Después del vendaval

La atroz realidad del aborto y sus secuelas es un asunto de tal magnitud que no merece ser utilizado como entretenimiento destinado a distraer de otros problemas urgentes, como logró hacer un gobierno que, ajeno a toda ética, ejercita la picardía marketinera que le vende el inefable Durán Barba.



Por Luis Ortiz

Es necesario aclarar que el vendaval al que me refiero es el trajín callejero y parlamentario de la ley sobre el aborto, y no a otros vendavales en curso cuyo fin no se avizora. Para quien se detenga a pensar brevemente, sin anteojeras ni prejuicios, resulta inmediatamente claro que esta ley no solo no resolverá ningún problema sino que seguramente creará infinidad de otros. En segundo lugar, ha quedado demostrado de manera palmaria y definitiva que este gobierno no sólo carece de eficacia para resolver nada sino que, lo que es mucho más grave, ostenta una monumental carencia de principios éticos.
El corso de máscaras escenificado puede marear a cualquiera, excepto a los habitantes de un país donde hace mucho nos hemos acostumbrado a que nada es lo que aparenta, y a que las consignas repetidas ad nauseam son meras enunciaciones efectistas destinadas a captar voluntades aturdidas y dispuestas a vociferarlas en un combate verbal donde triunfa el volumen más alto.
La atroz realidad del aborto y sus secuelas es un asunto de tal magnitud que no merece ser utilizado como entretenimiento destinado a distraer de otros problemas urgentes, como logró hacer un gobierno que, ajeno a toda ética, ejercita la picardía marketinera que le vende el inefable Durán Barba. Tanto le daba que de la votación parlamentaria saliera pato o gallareta: lo único importante era que el final del proceso coincidiera al minuto con el comienzo del mundial de fútbol. Puede decirse que este logro cronométrico es uno de los pocos éxitos de esta administración.
Una de las falacias esgrimidas fue la de que con esta ley las mujeres pobres dejarán de correr los riesgos que conllevan los abortos clandestinos. Falso de toda falsedad. El aborto clandestino de los pobres existe y seguirá existiendo, y las mujeres que a él se someten seguirán muriendo, por la sencilla razón de que los hospitales públicos no tienen capacidad ni para tratar una gripe, como es por todos sabido. Para los pobres, abortar seguirá estando en manos de doña Pancha y de otros aficionados o inescrupulosos. Lo único que logrará esta ley -y aún eso está por verse- es incluir el aborto en el nomenclador arancelario de las obras sociales; es decir, la clase media ya no tendrá que recurrir a sus ahorros (¡horror!) para financiar un aborto, ahora lo tendrá como prestación asegurada por su obra social o su empresa de medicina prepaga. Así, el único efecto previsible será el de ahondar aún más la brecha con los pobres, que no tienen ni obra social, ni asistencia hospitalaria pública, ni ahorros.
No en vano, la campaña a favor de la ley estuvo mayoritariamente a cargo de mujeres de clase media. Estas ‘progresistas’ podrán sentirse así, finalmente, “dueñas de sus cuerpos” como reclamaban con sus pañuelos verdes, cuando en realidad de lo que verdaderamente serán dueñas es de preservar sus ahorritos y hacer cargo a otros de sus abortos. También podrán sentir -aunque eso requiera hipocresía o autoengaño- la complacencia de que han hecho algo por sus congéneres menos afortunadas en lo económico.
Esa es, en resumidas cuentas, la verdad. Todo lo demás es cháchara, griterío, embanderamiento inútil, profundización de cuanta grieta nuestra clase política ha fomentado para seguir medrando a costa de una sociedad que parece ya totalmente incapaz de aprender de sus propios errores. Esto se ve con claridad en las volteretas de los políticos hasta el último minuto. Todos, oficialismo y oposición, están atentos de manera excluyente al termómetro de las intenciones de voto. Puesto que el duranbarbismo no provee solución a los problemas de fondo, el gobierno podrá exhibir, a falta de otros logros, su vocación por “abrir el debate”.



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