Cuando el fracaso de la selección es un triunfo para la política

La debacle de la selección ha ocupado el centro de la escena. Lo que entirstece o enerva a algunos es lo que alegra a otros.

Por Javier Boher
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Cuando parecía que el futuro le volvía a sonreír a Argentina por su clasificación como país emergente, el riesgo de no clasificar a la siguiente ronda del mundial ha hecho que más de uno se empiece a comer las uñas.
Otra campaña mundialista que se inicia con una ilusión y se desarma en el recorrido, toda una metáfora de lo que vivimos cada cuatro años cuando votamos un nuevo gobierno. Quizás ese ciclo permanente de expectativa y desencanto futbolero facilite el paralelismo entre la Selección y la Nación del siglo 21, un largo camino de tragedias preanunciadas.
Después de la crisis de 2001, cuando le gente sentía que la Selección le iba a dar una alegría en el lejano oriente, la derrota en primera fase en aquel mundial de 2002 nos reveló que el fútbol no está para arreglar lo que la política rompe. Y hace años que el manejo del fútbol está roto.
Hemos disfrutado del mejor jugador del mundo por más de 10 años. Es esa figurita que los demás necesitan sólo para sentir que juntarlas vale la pena. Sin embargo, no pudimos hacer nada con él en todo este tiempo. Es como si teniendo el macho sólo lo usáramos para cantar un envido.
Futbolísticamente, haber tenido de nuestro lado a Lionel Messi y desperdiciarlo como si fuese un delantero de la liga bellvillense puede ser equiparado al uso que le dio el kirchnerismo al precio exorbitante de la soja.
El brillo de la pulga permitió clasificar a mundiales, llegar a finales y simular solvencia, lo mismo que se hizo en la década ganada con el flujo de dinero que se recibía por la exportación de productos primarios, simulando políticas benefactoras que no resolvieron la pobreza estructural que rápidamente volvió a mostrarse.
Jorge Sampaoli -con su idea de juego y su retórica de izquierda- es una muestra más de que con la praxis progresita quedamos anclados en un lirismo de filósofo de bar, lejos de la productividad del mundo moderno, que reclama eficiencia desde el primer pase. Por eso Islandia, un pedazo de piedra en el Ártico, pudo clasificar un equipo teniendo la cuarta parte de habitantes que la ciudad de Córdoba.
Para mal del técnico, su personalidad hace que nadie pueda sentir pena por su situación. La gente no se olvida que negoció con Tapia cuando Bauza todavía estaba en funciones, o del basureo al inspector de tránsito que le impidió seguir manejando, echándole en cara la diferencia de ingresos entre ambos.
Tal como el kirchnerismo en retirada, arrió las banderas que decía enarbolar para pisotearlas en el barro de la realidad, manipulando instituciones corruptas en beneficio personal.
Los futbolistas de la Selección, muy a su pesar, se convirtieron en el equivalente de los políticos: ya nadie cree que entre los mismos de siempre se pueda encontrar la solución al fracaso. Retomando la esencia anarquista de aquel reclamo que afloró en 2001, la gente pide “que se vayan todos”.
No quedó lugar para la derrota digna tan típica de Los Pumas. Tampoco están el honestismo de Cachito Vigil ni las proezas de la selección de básquet colándose entre los mejores del mundo. La debacle de la Selección no despierta lástima por parte de sus hinchas.
Aunque tantas veces ha sido utilizado con fines políticos, el combinado nacional está sufriendo el desgaste propio de los políticos que no le dan soluciones a los que se ilusionan con ellos.
Sin embargo, la ausencia de victorias no evita que se la use políticamente, porque las derrotas de la Selección pueden ser triunfos para otros. En ese sentido, quien seguramente tendrá algo para festejar es el presidente Macri. La endeble situación en el Mundial lo favorece en doble sentido.
Por un lado, como dijo el politólogo Andrés Malamud, porque baja las expectativas de la gente: sin perseverancia ni planificación no hay triunfo ni cambios posibles. Por el otro, porque consiguió una cortina de humo más efectiva que la del debate sobre el aborto.
En ese sentido, mientras tratan de ajustar una economía que, hoy por hoy, da la misma seguridad que el fondo de la Selección, la tragedia mundialista tendrá el efecto narcotizante que el gobierno tanto necesita.



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