Contra la abducción

Para restablecer el vínculo entre el Mayo Francés y las expresiones artísticas urbanas, París ha sido escenario en las últimas semanas de una puesta en escena del famoso grafitero Banksy, un artista que se obstina en resguardar su identidad y que opera siempre de manera provocativa.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Hace 50 años, las calles de la ciudad de París hervían de grafitis, en los que la juventud expresaba su rebeldía, que se había manifestado principalmente en las calles en mayo de 1968 con una serie de protestas que tuvieron en vilo a la nación. Eran tiempos de cambios y muchos pensaban que, si no se lograban por las buenas, había que forzarlos de manera violenta. Los que se sumaron a las barricadas, animados por ideologías revolucionarias, tal vez se sintieron desilusionados cuando, a las pocas semanas, la situación del país volvió a la normalidad y todo fue como era entonces.
Sin embargo, aunque el sistema permaneció incólume y ninguna opción radicalizada siquiera se aproximó a las esferas de poder, donde sí se verificó una renovación profunda fue en el ámbito de la cultura, que experimentó un sacudón como hacía tiempo no ocurría. El fermento de la eclosión rockera ya había abierto cabezas desde comienzos de la década del sesenta. Y hacia el final de ese decenio, los jóvenes del mundo estaban listos para asumir el timón de las nuevas tendencias, que arrancaban en lo musical y podían terminar en lo literario, lo cinematográfico y todo lo que estuviera vinculado a las artes visuales.
Tal vez donde mayores alteraciones se produjeron fue en los hábitos y las conductas de la gente, que venían de un largo periodo en que rigieron normas y usos estructurados, que encorsetaban a los ciudadanos y coartaban sus libertades hasta anularlas. Mucho de lo que antes estaba prohibido se volvió usual. Desde el largo del pelo hasta la proliferación de zapatillas, pasando por la pastilla anticonceptiva y la defensa del amor libre, fueron enormes y vertiginosos los saltos que se dieron para llegar a un futuro en el que la hipocresía diese paso a un relajamiento de las costumbres.
Pasaron los años y pasaron las modas, pero el grafiti siguió siendo el soporte comunicacional favorito para aquellos que preferían hacerse oír a través de canales alternativos, porque sus propuestas eran rechazadas por los medios convencionales. El movimiento del hip hop, en los Estados Unidos, fue el encargado de canonizar al arte callejero, que ya en los años ochenta comenzó a ser aceptado como una variante de la creación pictórica emparentada con el muralismo. Pero su origen levantisco lo ha dotado, desde entonces, de un carácter revoltoso que se corresponde con la ilegalidad en la que actúan muchos de sus cultores.
Para restablecer ese vínculo entre el Mayo Francés y esta manifestación artística urbana, París ha sido escenario en las últimas semanas de una puesta en escena del famoso grafitero Banksy, un artista que se obstina en resguardar su identidad y que opera siempre de manera provocativa. Con una serie de obras que representan tanto a los inmigrantes, que son los actuales motores de la protesta, como a íconos de aquellos fogosos días de 1968, Banksy enfrenta a los transeúntes parisinos con una realidad que, si bien ha evolucionado, no deja de tener como componentes a la desigualdad y la injusticia.
Desde las redes sociales, esta anónima celebridad ha reivindicado como propia una iniciativa que, en el marco de la marginalidad más absoluta, se ha asociado a la serie de actividades previstas en París para rendir homenaje al cincuentenario de las recordadas protestas obrero-estudiantiles. Parece mentira que, medio siglo después, esta práctica artesanal no haya resignado su potencial subversivo, en un mundo que, desde aquel entonces, se ha ocupado de abducir cualquier movida contestataria, para limarle todas las asperezas y devolverla al circuito bajo la forma de una mercancía que se compr



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