Brilla una estrella

La actriz y cantante Janelle Monae se juega su destino al todo o nada en este 2018, con la publicación de su nuevo disco, “Dirty Computer”, que se inscribe entre los mejores álbumes de un año teñido por los colores de las distintas variantes del hip hop y el rhythm & blues.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

De Atlanta, Georgia, provino alguna vez un dúo estadounidense llamado Outkast que, si bien se dio a conocer a principios de los años noventa, tuvo su salto a la fama diez años después, gracias a un par de canciones exitosas que los convirtieron en una referencia musical de la actualidad de la corriente sonora afroamericana. Su explosiva combinación de hip hop, funk y rock se tornó infalible, en una época en que los gustos se repartían entre la electrónica y el denominado retro rock, que buceaba en el roncarol de garaje ese sonido valvular que ahora se conseguía gracias a artilugios tecnológicos.
Outkast, junto a otros experimentos por el estilo como por ejemplo N.E.R.D., consiguió abrir una brecha por la que se coló una nueva camada de intérpretes que no deseaban plegarse a la avanzada de los DJs que parecían llevarse todo por delante, ni tenían intención de distorsionar las guitarras para pegar cuatro gritos y encolumnarse tras la resurrección rockera. De hecho, si la década pasada no se redujo a esa aburrida dicotomía, fue por gente como Outkast, que prefirió ponerle el pecho a las balas y salió a manifestar su disidencia a través de canciones que dieron en el blanco.
Pero no sólo eso, al igual que sus colegas en esta movida, el dúo también se propuso hacer escuela. Y entre sus grandes descubrimientos se cuenta la cantante Janelle Monáe, que se encontraba residiendo en Atlanta cuando conoció a Big Boi, uno de los dos Outkast. Aunque tenía poco más de veinte años, Janelle ya había estudiado arte dramático en Nueva York y contaba con una sólida preparación como cantante. Es decir, estaba en condiciones de ser presentada por Big Boi a Sean Combs, el mandamás del sello Bad Boy Records, donde ella daría inicio a su carrera profesional.
La protegida de los Outkast llevaba apenas un EP y dos álbumes publicados hasta hace un mes. Sin embargo, con eso le había bastado para ganarse una reputación envidiable dentro de la industria, que la nominó y la premió con distinciones que van desde los Grammy hasta los MTV Video Music Awards. Aunque su currículum la sitúa entre las más destacadas de su generación, hasta ahora Janelle Monáe parecía haber permanecido en un incómodo segundo plano, detrás de la constelación de vocalistas femeninas que ha brillado con mayor intensidad en los últimos años.
Pero todo indica que su destino se juega al todo o nada en este 2018, con la publicación de su nuevo disco, “Dirty Computer”, que es el primero en el que no apela a su alter ego Cindi Mayweather. Aparecido a fines de abril, el álbum llegó al puesto número 6 del Hot 200 de la revista Billboard y ha sido aclamado por la crítica, que encuentra en sus canciones referencias a dos tótems musicales: uno de antes, Prince, y uno de ahora, Kendrick Lamar. Con Brian Wilson (sí, el de los Beach Boys), Grimes y Pharrell Williams como invitados, “Dirty Computer” es una obra que merece una escucha atenta e intensiva.
Cuánto tiene que ver en esta figuración de Janelle Monáe su desempeño como actriz en las películas “Moonlight” (que ganó el Oscar hace poco más de un año) y “Hidden Figures” (también nominada por la Academia), es algo difícil de dimensionar. Pero lo cierto es que aquella veinteañera que llegó hasta Sean Combs gracias al padrinazgo de Outkast, ha alcanzado una madurez artística notable y ha procreado una obra que seguramente, al finalizar 2018, estará entre los mejores álbumes de un año que sigue teñido por los colores de las distintas variantes del hip hop y el rhythm & blues, mientras el rock y la electrónica se mueren de nostalgia.



Dejar respuesta