Cosas que deja el debate sobre el aborto

El “progresismo” se ha encolumnado a favor de la despenalización. Es indiscutible que la izquierda, más allá de sus errores y sus fracasos, siempre ha asumido, históricamente, la defensa de los débiles.



Por Daniel Gentile

El diputado democristiano cordobés Juan Brugge ha presentado un proyecto que tiene la intención de ser algo así como una alternativa, una instancia superadora, en el debate de la despenalización del aborto. Propone crear la figura de la adopción prenatal, con la loable intención de que las madres que no quieran hacerse cargo de sus hijos en gestación puedan encontrar para esos niños por nacer un destino adecuado.
La iniciativa revela en su autor el propósito encomiable de salvar muchas vidas que de lo contrario serían sacrificadas, pero por otro lado demuestra una conmovedora ingenuidad. Supone el legislador que podrá hacer reflexionar a los abortistas y quizás hacerlos desistir de su objetivo de legalizar la muerte. Piensa nuestro diputado que si se ofrece a las embarazadas que se niegan a dar a luz una alternativa legal para no asumir su maternidad, éstas desistirán del aborto. Dicho con otras palabras, que se alcanzará, de un modo incruento, el propósito que persiguen quienes promueven la legalización del aborto.
El problema es que los abortistas razonan de otra manera. Para ellos en un embarazo no hay un niño y declaran que puede suprimirse con la misma sencillez con la que se extirpa un abceso.
Además, como la “adopción prenatal” no podrá ser obligatoria, quedará siempre pendiente de resolución el problema central: si se sanciona o no a las mujeres que decidan abortar.
No hay motivos para ser pesimistas sobre la posibilidad de que prospere la iniciativa del diputado democristiano. Es muy probable que se convierta en ley. Tampoco hay motivos para pensar que eso cambiará el curso del debate sobre la despenalización del aborto.
A los abortistas no se los puede convencer con un proyecto “para salvar las dos vidas”, porque para ellos sólo hay una. No se los puede conmover diciéndoles que de esta forma se rescatará a muchos niños, porque para ellos no hay niños. Tampoco, contra los despenalizadores, podrá alegarse que se evitarán muertes, porque para ellos en el aborto no hay muerte. Un cúmulo de células no puede morir. De nada servirá decirles que con la adopción prenatal se evitará para muchísimas mujeres el trauma psicológico inevitable, el sentimiento de culpa que provoca para siempre la conciencia y la certidumbre de haber matado a un hijo.
Los que promueven la legalización proponen para la mujer una forma fácil de deshacerse del embrión, pero no admiten que se hable ni de persona ni de muerte. Quieren, en definitiva, que abortar sea un trámite tan sencillo y tan lícito como la relación íntima que determinó el embarazo. Esta es, en mi opinión, una de las cosas que quedan claras luego del debate parlamentario, mediático y social sobre la despenalización del aborto.
Una segunda conclusión tiene que ver con el rol de la izquierda. Lo que puede denominarse el “progresismo” se ha encolumnado a favor de la despenalización. Es indiscutible que la izquierda, más allá de sus errores y sus fracasos, siempre ha asumido, históricamente, la defensa de los débiles. La fuerza del feminismo, que ha desplazado al obrerismo en los partidos de ideología socialista, los ha hecho incurrir en una contradicción grave, incorporándola incluso a sus plataformas. Para colocarse del lado de las mujeres “más pobres, marginadas y abandonadas”, han debido ensañarse con el ser humano más débil del universo. Para simular que tal contradicción no existe, han resuelto declarar que los niños en gestación no son personas. Pero como no todos los socialistas están convencidos, ha aparecido algún díscolo al que la conciencia le dice que si vota la despenalización traicionará no sólo sus principios sino también los de su partido, que históricamente ha protegido a los indefensos. La izquierda, para votar la despenalización, está obligada a traicionarse.
Finalmente, quienes defendemos la vida caemos a veces en una actitud que algunos llaman hipocresía. Sabemos, en efecto, que cientos de miles de mujeres han abortado, abortan y seguirán haciéndolo, en cualquier contexto legal. Con aborto punible o no punible. Es probable incluso que a los que nos hemos convertido en fundamentalistas antiaborto, esa realidad hasta hace un tiempo no nos conmoviera demasiado. Conocemos casos muy cercanos, entre nuestros amigos e incluso en nuestra familia. Y seguramente nunca hemos considerado asesinas a esas mujeres. Sabemos que aunque el aborto siga siendo un delito, probablemente el número de casos que llegue a la Justicia siga tendiendo al cero. Y si es un delito sin condena social, ¿por qué nos escandalizamos ahora cuando quieren suprimirlo del código penal? ¿Es que somos tan hipócritas para rasgarnos las vestiduras y simular que nos duele la muerte de millones de niños en el vientre materno, esos mismos niños que hasta hace un par de meses nos tenían sin cuidado? Es probable que sí, que seamos hipócritas, si hipocresía equivale a fingir o exagerar un sentimiento. Tal vez no nos duelan tanto los niños que serán sacrificados (sabemos que esto ocurrió siempre y casi a nuestro lado). Seguramente no somos tan piadosos. Pero no está mal que hagamos un esfuerzo por sentir piedad por esos niños, o incluso que aparentemos una piedad que en verdad no sentimos. Está bien que esta vez, si es necesario, seamos hipócritas y finjamos un infinito amor por millones de niños por nacer que antes eran sacrificados ilegalmente y ahora serán sacrificados a la luz del día. No está mal a veces ser hipócritas, y aparentar o exagerar una piedad que quizás no nace del corazón sino de la razón, porque matar siempre es malo, aún cuando esas muertes, hasta hace un tiempo, no nos escandalizaran. “A veces la hipocresía puede ser una virtud”, puede ser el enunciado de la última conclusión que extraigo del debate.



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