Un paro general a la medida del kirchnerismo

El paro previsto para hoy promete ser masivo. La amplitud de su convocatoria y el hecho de que los estratégicos gremios del transporte adhieran a su organización garantizan que el país se detendrá al estilo de un gigante mannequin challenge, aquella prueba de inmovilidad colectiva de tanto éxito en redes sociales. Será una expresión de fuerza contundente contra el gobierno que encabeza Mauricio Macri.

Por Pablo Esteban Dávila

Los pretextos de la huelga son variopintos, pero, básicamente, pueden ser circunscriptos a dos principales: la inflación y el acuerdo con el FMI. El desempleo también aparece (es un clásico) pero, a decir verdad, los grandes números no le dan del todo mal a la Casa Rosada en este punto, al menos por ahora.
Como tahúres consumados, los sindicalistas muestran las cartas que más les convienen. Buena parte del sector trabajador sufre, cada vez con mayor aprensión, una inflación que, con mayor o menor ortodoxia, parece un potro sin freno. Pero, al mismo tiempo, ocultan lo que ellos también saben del flagelo, esto es, que sólo remitirá si se consuma de una vez por todas un severo ajuste fiscal.
Como la claque huelguista es también heterogénea, es natural que existan diferentes miradas sobre la crisis económica y sus posibles soluciones. Los “gordos” cegetistas, mucho más próximos al sector privado, necesitan como el aire que sus bases recuperen poder adquisitivo y una recomposición del salario real, en tanto que los gremios vinculados al Estado y sus particulares privilegios laborales requieren, ante todo, que el gobierno no se meta con sus fuentes de trabajo, por más improductivas que sean. A la izquierda, por último, le interesa sólo el conflicto porque, imagina, es en el caos en donde abrevan sus chances de llegar al poder obviando las elecciones y las falsas instituciones de la democracia burguesa.
Es natural que un paro nacional suponga, en el análisis inmediato, que habrá vencedores y vencidos. El perdedor, básicamente, es uno solo, y se trata del gobierno nacional, pero no está claro quiénes serán los ganadores. Es seguro que no habrá uno en soledad y de que varios sectores se disputarán el éxito de la convocatoria.
No obstante el previsible reclamo que sobre la paternidad de la huelga se irrogarán algunos necesita ser tamizado a la luz de la política. El “pollo” Sobrero vivirá un día de esplendor -es innegable- pero no engrosará su raquítica convocatoria electoral (apenas un 4% en 2017). Otro será el cantar para un actor principalísimo de la vida pública argentina, el peronismo.
Más allá de que, en rigor, será el sector obrero el sujeto que protagonizará la jornada, el peronismo se llevará gran parte de los flashes. Sus cuadros legislativos vienen de asestarle un golpe a la Casa Rosada con la aprobación de la ley anti-tarifas y, ahora, sus legiones trabajadoras lo harán en el campo de la protesta económica. El meta mensaje sugeriría que el movimiento está dispuesto a regresar al poder antes de los que se preveía, y que no habrá contemplaciones si el presidente decide intentar la vía reeleccionista.
¿Cuál de sus diferentes versiones se llevará la mayor porción del queso contestatario a desplegarse? Sin dudas que el kirchnerismo. Las huestes de Cristina Fernández han sido siempre opositaras a Macri, aun en sus mejores momentos, y nadie podría negarles el derecho de afirmar que con sus políticas Nac& Pop todo iba mucho mejor que con las de Cambiemos. El hecho de que aquellas políticas sean la causa eficiente de las actuales zozobras no importa demasiado; si el gobierno tardó más de dos años en explicarlo, no se entendería bien el porqué Axel Kicilloff o Máximo Kirchner se molestarían en reconocer la autoría del descalabro, menos en la actual coyuntura.
El reconocimiento de este riesgo potencial incomoda al peronismo republicano que advierte, con legítima preocupación, de cómo la crisis podría terminar favoreciendo las chances de Cristina de regresar al poder. “Cuanto peor, mejor”, se restriegan las manos en el kirchnerismo, pero este no es el mejor escenario para los gobernadores de la Liga. Ellos necesitan, ante todo, cierta estabilidad para que una eventual implosión no los termine equiparando con las penurias del macrismo, tal como le sucedió a Carlos Ruckauf y el propio José Manuel de la Sota cuando la administración de Fernando de la Rúa terminó por meter a todo el colectivo político dentro la bolsa ignominiosa del que “se vayan todos”.
El fantasma de una Cristina rediviva podría tener algún efecto beatífico sobre la agostada estrategia duranbarbista de mantener abierta la grieta para salvar, aunque más no sea por apelar al recurso del descarte, las posibilidades de sobrevida de Macri más allá del 2019. Pero, y aún con tan módico expediente, será necesaria una dosis extra large de pericia política dentro del oficialismo.
Sumado a los errores no forzados cometidos dentro de los primeros dos años, existen versiones de que el gobierno habría activado, el pasado viernes, el demorado proyecto de reforma laboral resistido en todas las bandas del espectro sindical. De verificarse, constituiría un nuevo gafe de los estrategas cambiemitas. Si algo faltaba para envalentonar al gremialismo, incluso al del ala moderada, era una mojada de oreja tan infantil.
Se comprende que el FMI y la realidad macroeconómica impongan este tipo de iniciativas (de cuya necesidad, por otra parte, nadie discute seriamente) pero el tempo adoptado sería, de verificarse esta información, cuestionable, especialmente porque podría ser mucho más útil en las próximas jornadas, en donde el gabinete económico deberá dar señales de que no habrá marcha atrás en el derrotero adoptado.
El rumbo de colisión entre la Casa Rosada y el movimiento obrero parece estar trazado y, salvo que la economía arroje datos decididamente positivos en los próximos meses, sus escuadras se enfrentarán nuevamente por los mismos temas, tal como Saúl Ubaldini lo hizo durante todo el gobierno de Raúl Alfonsín en los ochenta. La gran diferencia es que, en aquel entonces, el radicalismo no tenía una visión de la economía tan diferente de la que podría haber sostenido un peronista del promedio, algo que no ocurre en la actualidad.
Las crisis sempiternas han enseñado a buena parte de la clase política que la inflación no tiene causas sobrenaturales y que existen remedios adecuados para solucionarla. El problema es pagar los costos asociados a tales correcciones. Es, en definitiva, un problema dialéctico. Aunque todos lo sepan, sólo el gobierno puede decirlo. El peronismo sindicalista está obligado a callar porque la reflexión sólo puede traerle incomodidad. Néstor y Cristina sembraron la tempestad inflacionaria con su complicidad y anuencia; es un hecho que no hubo paros generales contra sus dislates. Ahora le toca a Mauricio Macri sufrir las consecuencias de este juego perverso, en donde todos los actores saben lo que está mal y, sin embargo, insisten en el cul de sac del pensamiento mágico macroeconómico, con ninguna salida a la vista.



Dejar respuesta