Cláusula de inmortalidad

La noticia de que la compañía Universal Music Group renovó su contrato con los Rolling Stones, resume el conservadurismo de la industria, que prefiere seguir apostando a la decrepitud de las Majestades Satánicas, en vez de ponerle fichas a algún nuevo valor que pueda triunfar en el futuro.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Al referirse a un grupo de ancianos cuyas edades van desde los 71 hasta los 77 años, lo que podría representarse para muchos es una barra de amigos que se juntan a jugar a las cartas para despuntar el vicio. O los integrantes de un taller de un Hogar de Día, donde desarrollan actividades en las que demuestran no haber perdido la vitalidad, a pesar de su edad avanzada. O, finalmente, un club de abuelos donde encuentran esparcimiento aquellos que ya han abandonado hacer rato la etapa más activa de su existencia y que buscan mitigar el aburrimiento mediante reuniones con sus pares.
Más allá de que se han incrementado las expectativas de vida, cualquiera que haya superado los 70 entra ya en una franja que suele no participar de la toma de decisiones ni cumple roles protagónicos en su profesión, sino que se la relega a una permanencia pasiva. Son los jóvenes el foco de la dinámica de la sociedad actual, en tanto que sobre quienes promedian los 40 años recaen las responsabilidades más pesadas. Esta distribución de roles choca con el incremento del número de adultos mayores en una población que (más que nada en Occidente) observa cómo las tasas de natalidad decrecen día a día.
Que haya más viejos y que cada vez sea mayor el porcentaje, entre ellos, de los que gozan de buena salud, empieza a modificar algunas pautas sociales que parecían inamovibles hasta ahora. De hecho, cada vez que se habla de retrasar los topes jubilatorios, se esgrime como justificativo que muchos trabajadores se resisten al retiro porque sienten que todavía tienen mucho para dar (aunque, en nuestro país, lo que perciben los beneficiarios de jubilaciones y pensiones mínimas es tan exiguo que nadie en su sano juicio puede preferir cambiar voluntariamente su salario laboral por tan escasa recompensa).
Y cuando los que arriban a esta instancia son insustituibles, cuesta hacerse a la idea de que esas personas cedan su lugar para que sea ocupado por los aspirantes a sucederlas. En el ámbito del trabajo formal, ese proceso de renovación se rige por leyes. Pero existen otras prácticas en las que no hay nada establecido al respecto; y es allí donde empiezan a producirse fenómenos que no tienen antecedentes. El mercado de la música es un ejemplo de esta tendencia, porque quienes llegan por estos días a la ancianidad son las estrellas que brillaron en los años sesenta y setenta.
En ese contexto, la noticia de que la compañía Universal Music Grpup renovó su contrato con los Rolling Stones, suena a una paradoja. Y a la vez, resume el conservadurismo de la industria, que prefiere seguir apostando a la decrepitud de las Majestades Satánicas, en vez de ponerle fichas a algún nuevo valor que pueda triunfar en el futuro. Porque, si bien el acuerdo incluye el catálogo del grupo desde los comienzos de la década del setenta hasta el presente, también abarca sus producciones futuras, en una proyección que pareciera ocultar dentro del contrato una cláusula de inmortalidad.
Por eso, estamos en presencia de un grupo de ancianos de entre 71 y 77 años que no pertenece a un club de abuelos, que no concurre a un hogar del día ni conforma una barra de amigos que se junta a jugar a las cartas. Por el contrario, estos viejecitos ingleses siguen de gira y mantienen su estatus dentro del jet set internacional, como si el tiempo no hubiera pasado. Los jóvenes de los años sesenta se proponían cambiar el mundo y, en muchos aspectos, algo lograron en ese sentido. Y ahora, a esta altura de su vida, hasta están dispuestos a abolir la decrepitud que los condena.



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