Carrionomics, o la revelación de Chanta Lilita

Quizá algún despistado votante, seducido por la imagen que Carrió gusta pintar de sí misma, esperaba que la túnica republicana cubriera algo parecido a la matrona que muestra sus rotundidades republicanas en el óleo de Delacroix, ‘La libertad guiando al pueblo’.



Por Luis Alfredo Ortiz

Elisa María Avelina Carrió (a) Lilita es, como en su momento lo fuera Fernando de la Rúa, un genuino producto de cierta irreflexiva tendencia de la clase media porteña‒desmemoriada y analfabeta en historia‒a enamorarse de pretendidos adalides de la ética venidos desde el interior a la capital. De hecho, en la campaña presidencial de 1999, la locuaz Lilita recorrió el país haciendo campaña a favor de su estólido correligionario cordobés, quien logró imponerse sin otro argumento ni programa que la pretensión de llegar a ser (a fuer de ‘aburrido’) la antítesis del frívolo y corrupto Menem, quien ya había fatigado a un electorado que en algún momento supo festejarlo hasta la complicidad. Como es sabido, el gobierno de De la Rúa, manejado por sus hijos snobs y faranduleros y corruptos, y terminó prematuramente en un monumental fracaso, condimentado con la muerte de más de cuarenta manifestantes.

Seguramente Lilita prefiere no recordar su cuota de responsabilidad en los desaguisados de la alianza delarruísta; en eso no se distingue del resto de la clase política, que cultiva la irresponsabilidad como una de sus características más destacadas. A diferencia del zombi cordobés, que pasó a hibernar en una siesta eterna, Carrió todavía exhibe una prolongada sobrevida política, caracterizada de intransigente vestal de su República imaginaria, que concibe como una deidad en cuyo nombre se puede justificar cualquier mala praxis política.

Quizá algún despistado votante, seducido por la imagen que Carrió gusta pintar de sí misma, esperaba que la túnica republicana cubriera algo parecido a la matrona que muestra sus rotundidades republicanas en el óleo de Delacroix, ‘La libertad guiando al pueblo’. Pero últimamente su logorrea ha comenzado a desnudar a una patética y casi jauretcheana señora gorda, que ofrece una solución voluntarista para nuestros padecimientos económicos. He aquí la vera esencia del ‘Carrionomics’: la recomendación a la clase media de que dé propinas y changas a los necesitados. Así de simple y mágico. Todo en línea con declaraciones anteriores, de tono intimista y pretensión tranquilizadora, como “A mi Juanjo (Aranguren) me dijo que no iba a haber más aumentos de tarifas”. O el asegurarle enfáticamente al televidente que “Créanme que el presidente es el más preocupado de todos por la situación económica”. Palabra de Carrió.

¿Se podía esperar más de Carrió? A juzgar por algunos de sus comentarios “históricos”, la respuesta es una categórica negativa. Valga, como muestra, la siguiente perla que profirió con total impavidez frente al periodista Joaquín Morales Solá: “No entiendo al sociólogo Imaz; en los sesenta escribe ‘Los que mandan’ y en el setenta, como ministro del Interior, lo manda a matar a Aramburu” (sic). Se ve aquí como su irreprimible logorrea la lleva a hablar de lo que no sabe, y a confundir al sociólogo José Luis de Imaz‒que publicó su clásico libro en 1964‒ con el General de División Francisco Antonio Imaz, que en 1970 era Ministro del Interior de Onganía y que, según una hipótesis bastante difundida en su momento, utilizó a los incipientes ‘Montoneros’ para librarse de Aramburu. El uno, un intelectual civil de izquierda; el otro, un general golpista y mafioso. Ni siquiera eran parientes. Para Carrió, son la misma persona. Quedan así demostrados su seriedad y su conocimiento de la historia argentina reciente.

Curiosamente, quien esto escribe no registra que ningún periodista, político, o académico, alertara sobre la barbaridad cometida hace ya un mes largo por la auto designada abanderada de la República. ¿Será ignorancia? ¿Será desinterés? Esto contrasta con la velocidad con que sus correligionarios radicales salieron a cruzarla por alguna insignificante diatriba contra el zigzagueante gobernador Cornejo, otrora hombre de la “transversalidad” kirchnerista y ahora paladín de la ortodoxia partidaria.

Todo parece indicar que Chanta Lilita terminará cocinada en su propio jugo y reducida a la intrascendencia reservada a los inimputables. Hasta la incorregible clase media porteña, que la votó masivamente en 2017, pronto le encontrará substituto en algún nuevo gólem a la medida de su esperpéntica mitología.

 



2 Comentarios

  1. La sociedad que vota a Carrió SABE que NUNCA llegarà a cargos de relevancia institucional, incluso, ella misma lo percibe. A esta altura de la vida politica de Carrió, se la vé mas como FISCAL DESDE LA POLITICA que como dirigente a ser seguida por su “visión de dirigente politica”. Por otra parte, si aparece como abanderada de LA REPUBLICA, serà porque no hay muchos que VALORAN ESA CARACTERISTICA CONSTITUCIONAL. Radicando en ese desconocimiento y para nada casual INDIFERENCIA respecto a las PRACTICAS REPUBLICANAS Y FEDERALES. Pues si hubiera APEGO REPUBLICANO, tendríamos INSTITUCIONES SANAS Y A FAVOR DE LA EVOLUCION SOCIAL y no argumentos para favorecer “coartadas de intereses”, manipuladas por la Justicia, incluida la Corte Suprema. ¿Porqué no festejamos el DIA DE LA CONSTITUCION como lo hacen otros paises? ¿Acaso no se supone que el INSTRUMENTO MAGNO para construir el ESTADO de la Nación Argentina? ¿Tan COLONIZADOS hemos sido por las ideologias de derecha e izquierda que somos indiferentes a NUESTRA IDENTIDAD y casi se desprecia el instrumento fundacional de nuestra sociedad.? Carrió podrà parecer loca, pero tiene ALGO de lucidez, por lo menos en VALORAR LA REPUBLICA como DOCENTE.

  2. Carrió es como el tio borracho de los casamientos. Prestarle atención un rato es muy lindo pero, cuando la fiesta comienza a acabarse (como está pasando con el Pais), nadie sabe qué hacer con él. Hay no poca prensa que debe hacerse cargo del monstruito porque sugestivamente, parecen darse cuenta muy tarde quien es esta impresentable

Dejar respuesta