Los por qué de un homenaje

El tour estadounidense de la banda tributo The Music Of Cream no hubiera merecido ni una línea en la prensa, de no ser por un detalle: el trío está integrado por Kofi Baker (hijo del baterista Ginger Baker), Malcolm Bruce (hijo del bajista Jack Bruce) y Will Johns (sobrino del guitarrista Eric Clapton).



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Ante la aparente imposibilidad de avanzar que padece la cultura contemporánea, lo que abunda por estos días son los tributos, en todos los formatos imaginables. Explícitos o implícitos, merecidos o inmerecidos, los homenajes son una constante dentro del panorama actual y constituyen el síntoma indiscutible del estancamiento en el que se encuentran las manifestaciones del arte. Son varios los ensayistas que se han propuesto analizar este fenómeno, cuyo inicio se sitúa aproximadamente en la década del ochenta y que se ha agravado con el arribo del nuevo milenio, al que todos soñaban como la culminación del futuro y que hasta ahora sólo acumula memorias del pasado.
Sobre los artistas que caen en esta tentación se lanzan muchas críticas y reproches: se los acusa, entre otras cosas, de ser los principales culpables de la parálisis cultural que afecta al planeta y se los sindica como reproductores de las creaciones de otros. Más allá de la creatividad que se ponga en la recuperación de las antigüedades, el mecanismo del reciclaje, que debería a esta altura ser tan natural como las obras originales, sigue desatando un ensañamiento por parte del mandato canónico, ese que alienta a producir novedades que impliquen una ruptura.
La música es uno de los ámbitos donde se verifican con mayor énfasis estas tensiones, entre lo que ya es parte de la historia añeja (un repertorio inconmensurable y asequible) y este presente que exige un incesante flujo de propuestas. La mayor parte de lo que se escucha hoy data de por lo menos veinte años atrás, ya sea porque se trata de temas compuestos en otra época o porque se constituye a partir de aportes flamantes que, en su esencia, sólo son pastiches de viejos archivos que saltan al oído sin necesidad de escarbar demasiado dentro de su estructura.
Las citas a los clásicos de la discografía rockera nos bombardean desde las películas, las series, los libros, las comedias musicales y hasta las obras de arte inspiradas por un hit que vivió su cuarto de hora en tiempos remotos. Y esa misma avalancha vintage es la que explica la profusión de bandas tributo que encabezan espectáculos multimedia, a los que asiste un público ávido de nostalgia. Intérpretes y seguidores conforman un mercado cada vez más ambicioso, cuyos parámetros no giran en torno a la originalidad, sino alrededor del índice de parecidos entre la copia y el modelo al que se aferra.
Pese a que el rubro se presenta como previsible y estructurado, su superficie se ha visto alterada por una noticia a escala internacional que rompe con todos los esquemas. Se ha lanzado en una gira por Estados Unidos un grupo llamado The Music Of Cream, que recrea las canciones del trío conformado por Eric Clapton, Jack Bruce y Ginger Baker, una de las formaciones emblemáticas del blues rock de los años sesenta. En su show, este terceto que rinde culto a Cream incluye proyecciones en pantalla gigante de videos y fotos desconocidas de sus homenajeados, como parte de su experiencia revivalista.
El tour de The Music Of Cream no hubiera merecido ni una línea en la prensa especializada, de no ser por un detalle llamativo: el grupo está integrado por Kofi Baker (hijo del baterista Ginger), Malcolm Bruce (hijo del bajista Jack) y Will Johns (sobrino del guitarrista Clapton). Mientras los periodistas todavía no saben si catalogar a este emprendimiento como una banda tributo, una empresa familiar o las dos cosas a la vez, ellos dan entrevistas y revelan intimidades de sus mayores. Porque, a diferencia de otros grupos de su mismo estilo, conocen muy bien a quién están homenajeando. Y deben tener sus propios motivos, musicales y extra musicales, para hacerlo.



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