Un teatro hecho de presencias

Una historia contada en la oscuridad, voces, desplazamientos, ruidos, efectos, risas, respiraciones. Con esa premisa, “Tetetete, el Che para principiantes” logra encender la llama invisible de la narración escénica.



Por Gabriel Abalos
gabrielabalos@gmx.com

El pirata Sandokán despierta en Ernestito la sed de audaces aventuras.

El viaje que propone Zéppelin Teatro transporta al público –que tanto puede tener los párpados alzados o bajos, porque la oscuridad es completa– a escenas de la infancia, la adolescencia y la primera madurez de Ernesto Guevara, antes de ser el guerrillero de la liberación cubana, uno de esos “hombres nuevos” capaces de ayudar a parir una revolución.
Con los ojos eximidos de todo estímulo y los demás sentidos a cargo, la propuesta ronda lo onírico. La aventura que lleva desde la novela hacia el sueño duplica el pliegue del cuento contado al final de la noche. Por eso se yergue en las sombras la figura de Sandokán, con su voz nítida y segura, el héroe del niño que sería un héroe, su referente de la acción. Un personaje salido de unas páginas, capitán pirata del sueño. Aparece para apuntalar la historia del niño, mitad fantasía infantil y mitad hechos de la realidad. Sandokán es el hombre sin miedo, el que se embarca por causas propias o ajenas, como cuando Ernestito le propone ir a salvar a Federico García Lorca del pelotón de fusilamiento. La voz de Sandokán, su presencia rotunda, su papel en la obra, es un acierto sin duda del dramaturgo y director Jorge Villegas.
El dispositivo releva a la vista de la función de saciar de información al espectador,deshace toda referencia escenográfica y de vestuario, oculta a los actores, sus fisonomías y sus gestos; omite los señalamientos, los climas y todas las gamasde la luz, ya que no amanece jamás en la sala. Es una apuesta fuerte por parte de Villegas, renunciar a un pelotón de recursos narrativos de una vez. Una apuesta que delega en los oídosla construcción imaginaria principal de la historia, y que obliga a los responsables de la puesta a derivar la narración por otros canales. En cierta medida, la puesta tiene algo de radioteatro, pero la propuesta va un poco más allá.
También se renuncia a la voz de un narrador, con el fin de que las escenassurjan, con sus diálogos, con lo que hay para deciry para oír.El espacio se puebla, el público siente las presencias, acaricia sus rostros el aire en movimiento de los cuerpos.Caen unas gotas de agua. Percibe el espacio y el tiempo, dos dimensiones que se vuelven nítidas, y que contienen tensiones hechas de alejamientos y acercamientos de voces, de sonidos, de masas de aire cuyas ondas revelanla medida de ese espacio escénico, invisible a los ojos de espectadores y espectadoras. Hay, pues, hechos, narrados del susurro al grito, hay cosas dichas, hay personajes, hay un cuento. Hay teatro.
El cuento está hecho de escenas, son recreaciones de la vida de Ernesto Guevara: momentos de su niñez, allí donde danzan alrededor del niño el sonido de la radio que contextualiza la época, su sueño en el que reina Sandokán, el pirata de Emilio Salgari. Puntadas de una historia que siempre vuelve a la niñez en Alta Gracia, con saltos hacia su vida de estudiante en el Colegio Dean Funes, en la clase del profesor Bialet; hacia su primer encuentro con la motocicleta (“la Poderosa”) que le muestra Alberto Granados, preludio del viaje de ambos por Latinoamérica. Su encuentro, durante ese viaje, con campesinos chilenos: el descubrimiento dramático del otro. Eso es lo más lejos que llega en la vida de Guevara esta obra escrita por Jorge Villegas, donde hay muchos elementos provistos por periodistas e investigadores como Horacio López y Luis Altamira.
En los retornos a los días de la niñez, aparecen el asma del niño, la preocupación de sus padres, los amigos a quienes doña Celia, su madre, invitaba a tomar chocolate en la casona llamada Villa Nydia. Sus rabietas, la presencia de Rosario, la empleada de la familia, que lo consiente, y a quien luego Ernesto encontrará en una calle, cerca del colegio.
Todo lo que la obra recrea y muestra, aunque no a los ojos, se graba en la mente de manera tal que uno puede recordar las escenas al día siguiente como si las hubiese visto. La experiencia remanente tiene un peso específico.
El público ha asistido a una función. Se entregó a sensaciones, pasaron cosas frente a él. Se desarrolló a poca distancia de su cuerpo una ceremonia escénica, se narró una historia cuyas vibraciones llegaron hasta él, lo atravesaron, se le grabaron. Todas las cualidades del lenguaje dramático -las suficientes- se hicieron presentes, y esto exige un manejo de la teatralidad llamémosle esencial, algo de que Jorge Villegas ha dado pruebas suficientes.
Y también sigue dando pruebas de buscar lenguajes, formas, nuevos caminos escénicos. No se trata de una carrera por la originalidad, sino de tejer una comunicación determinada con el público, establecer un código que saque al teatro del cotidiano del propio teatro, de sus normas. De hecho, la experiencia de un teatro a oscuras se remonta en la Argentina a 1991, año en que Ricardo Sued estrenó en Córdoba, la obra Caramelo de limón, en el en el IV Festival Nacional de Teatro. El mismo director reeditó la propuesta en 2007, y el llamado “teatro ciego”, que deriva del mismo antecedente, está en funciones en la actualidad.
Es decir que la sala a oscuras es un medio, y lo que importa es lo que se alcanza a través de él. Así al menos lo formula esta nota, que no aplaude la audacia ni la originalidad como virtudes en sí mismas, sino por sus resultados que en el caso de Jorge Villegas y todo el equipo de Zéppelin Teatro, son promisorios a juzgar por la noche de estreno. Con las bajas temperaturas de la estación, espectadores y espectadoras reciben frazaditas que amablemente ofrece la sala de Medida x Medida, y la calidez de la obra hace el resto. Entre todos, público y elenco, contribuyen al milagro para que éste suceda, con la mejor buena fe.
No se los ve, pero ponen el cuerpo y la voz Santiago San Paulo, Rubén Gattino y Cruz Zorrilla y los invitados Laura Ortíz, Florencia Boasso, Antenor Aldape, Sebastián Raspanti y Mariano Pomelo. La obra dura sesenta minutos y permanecerá los jueves y viernes de junio y julio en Medida x Medida.



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