Mujeres ideales recluidas en un jardín

La idealización poética de jóvenes cordobesas era el tema de una sección en un semanario de 1888, donde se derramaban mieles y otras blandas metáforas que asfixiaban el ser femenino real.

Por Víctor Ramés
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Ilustración de Les Modes parisiennes: “El jardín de rosas”, 1886.

El estereotipo femenino que proyectaba sobre las mujeres la sociedad tenía el peso de un molde. Hasta las propias y recónditas emociones les fueron definidas y etiquetadas por las reglas supremas patriarcales. Por eso mismo, el ser femenino de cada época puede encontrarse expresado en la literatura y en la prensa circundante, como carteles que advertían y publicaban a los cuatro vientos los deberes, las virtudes, las discreciones apropiadas para las “damas y damitas”.
El semanario cordobés El Destello ofrecía abundante agua para regar ese estereotipo, en su sección “Jardín Cordobés”, que se concentraba en las jóvenes contemporáneas de 1888. Allí abundaban las frases altisonantes que coronaban a las “flores” de ese jardín, todas tácitamente niñas de la “buena sociedad” a quienes se dedicaban párrafos. Estos textos, semana a semana, parecían seguir el modelo de las frases que se escribían en los álbumes de señoritas, objeto que tuvo difusión intercontinental desde el primer cuarto hasta aproximadamente fines de siglo. Se trataba de realzar las dotes de las jóvenes cordobesas, mediante un lenguaje florido, pleno de metáforas a veces irresponsables y de lugares comunes, galante siempre y panegírico como un discurso de bodas.
Es interesante señalar que en torno a la sección “Jardín Cordobés” había muchas notas del Destello motivadas por la mujer, las mujeres, lo femenino, las jóvenes, ya fuesen reales, imaginarias, poetizadas, o suspiradas. Era un semanario que pretendía llegar a un amplio espectro, y que evidentemente incluía a las mujeres como lectoras de quienes se esperaba obtener una buena suscripción.
Yendo a los textos, he aquí las mieles que derrama el “Jardín Cordobés” del 6 de mayo de 1888 sobre sus destinatarias del domingo: las señoritas Aurora Carranza y Joaquina Santamaría. De la primera decía:
“Es un sueño de amor en medio de la realidad palpitante de la vida. En su mirada dulce y tranquila se lee en caracteres indecibles un poema de sentimiento y de cariño. Hay en su alma una nota misteriosa que preludia esa vaga armonía de los seres predilectos de Dios y sobre cuya cabeza flota como una aureola de luz, la bendición divina.
Si ama alguna vez, su cariño será un himno eterno que endulzará la vida del mortal que lo cautive, llevando a su alma el acorde de la felicidad como la dulce sensitiva lleva la frescura y el aroma que despide sobre la tumba que custodia.”
Lo puro y angélico, y aun metáforas mortuorias, promueve en el autor del texto la joven Carranza. Para ahondar en las imágenes del cronista, va la siguiente flor local, Joaquina Santamaría:
“Es la hija de un rayo de sol que al besar una flor con su caricia pálida mezcló en un instante de cariño infinito la luz y el aroma, como un beso ideal de sus púdicos amores.
Su voz es una nota peremne de cadencia y de armonía y sus formas algo como la transformación sicológica de la materia en una alegría eterna -a tal punto que puede decirse de ella, que es a un mismo tiempo ruiseñor y gacela.” Los adjetivos sensuales, lo púdico, y de pronto también la silueta de la joven se transmuta por zoomorfismo doran la píldora de Joaquina.
El domingo 13 de mayo, El Destello trae en su jardín galanterías para las chicas Catalina Bustos y Celia Luque, beldades de la época. Dice sobre la primera:
“Es un ángel que ha descendido hasta la tierra para robar su retrato imperfecto aun, a las vírgenes de Rafael o Murillo.
Es rubia como la Hebe griega, hermosa como la deidad gentil que arrulla nuestros sueños infantiles, lánguida soñadora y poética como las visiones que se miran en el delirio de la felicidad.
La nota íntima de su alma se refleja en su mirada que encierra la dulzura y la voluptuosidad a un tiempo, es decir un pedazo de sol y un girón de cielo.”
El zalamero acude a la pintura clásica, a la mitología, y por supuesto a su imaginario propio, que proyecta impresiones sensibles y eróticas sobre su objeto. Y luego se ocupa de Celia Luque del siguiente modo:
“Es una flor que al abrir sus pétalos a la luz del sol, lleva en su cáliz el perfume de la inocencia, el aroma del candor; es que el alma tiene también su símil con la esencia de las flores cuando es inmaculada y pura como la de Celia.
En su mirada brilla peremne un rayo de virtud, un destello de cándida hermosura que transporta y enajena.”
Son extremos de la idealización: la persona es desplazada hacia otra identidad hecha de flor, de rayo, de pureza, candor e inocencia. Y hay más de eso, el 27 de mayo, en que aparecen en el Jardín Adelaida Caraffa y Clara Rosa Pizarro. Sobre Adelaida:
“Es la deidad gentil que en las horas de desencanto fugaz, de olvidos pasajeros, lleva al ala la nota divida de los gratos recuerdos, de las emociones dulces. Hermosa, tímida y pura, es el encanto de un hogar feliz que ve realizado en ella el ideal de su dicha.
Es un ángel que ha venido al mundo para traer la felicidad, para enjugar una lágrima con el paño bendito de su ternura y de su cariño.
(…)
Mujer o ángel, es Adelaida la realización ideal de cada uno y el conjunto de los dos”.
En ese retrato, la mujer parece disputar en alguna medida la comparación angélica en que recae el poético redactor, y con que la que constantemente construye sus ideales. Es el turno de la otra flor cordobesa de entonces, la señorita Clara Rosa Pizarro.
“Es apenas una niña No ha visto quince veces ponerse el sol del año nuevo, ni ha coronado tanto tiempo su frente virginal con los azahares y jazmines del estío.
Es una flor que recién empieza a abrir sus pétalos en el Jardín Cordobés, reuniendo en conjunto la frescura de la rosa, la suavidad del jazmín y la dulzura de la humilde y púdica sensitiva.
(…)
El Destello no pinta a Clara Rosa; entrega únicamente un perfil a sus lectoras, seguro de que solo la imaginación puede pintar su belleza y sus virtudes.”
Hay más material en El Destello, pero viendo cómo ya se repite el escriba con sus alegorías florales, olfativas, lumínicas, deíficas y virginales, basta lo transcripto para muestra de que las mujeres reales no eran el tema del “Jardín Cordobés”.



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