La cal no dejaba ver el templo

“¿Hay nada más feo que un viejo con una peluca, llena de rizos y perfumes?”, se preguntaba el jefe de redacción de El Eco de Córdoba, en abril de 1871, al ver cómo blanqueaban el frente de la iglesia de la Compañía.



Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

A mediados de abril de 1871, la Comisión Municipal de Hacienda de Córdoba se pronunciaba favorablemente respecto a una ayuda económica destinada a los padres jesuitas, con el fin de que llevasen a cabo una serie de reparaciones en el templo de la Compañía que aún sigue presidiendo la manzana jesuítica. La Comisión sugería una subvención de 200 pesos y aconsejaba que entre los empleados municipales se levantase una suscripción de 10 pesos cada una, destinada a ese objeto. “La misma Comisión ha iniciado la suscripción, contribuyendo cada uno de los tres miembros con 10 pesos”, informaba el diario El Eco de Córdoba. Y concluía diciendo: “Si esto recibe una sanción, los Padres podrán contar con el auxilio de 500 morlacos”.
Respecto al carácter de la intervención al edificio se desconocen detalles, pero aquí el foco de atención está en las tareas de pintura que se incluyeron en el proyecto. La histórica iglesia consagrada en 1671 se hallaba en aquellos días siendo objeto de una “lavada de cara”, algo que los cordobeses podían constatar al pasar por la esquina de la calle de la Universidad. El propio Eco de Córdoba asume la voz cantante en cuanto al avance de los trabajos, según se puede seguir en una serie de sueltos, donde la decisión de pintar el frente del templo blanqueándolo a la cal, despierta una fuerte crítica de parte de aquel diario. Hay que decir que, más allá de la entonación altisonante -tan de época- de la queja formulada por El Eco, la idea de cubrir su muro de piedra viva que es una de las características fundamentales de su arquitectura, con pintura blanca, ha de haber resultado un verdadero adefesio. El redactor de la época reaccionaba con conciencia de que la iglesia de la Compañía era un patrimonio cordobés que no podía ser objeto de cualquier tipo de tratamiento caprichoso. Es verdad que no todos los conceptos del redactor en jefe ameritan halagos, pero al menos su actitud tenía un objeto que se podría definir como a la vez estético y urbanístico, dicho con palabras más actuales.
La primera nota al respecto en el periódico católico local se encuentra el trece de mayo, y su tono no deja ver todavía un juicio condenatorio al blanqueo que había empezado a cubrir el frente de la iglesia:

“Hasta la Compañía
Se está poniendo con otro aspecto, con el blanqueo que se le está dando exteriormente; de manera que el progreso que nos invade por todas partes, llega hasta los monumentos de la antigüedad.
Ese convento, que es más pobre que los demás, se ha colocado a la altura de la progresista comunidad Dominica, en las ideas de adelanto porque ha entrado este pueblo.
Así queremos ver a las sociedades religiosas para que de esta manera algunos no tengan ni el pretexto de llamarles retrógrados.”
Avanza el blanco sobre el muro de la iglesia y dos días después toma la pluma el redactor en jefe de El Eco, con el propósito de levantar su queja sobre lo que considera nada menos que un sacrilegio. En esto se diría que su posición era más episcopal que la del propio obispo. El periodista deja bien en claro su opinión desde el mismo título del escrito:
“El templo de la Compañía de Jesús con peluca
Aunque nuestras palabras serán solo una póstuma queja a la desaparición de la belleza del grandioso templo de la Compañía, ellas van llenas de dolor por ello.
El templo de la Compañía blanqueado es un viejo con una peluca de joven, es la muerte de esa belleza que imprime el tiempo en los grandes monumentos, es un chace, es un horror, es una prótesis contra el buen gusto.
¿Dónde va a parar la majestad de sus años?
¿Dónde queda el sello severo de sus piedras pardas a fuerza de ver pasar los días?
¡Ah! No creíamos que los jesuitas, tan inteligentes, se atrevieran a profanar con un barniz ridículo de cal la belleza de su templo.
Los monumentos no se blanquean.
Con su faz arrugada, con su tétrico aspecto, con sus mismas grietas ofrecen de un golpe al viajero o al observador los años que han visto pasar; el gusto de otra época, el monumento, en una palabra.
Su importancia está en su misma vejez.
¿Hay nada más feo que un viejo con una peluca, llena de rizos y perfumes?
¿Hay nada más venerable que una cabeza blanca o pelada, por los inviernos que han pasado por sobre ella?
El templo de la Compañía que era lo único que había quedado sin un postizo afeite, lo tiene ya merced a un gusto ridículo por lo blanco.
Vez pasada el Sr. Obispo afeó la Catedral blanqueándola y quitándola toda la hermosura de sus años, y ahora los jesuitas echan a perder su gran templo, blanqueando lo que no puede tocarse, sino en aquellas reformas absolutamente precisas para su conservación.
Un edificio nuevo, que aparezca blanco, muy bueno.
Pero un monumento que recibe una capa de cal es un viejo que se coloca una peluca.
Si fuera posible a los Padres detener esta sacrílega profanación a lo que han dado los años, a su templo, se lo pediríamos en nombre del arte y del monumento mismo.
¡Ay! Hoy tenemos la Compañía de Jesús con peluca.”

Tan sólo un día más tarde, El Eco publica la siguiente noticia, que supone una respuesta dada por miembros de la orden al redactor del periódico, señalando a un responsable:
“Por culpa del arquitecto
El blanqueo empezado a hacer en el frontis del templo de la Compañía, y que con razón lo criticó ayer el Redactor en Jefe, somos informados que no ha sido ordenado por los PP. Jesuitas, pues muy al contrario, había dado orden terminante el P. Superior para que no se tocara el edificio sino en aquello que demandaba compostura.
El arquitecto ha sido quien ha hecho hacer ese blanqueo, quien ha puesto esa peluca al hermoso monumento, quitándole toda la importancia que tenía.
El asesino de esa joya antigua es, pues, el arquitecto.
Los Padres han visto tal atentado, recién cuando ya estaba hecho el sacrilegio y desde luego tratan de ver la manera de borrar esa gran mancha, y por la que merece un castigo el que tal hizo.
No podía ser de otro modo.
Los PP. No podían tapar con una capa de cal la belleza de ese templo que será la admiración de las generaciones.”



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