Tierra descubierta por Jerónimo Lavagna

El título no refiere a un nuevo territorio, sino a un producto bautizado “plastina” por el director del Museo Politécnico Provincial, en 1894. Por sus propiedades, era útil para la escultura y otras aplicaciones industriales.



Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

El Presbítero Jerónimo Lavagna, naturalista y arqueólogo italiano fallecido en Córdoba en 1911.

Un comentario publicado por el diario cordobés La Patria, en 1894, remite a la figura del Presbítero Jerónimo Lavagna, un arqueólogo nacido en Savona, en la Liguria italiana en 1834 y que fallecería en Córdoba en 1911. Entre sus muchos viajes y su dedicación a encontrar restos arqueológicos precolombinos principalmente en Bolivia y en el Noroeste Argentino, específicamente en los Valles Calchaquíes, Lavagna se trasladó a Córdoba en 1886, con rumbo a Buenos Aires. En esa parada, Lavagna ofreció al gobierno de la Provincia de Córdoba las piezas arqueológicas de su colección. El ofrecimiento condujo a la creación en 1887 del Museo Politécnico Provincial, que sería inaugurado en 1889. Al frente de la institución, el Vicegobernador de Córdoba Dr. José Echenique -a cargo del Ejecutivo- nombró al presbítero Lavagna. El apoyo a ese emprendimiento y a Lavagna provinieron de Ramón J. Cárcano, quien ha relatado en su libro En el camino, cuarenta años más tarde del hecho, cómo llegó ante él, entonces ministro de gobierno, Lavagna con los bolsillos austeros aunque serio en sus desvelos por realizar aportes a la ciencia. Cárcano reconstruye las palabras del sacerdote: “Soy un naturalista y he reunido una colección importante de plantas y minerales, que acondicionados en cajones y cueros, irán llegando a esta ciudad. No tengo el menor recurso, ni para pagar mi hospedaje, y se me ha ocurrido ofrecer al gobierno mi colección por lo que pueda abonarme, y si esto no fuera posible, le entregaría en donación para iniciar la formación de un pequeño museo, que atendería y desarrollaría con mi trabajo”.
El Museo fue instalado en la casona que había habitado el gobernador intendente de Córdoba, Marqués de Sobremonte, y las colecciones fueron ordenadas con cierta lógica fortuita: piezas arqueológicas que comprendían desde trozos de cacharros hasta restos humanos, especies botánicas, minerales, monedas, objetos históricos de la más diversa índole e incluso obras de arte. Ese comienzo desordenado sería el antecedente de los museos de ciencias naturales y de artes de la ciudad, el siglo siguiente.
El Museo Politécnico de Córdoba fue dirigido por Lavagna hasta su muerte en 1911, especie de depósito de sus hallazgos, y de los de sus siguientes investigaciones, ya que -indica Adan A. Tauber en su Reseña histórica de las investigaciones paleontológicas- el presbítero “recolectó nuevos materiales paleontológicos en el valle del río Suquía en los alrededores de la ciudad de Córdoba y en el valle de Punilla”.
Sobre lo hecho por Lavagna antes de llegar a Córdoba, se encuentran datos certeros en el trabajo de Irina Podgorny, historiadora de la ciencia: Momias que hablan – Ciencia, colección de cuerpos y experiencias con la vida y la muerte en la década de 1880. Allí se señala que Lavagna fue a fines de los años setenta, párroco de la diócesis de Salta y del Departamento de Cachi; que “había expuesto cuatro vasijas de tierra cocida ‘encontradas en una necrópolis de los indios Calchaquís’ en la sección antropológica de la Exposición Universal de París de 1878”, donde tomó contacto con Florentino Ameghino. También se ve a Lavagna como el viajero por Bolivia que “había amasado una importante colección arqueológica y paleontológica en el paradero icónico de Tarija”, y se cita el hecho de que fuese uno de los destacados “proveedores de cráneos de la Sociedad Antropológica de París”.
Yendo ahora a la cita del artículo cordobés anunciado al inicio de la nota, el de La Patria de 1894, éste se refiere a un producto natural que había sido descubierto por Lavagna en Córdoba, y que formaba parte de las tierras que podían tener aplicación en las artes e industrias, y que podían ver los y las visitantes del museo entonces. El artículo del diario la llama “plastina”. A continuación, la cita prometida:

“Verdaderamente este suelo atesora riquezas que no tardarán en ser utilizadas en las industrias que se desarrollan tan ampliamente en nuestra patria al amparo de leyes liberales y proteccionistas. La provincia de Córdoba es tal vez una de las llamadas a figurar en primera línea por sus producciones naturales. A las infinitas que son ya conocidas, hay que agregar una nueva producción debida al inteligente cuanto infatigable director de nuestro Museo Provincial, el presbítero Lavagna, quien ha descubierto una tierra llamada plastina, que se utiliza por los escultores para hacer bocetos, modelos y cualquier otro objeto que se quiera reproducir. La muestra de esta tierra, entre otros varios productos, ha sido enviada por su descubridor a la capital, y del efecto que ella ha producido entre las personas entendidas en la materia, da cuenta el siguiente párrafo de una carta dirigida por el señor Benigno Acosta al presbítero Lavagna: «en mi poder su apreciable del 17 de pasado y el cajoncito conteniendo las muestras de tierras y minerales que hoy figuran en una de las más lujosas vidrieras de la calle Florida, siendo la admiración de todos, por ser desconocidos estos productos de nuestro suelo, llamados en un día no lejano a ser otras tantas fuentes de riqueza y de grande ayuda para las industrias.
Uno, entre los escultores que han probado la tierra plástica, quiere hacer el ensayo de un busto al natural y me pide le haga venir de 100 a 200 kilos…»
Esta tierra, que he tenido ocasión de ver, es sumamente maleable y se presta a todo trabajo como si fuese cera; su color verde permite que la luz juegue en todas sus partes, no cansa la vista y el artista puede trabajarla cómodamente. Tiene también la propiedad inmejorable de no rajarse aunque la pongan al sol, y una vez seca queda dura y compacta. Con dicha tierra pueden hacerse ladrillos refractarios, revestimientos de hornos y calderas de fundición de minerales, habiéndose solicitado ya de su descubridor una cantidad de 3.000 kilos para utilizarlos en este objeto. Un escultor de esta ciudad, el señor Emilio Pellici, que tiene su taller en la calle Caseros, la utiliza ya para boceto de imágenes y la encuentra tan inmejorable como los similares extranjeros.”



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