los que nos otorga, en tanto sitúa al poder concedente en una situación de notorio privilegio. Por estos días, está a pleno la polémica por una medida que adoptaron en conjunto las plataformas de streaming (Spotify, Apple Music y Youtube) junto a la red social Facebook, al eliminar los contenidos producidos por el periodista estadounidense Alex Jones, un conspiracionista ultramontano acusado de antisemitismo y racismo. Las razones de la medida se fundan en el “lenguaje deshumanizante” que utiliza Jones “para describir a las personas que son transgénero, musulmanes e inmigrantes, lo que viola nuestras políticas de discurso de odio”. Y se lo acusa de publicar noticias falsas que acarrean consecuencias nefastas para la sociedad. Por supuesto, no caben dudas de que “The Alex Jones Show” debe presentar material lo suficientemente indigerible para concitar la condena unánime de los principales tanques de la web. El peligro es la autoridad que les delegamos para que sean esas firmas las que determinen lo que debemos escuchar o ver; para que sean ellas las responsables de censurar contenidos. Porque esto que le ha sucedido al fanático predicador de ideas fascistoides, también le ocurrió a fotógrafos que publican obras con desnudos o a cantantes con letras explícitas. Y es allí donde surgen las dudas acerca de cuán lejos puede llegar este condicionamiento que aceptamos con una simple tilde.



Dejar respuesta