Fernández contra Peña, duelo de estilos

El fin de semana Alberto Fernández se despachó con una tanda de duras críticas contra quien hoy ejerce el cargo más alto que llegara a ocupar, el actual Jefe de Gabinete Marcos Peña.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

La reforma constitucional de 1994 incorporó la figura del Jefe de gabinete con la intención de morigerar el hiper presidencialismo que siempre acució a Argentina. En la mente de los idealistas republicanos brillaba la idea del semi presidencialismo francés, sistema que los ayudó a ordenar el caos político que los preocupaba.
Pero eso no ocurrió. Aquello que surgió con la esperanza de que progresivamente se pudiera convertir en un fusible institucional que que garantizara la tranquilidad y continuidad institucional derivó en un superministro que suele actuar como vocero y fuerza de choque.
Desde ese modelo se hicieron famosos los diversos funcionarios que ocuparon el cargo desde que se incorporó a nuestro esquema institucional. Fue más que secretario, menos que socio, pero parecido al amigo matón que defiende lealmente al que muchas veces se aprovecha de su nobleza.
En la historia reciente de nuestro país se repite un apellido que, aunque la estadística marque que podrían ser varias personas distintas, representa sólo a dos personas que armaron sus red de relaciones y contactos navegando en la barcaza del caronte justicialista, siempre a las puertas del inframundo peronista.
Los Fernández son una pieza ineludible del ciclo inaugurado con Eduardo Duhalde tras la crisis de 2001, ocupando siempre las primeras planas de cuanta negociación política se produjera en los niveles en los que se amasa el poder real.
El fin de semana fue Alberto, el del prolijo bigote de oficinista de los ‘70, el que salió a criticar el rol de Marcos Peña, blanco de la crítica fácil por su inusual forma de ejercer la jefatura de gabinete. El Fernández al que el vulgo señala como el más centrado o moderado de los dos se refirió a la mano derecha de Macri con expresiones muy duras para lo que se acostumbra.
Le entró por donde es habitual, con eso de que parecía un joven interesante, preparado y capaz, pero que demostró no saber nada de política por creer que todo se resuelve con comunicación. Básicamente le duele que Peña no hacer política como se hacía antes, porque no se mete en el barro de la chicana tribunera para los habituales aplaudidores que celebran cualquier comentario para complacer a su ídolo.
Aunque es real que no sólo se sale de una crisis con ideas positivas, Osho y sahumerios, también es real que si tuviésemos un Churchill que nos pidiera “sangre, sudor y lágrimas” sólo encontraría gente dispuesta a darle un “hasta luego y muchas gracias”. Es que la épica del conductor avezado sólo existe cuando se toca fondo, no cuando se traga un poco de agua porque el mar está bravo.
En lo que sí acierta el Fernández, que abandonó el kirchnerismo para irse con Massa, es que hoy la principal oposición al gobierno nacional es… Cristina Fernández de Kirchner. No se equivoca cuando dice que no se puede hacer política sin ella, pero erra por mucho cuando plantea que sólo se puede ganar con ella (salvo que lo piense en términos de que ella no sea la candidata, ni dé su apoyo explícito ni nada por el estilo).
Pese a sus reconocidas dotes de armador político, esta vez la movida alentada por el ex Jefe de Gabinete de Néstor y Cristina no parece ser la más adecuada para derrotar a un Macri que (aunque esté atravesando un mal momento de imagen personal) sigue siendo el más claro exponente de lo que no es la ex presidenta.
En el caso de que la reelección del Jefe de Estado parezca lejana, el Plan B de un Peña presidenciable está en línea con la imagen de sobriedad primermundista que le quieren dar al hacerlo ejercer la función simbólica de Jefe de Gobierno como la pensaron los reformistas del ‘94. Ese estilo es el que hoy hace enojar al Fernández que, con otras formas, también disfrutó la centralidad de la jefatura de gabinete.



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