Francisco: yo, argentino

¿Es el silencio una estrategia de Francisco? Si lo es, no se entiende. El aborto es, literalmente, un asunto de vida o muerte para la grey católica. Si su máximo jefe prefiere no librar una batalla decisiva en su propio país es porque sus convicciones han declinado o porque ha optado por la política terrenal.



Por Pablo Esteban Dávila

Podría decirse, y nadie estaría equivocado diciendo tal cosa, que, en el tema del aborto, cualquier posición que se tome es correcta. Tanto quienes apoyan su despenalización como quienes la rechazan encuentran, en el repertorio de sus convicciones, razones sólidas y respetables. Incluso podría exculparse la abstención de la diputada Alejandra Vigo toda vez que, cuando se tratan cuestiones relativas a la vida y la muerte, algunas veces es realmente complicado optar por alguna de las posiciones en puga que, en rigor de verdad, presentan, cada una, opciones moralmente demandantes.
Esta ecuanimidad vale, por supuesto, para un analista, pero difícilmente pueda ser aceptada para alguien que se encuentre inmerso en alguna de las dos posturas. Los que se oponen al aborto esgrimen, con tanta pasión como los que lo apoyan, argumentos que consideran universales e inapelables. Esta ausencia de grises es tan comprensible como inevitable y, en buena medida, determina el interés con que el debate ha sido -y, de seguro, lo continuará siéndolo- seguido por la sociedad en su conjunto.
Por esta razón resulta extraño el silencio del Papa Francisco en los días cruciales que ha vividola Argentina -nada menos que su país- en relación con el tema. El hecho que el Congreso haya dado media sanción a un proyecto que choca de plano con la teología de la iglesia católica es un motivo suficiente como para un pronunciamiento papal que, por ahora, no ha llegado.
Basta realizar una búsqueda superficial en la web para advertir este sugerente abstencionismo. Las últimas palabras que el Sumo Pontífice dedicó al tema datan del mes de febrero, y ninguna de ellas se encuentra dirigida especialmente a los argentinos. Cualquiera podría pensar que, dada la magnitud del debate, el Papa podría haber optado, lícitamente, porapelarpersonalmente a sus compatriotas para convencerlos de la necesidad de defender la vida desde su concepción. Nadie habría podido censurar tal esfuerzo. Pero no lo hizo.
Algún corazón comprensivo diría que, en su carácter de jefe espiritual de la Iglesia Católica, Francisco debe permanecer al margen de las pasiones de su patria que, para colmo de males, son intensas y, muchas veces, excesivas. No obstante, esta indulgencia prescinde de valiosos antecedentes históricos.
Carol Wojtyla, como se recuerda, era polaco. Como tal, vivió durante gran parte de su vida bajo un régimen comunista que, por definición, era ateo y materialista. Cuando fue consagrado Papa y adoptó el nombre de Juan Pablo II, dedicó su pontificado a luchar contra un régimen que, con razón, consideraba opresor e inhumano. Eligió a su propio país como el primer campo de batalla y, en justicia, puede decirse que fueron él y Ronald Reagan los responsables del colapso de la Unión Soviética y de su imperio totalitario.
Wojtyla no tuvo ningún prurito para sugerir que el presidente polaco, Wojciech Jaruzelski, encarnaba el mal absoluto. Militó contra su gobierno y logró cambios sorprendentes con el concurso del líder sindical Lech Walesa. El mundo católico (y también el mundo libre) reconoció su determinación política y aplaudió sus logros. En su caso, la fe no sólo movió montañas, sino que, además, se llevó puesto a un sistema que definía la religión como el “opio de los pueblos”.
Jorge Bergoglio podría haber tomado aquel ejemplo y obrado en forma parecida respecto al aborto. El volumen del asunto, desde la perspectiva católica, lo justificaba. Optó por el silencio e, inevitablemente, por las suspicacias.
Otros libraron el combate por él. Es cierto. La Iglesia argentina batalló incansablemente porque “se salven las dos vidas”, y uno de sus sacerdotes, José María Di Paola, conocido como el padre Pepe, hasta equiparó el proyecto de despenalización del aborto con los dictados del FMI y el control de natalidad en los países periféricos impulsado por el imperialismo, un concepto que, de tan demodé, ya nadie recuerda (estuvo en boga en los sesenta y setenta). Hasta el Vaticano, en las últimas horas, manifestó su desazón por la votación en Diputados. Monseñor Vincenzo Paglia, el presidente de la Pontificia Academia para la Vida, lamentó la media sanción y aseguró que “suprimir una vida no es civilidad ni cristiano”.
¿Es el silencio una estrategia de Francisco? Si lo es, no se entiende. El aborto es, literalmente, un asunto de vida o muerte para la grey católica. Si su máximo jefe prefiere no librar una batalla decisiva en su propio país es porque sus convicciones han declinado o porque ha optado por la política terrenal, de la clase que sugiere que es mejor no cortar los vínculos con quienes, en la Argentina, defienden la política abortista.
Suena surrealista, pero lo es tanto como la afonía del pontífice. “Yo, argentino”, parece decir desde la cultura del lunfardo. En cualquier caso, es una muestra más del conflicto personal que tiene con su tierra natal que, para los que gustan de las teorías conspirativas, es el distrito que gobierna Mauricio Macri, el presidente de derechas que, insospechadamente, habilitó este debate y se mantuvo deliberadamente al margen.
Macri, como es público, se definió a favor de la vida y dejó en libertad de conciencia a propios y extraños. Previsiblemente, la posición despenalizadora fue intensa y contó con la complicidad -no siempre explicitada abiertamente- de comunicadores y famosos. Pero también fue cooptada por el kirchnerismo peronista, la secreta pasión papal. ¿Influyó en su reciente conducta la posición del progresismo K? ¿Dedujo cierta complicidad personal con la anterior prescindencia de Cristina por abrir el asunto al escrutinio público y su actual enojo con el presidente por hacer lo contrario de lo que hizo su antecesora?
Puras especulaciones, dirán los escépticos. Tal vez tengan razón. Pero los hechos son sagrados, a menos que aparezcan otros que los desmientan. Francisco acaba de sumar otro capítulo más a la inexplicable novela de desencuentros con su patria. Ojalá alguna vez alguien le encuentre un sentido a este galimatías teológico y político. Por ahora, a nosotros nos excede.



1 Comentario

  1. Lo cierto es que como sea, de aprobarse en el Senado, quedarà como “mèrito” del “neoliberalismo” la salida de esta Ley, Ni los progresistas de la Alianza UCR-FREPASO ni Nestor y Cristina se animaron a comprometerse con un debate que supuestamente tiene su origen en la “izquierda”. Francisco, sabe que inexorablemente esto iba a ocurrir y EL mucho ha tenido de RESPONSABILIDAD DE LO OCURRIDO. Pues basta repasar a quienes ha tenido en su “cuadro de honor”, de personajes Argentinos y se constatará que la mayoría representa a los que apoyan el aborto.El se encargó de promoverlos y considerarlos “luchadores sociales”.¡Ahora recoge su siembra! Incluso hasta su “maestra de enseñanza de como cebar mate”, ahora como Senadora habría cambiado sus “convicciones” y sumaría su voto a la aprobación del aborto. ¿Cómo ahora va a salir a EXCOMULGAR a todos los que le regaló rosarios? ¡Francisco lo hizo! Ahora quizàs se dé definitivamente cuenta de que una cosa es la MISERICORDIA, para quien la merece y otra para quien la despilfarra y no la valora.

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