Sorteo de dotes para Cenicientas

Las niñas pobres, huérfanas y sin dotes de antaño tenían pocas probabilidades de casarse. A falta de hadas, carrozas y zapatos de cristal, su única chance era ganar por sorteo una dote benéfica con la que encaminar un ideal de vida.

Por Víctor Ramés
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Ilustración original para “Cenicienta”, edición de 1865, por Carl Offterdinger.

En 1812 el Triunvirato de las Provincias Unidas del Río de la Plata decretó para conmemorar el 25 de mayo costear los gastos de los festejos con fuegos artificiales, y destinar un monto para “obras piadosas y benéficas”, incluidos tres mil pesos “que se dividirán en seis lotes de quinientos pesos para dotes de seis niñas honradas, pobres, y decentes”. Dichas dotes serían sorteadas “en cincuenta niñas beneméritas”, y el sorteo sería “público en la plaza de la Victoria, las tardes del 24 y 25 del presente Mayo”.
El gesto reproducía una tradición antigua, un eco del Antiguo Régimen que no desaparecería rápidamente de la nueva y gloriosa nación, y que a su vez heredaba la institución de la dote, cuyo origen se remonta hasta el antiguo derecho romano. En particular la rifa de dotes era parte de las estrategias de beneficencia para con las niñas pobres y huérfanas, desde el siglo XVII en España y en las colonias. La continuidad de esa tradición virreinal estuvo vertebrada por la preocupación moral de la iglesia respecto a las huérfanas cuyo futuro matrimonial -ese estado femenino ideal- estaba a riesgo. La dote mejoraba mucho la posibilidad de atraer a un pretendiente y el matrimonio era visto como el mejor antídoto contra pecados como el adulterio, o delitos como el amancebamiento y la prostitución. Tal como la metáfora de la manzana podrida en la canasta, esas fallas en el modelo femenino honrado y decente amenazaban toda la estabilidad social patriarcal.
Las jóvenes pobres, cual Cenicientas postergadas por sus hermanastras, sólo contaban con la suerte eventual de un sorteo para cumplir su sueño matrimonial, como golpe de varita mágica.
Había un estado considerado más puro aun que el matrimonio: tomar los hábitos de alguna orden, como era corriente en ámbitos hispanoamericanos. También era necesaria una dote para ingresar a un convento, por lo que se instituyeron dotes específicas, o porción de ellas, a sortear entre las jóvenes pobres. Fueron sobre todo las entidades benéficas y el propio Obispado quienes perpetuaron esta modalidad, incorporando en las costumbres el sorteo de dotes para que las muchachas necesitadas “tomaran estado”, ya fuera casándose o entrando en un convento como religiosas.
El monto de esas dotes provenía muchas veces de donaciones, o bien de legados testamentarios. Se conoce un caso en México, en 1784 en que la dotación del monto destinado por un Obispo para la fundación de la Real Universidad de Guadalajara, imponía un plazo máximo de cuatro años para realizar la obra, debiendo destinarse -caso contrario- los 20 mil pesos a pagar “la dote de dos niñas o muchachas provenientes de familias sin recursos para casar debidamente a sus hijas, como lo marcaban las costumbres de la época.” (Fabian Acosta Rico: “Fray Antonio Alcalde y la Universidad”, Revista Electrónica del Archivo Histórico de Jalisco – Año IX Núm. 27 Noviembre 2014. Pp. 13-14.) En la escritura notarial se especificaba: “Cuidarán los señores patronos de que, a su satisfacción y en finca segura se impongan con la brevedad posible, y de que se acuda con sus réditos a las nombradas, hasta que llegue el tiempo de su caducidad o de que se les entreguen por haber contraído matrimonio, y para que se eviten las molestias que ocasionan las pretensiones de esas dotes, otros perjuicios y malas resultas, dispone y manda su señoría ilustrísima que la elección se haga por rifa en el día de Nuestra Señora de Guadalupe, y por impedimentos justo en alguno de los de su octava, previniéndose que si la niña o niñas a cuyo favor saliese el sorteo, tuviere inclinación a el estado religioso, y ayudada con estos quinientos pesos, proporcionare la cantidad resultante a completar la dote religiosa, pueda en este caso gozar de ésta para ese fin”.
Los investigadores mexicanos Avital Bloch y Margarita Rodríguez, que estudiaron aspectos referidos a las mujeres en su libro Colima, la ciudad en el siglo XIX, señalan que “con los réditos obtenidos por legados testamentarios para dotar a doncellas pobres, se realizaba una rifa entre algunas huérfanas el día 8 de diciembre en la celebración de la Inmaculada Concepción. La joven seleccionada recibía 200 pesos una vez que alguien la escogiera para esposa y que realmente se celebrara el matrimonio.” Y reflexionan: “Sin duda, este tipo de prácticas tenían como propósito aliviar la situación de las huérfanas, pero sobre todo aliviar la conciencia de las familias colimenses que así, de esta manera, evitaban que las huérfanas adquirieran formas de vida contrarias al ideal.”
En la ciudad de Córdoba también se encuentran avanzado el siglo XIX, más precisamente en 1870, datos sobre la misma tradición en un aviso y un comentario publicados por el diario El Eco de Córdoba en el mes de noviembre de ese año:
“Ojo niñas!
Aquellas de vosotras que no cuente con una dote para poder encontrar pronta colocación, fíjese en el aviso que va en la sección correspondiente, mano dado publicar por la Curia Episcopal.
A inscribirse en ese registro envidiable, para que cuando llegue el día de la elección pacífica, la suerte haga sonreír satisfactoriamente a la agraciada con los mil morlacos.
¿Por qué la piadosa señora que dejó ese fundo a favor de las jóvenes menos acomodadas, no dejaría otro igual para los noticieros de diarios, para esas águilas sin alas que todos los días recorren el espacio y se presentan en todas las oficinas, como los que «por el amor de Dios» piden un pedazo de pan, solicitando una novedad, un hecho cualquiera?
He aquí, pues, demostrado que las obras terrenas son siempre incompletas, por más buena voluntad que se tenga.”
El texto del aviso al que refiere el diario se publica más abajo:
“Suerte de 1000 $
Esta conocida rifa para las Señoritas indotadas de este Obispado que hayan llegado a cumplir doce años y que no pasen de treinta, se jugará como de costumbre, el 18 del entrante Diciembre.
La que se encuentre en las indicadas condiciones puede ocurrir a suscribirse a la Secretaría Episcopal.
Córdoba, Noviembre 17 de 1870.
El Notario.”