Impertinencia sin fin

Por estos días se cumplen 20 años del estreno de “Pánico y locura en Las Vegas”, la película de Terry Gilliam que se basa en un relato escrito por Hunter S. Thompson a comienzos de los años setenta, donde lleva al extremo la idea del “viaje” que marcó a la contracultura estadounidense.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Que la novela “On The Road” (En el camino), de Jack Kerouac, haya sido uno de los disparadores de la Beat Generation y, por ende, de la contracultura estadounidense que se consolidó diez años después, habla a las claras de la importancia que tuvo el concepto de “viaje” para ese movimiento. La idea de una huida por una carretera con rumbo a ninguna parte, se correspondía también con los viajes psicodélicos que se conseguían a través del consumo de alucinógenos, y con los viajes místicos que eran propiciados por las religiones orientales de las que muchos jóvenes de los sesenta se volvieron adeptos.
Precisamente, una de las películas emblemáticas de ese periodo es “Easy Rider” (Busco mi destino), cuyo epicentro es un recorrido en motocicleta que no sólo consistirá en un traslado de los protagonistas desde la Costa Oeste hasta Nueva Orleans. También se retrata en ese filme un trip generacional, que en prosecución de un objetivo termina involucrándose en una peripecia tan vital como peligrosa. Por algo, esta realización de Dennis Hopper sintetiza como pocas el espíritu de esa época: como jinetes del apocalipsis del mundo antiguo, los motoqueros ofrecen un nuevo prototipo de héroe, cuya epopeya consiste en no quedarse quietos.
Y es que la costumbre de estacionarse, de permanecer, de conservar, es la que fue puesta en jaque por esa juventud bullanguera, que se lanzó a la conquista de lo desconocido para desafiar los límites del miedo al cambio. Como una especie de pionero criollo, ya el Che Guevara había elegido su propia aventura a comienzos de los años cincuenta, cuando salió a recorrer el continente a bordo de una motocicleta. A dedo, caminando, en moto, en una combi, en bicicleta, en un auto deportivo, en barco, en tren o en avión, lo importante era salir de la zona de confort, arriesgarse a ver qué pasaba.
De esa idea general se desprendieron muchas ramificaciones, algunas más moderadas y otras, muchísimo más extremas. En este segundo grupo se inscribía, sin duda, Hunter S. Thompson, uno de los periodistas que mayor osadía demostró en el ejercicio de su profesión, en tiempos en que los trabajadores de prensa volteaban presidentes desde las páginas de los diarios. Inventor y representante del llamado “periodismo gonzo”, Thompson se involucraba de tal forma en lo que estaba cronicando, que pasaba a ser él mismo uno de los protagonistas de la información, algo que en ese momento era novedoso y que con el tiempo fue vulgarizándose.
Una de las hazañas más recordadas de este escritor fue la que se publicó como novela en entregas en la revista Rolling Stone en 1971, bajo el título de “Fear and Loathing in Las Vegas” (Pánico y locura en Las Vegas). Hunter S. Thompson y su abogado (ambos bajo seudónimos en la historia) se subieron a un auto cargado de drogas, con la idea de llegar a Las Vegas y obtener allí una descarnada visión del “sueño americano”. El resultado de su viaje fue más bien pesadillesco, con escándalos y desaguisados por doquier, promovidos por una dupla que vivía en estado de alucinación permanente.
Tan fuerte resultó ese relato que, cuando Terry Gilliam decidió llevarlo al cine en 1998, con Johnny Depp y Benicio del Toro como protagonistas, la película se convirtió en un sonoro fracaso de taquilla, porque el público pochoclero jamás iba a llegar a entender un argumento así de caótico y desencajado. Por estos días se cumplen veinte años de aquel estreno y, aunque hemos visto tanto que ya nada pareciera sorprendernos, aquellos viajeros que desafían al mundo con su impertinente delirio todavía causan escozor en la epidermis de una sociedad que no parece dispuesta a resignar su hipocresía.



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