Súpermartes financiero: la codicia le ganó al pánico

El gobierno jugó fuerte y lo hizo bien. Mostró convicción en un momento en que no había lugar para los débiles. Es un mérito que es preciso reconocerle. ¿Saldrá fortalecido Mauricio Macri de este trance?



Por Pablo Esteban Dávila

El súper martes financiero que vivió el país terminó bien, es decir, no pasó nada. “Good news, no news” (buenas noticias, no hay noticias). Ninguna catástrofe que reportar. El infierno para cualquier periodista.
Los datos que reportan la afirmación son concluyentes. El dólar recortó su carrera alcista, las LEBACS se renovaron en su totalidad y el equipo económico nacional (¡ese oxímoron!) pudo exhibir, por primera vez en días, una sonrisa comunitaria.
Quizá sea esta la novedad. Un triunfo del gobierno en materia económica. El primero que se anota en bastante tiempo, aunque, a decir verdad, su victoria pertenece al ámbito de lo pírrico.
Contener el dólar tuvo un alto precio. Exigiódecirles a los mercados que el Banco Central tenía listos 5 mil millones de dólares para sostener la cotización alrededor de los $25 por unidad. Pasen y vean. También, que Federico Sturzeneggersería generoso con la licitación de LEBACS anunciada para ayer: nada menos que un 40% de interés, pagadero a quienes las comprasen. Se suscribieron la totalidad de las letras ofrecidas. La limosna fue grande, pero los santos no desconfiaron.
¿Tuvieron algo que ver los conceptos vertidos a Clarín por Mario Blejer el domingo pasado? El expresidente del BCRA en épocas de Eduardo Duhalde, al recordar la crisis terminal del 2002, sostuvo que había que “lograr que la codicia le gane al pánico”. Eso es lo que hizo en aquél momento tan aciago. Ofreció pagar un vertiginoso 140% a quienes abandonaran el dólar para pasarse a pesos, y lo logró. Duhalde pudo encontrar algo de paz en medio del caos de la pesificación asimétrica. Los pecados capitales pueden ser de gran ayuda en el mundo financiero.
El gobierno jugó fuerte y lo hizo bien. Mostró convicción en un momento en que no había lugar para los débiles. Es un mérito que es preciso reconocerle. ¿Saldrá fortalecido Mauricio Macri de este trance? Decididamente sí, a condición de que la crisis muestre señales de ceder en las próximas semanas.
Esta conclusión puede parecer de Perogrullo -en cierta manera lo es- pero no por obvia puede ser soslayada. La Casa Rosada utilizó un arsenal pesado para repeler lo que se entendió fue un ataque especulativo contra el peso. Arrojó alguno de los misiles que el norcoreano Kim Jong-un tendría reservados para uno que otro enemigo. Esto implica que, si a pesar de tal manifestación de fuerza, el mercado todavía tuviera deseos de continuar con el pleito, el capital político ganado ayer por el presidente se desplomaría con gran estrépito.
Sería, por cierto, un escenario dantesco. Los llamados al FMI se harían más desesperados y la oposición peronista aprovecharía para castigar a Macri y tender un piadoso manto de olvido respecto del pasado que la tuvo de oficialismo. No es necesario retroceder a ningún Annus horribilis de algún gobierno anterior para imaginarse las implicancias: la semana pasada se tuvo una idea de hasta dónde podrían llegar los compañeros de profundizarse la crisis.
El ministro Nicolás Dujovne prefiere confiar en la alternativa más benigna. Si pudiera hacer que el dólar terminase fluctuando por un tiempo alrededor de los veinticinco sería feliz. Ganaría en competitividad, favorecería las exportaciones y desalentaría la fuga de divisas a través del turismo o las importaciones. Le daría, en definitiva, algo de oxígeno para concentrarse en el problema que realmente lo desvela, esto es, la inflación.
Es la inflación lo que todo lo distorsiona y el principal enemigo del crecimiento, más allá de las propiedades benéficas que, en su momento, Felisa Micelile atribuyó desde el Ministerio de Economía de Néstor Kirchner. Es un problema tan grave, tan resistente, que tiene la virtud de convertir cuestiones de particular trivialidad en cuestiones de Estado.
Tómese el caso de la lechuga. Más allá de su característico color verde -que podría ser una señal de parentesco con el dólar- se trata de una hortaliza con precios que fija el mercado con bastante libertad. En su cotización influyen múltiples factores. Uno de ellos es el clima, variable impredecible si las hay. Como, recientemente, la lechuga alcanzó cifras exorbitantes por el exceso de lluvias, una parte apreciable de la opinión pública tomó este dato como el signo del próximo apocalipsis.
Evidentemente no lo es, pero el episodio ilustra sobre los caprichosos efectos del fenómeno inflacionario. Ya le había pasado a Cristina Fernández con el tomate y, como ella negaba que en la Argentina hubiera algo parecido al incremento de precios, prefirió explicar la anomalíapor una suerte de “relato de la suba del tomate”, urdido por los formadores de opinión para mortificarla.
Sin atacar la inflación, las fluctuaciones del mercado serán recurrentes. El dólar es un precio, al igual que las tasas de interés. Se puede jugar un rato con estas variables, pero hacerlo siempre tiene un costo que, en la habitualidad de los casos, se paga caro. Sólo resta por ver, en esta película de desarrollo previsible, si éstos resultan ser más gravosos que sostener el gradualismo que, con la pasión de un profeta, el gobierno insiste en mantener como el único camino posible.
El cálculo de los costos, sean económicos o políticos, forma parte del ADN del gobierno, simbolizado en las famosas planillas Excel de dúo Quintana-Popetegui. Nadie en la Casa Rosada niega que el talón de Aquiles de la economía nacional es que se gasta más de los que se gana. Sin embargo, equilibrar efectivamente las cuentas puede ser más complicado que decirlo. Los días que vividos confirman tal sospecha.
¿Será esta la razón por la cual Emilio Monzó y Octavio Frigerio han sido súbitamente rehabilitados dentro del ala política del gobierno? Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista -sostenía el General en forma endogámica- y ambos pertenecen, inocultablemente, al ancho mundo del PJ. Si Macri realmente desea prorrogar su flamante victoria pírrica hacia horizontes más lejanos, necesitará que otros ejecuten lo que él en persona se ocupó de hacer con gobernadores y senadores de aquella extracción en los últimos días.
Una de estas tareas será disciplinar a los suyos tierra adentro. Lo que ocurre con Cambiemos en Córdoba puede obrar como botón de muestra de esta situación. Mientras que el presidente seduce todo el tiempo a Juan Schiaretti para que se mantenga dentro de la esfera de racionalidad que lo caracteriza, sus referentes locales insisten en comportarse como tábanos políticos del gobernador. A la reciente presentación judicial capitaneada por Ramón Mestre se le suma ahora el pedido de sus legisladores para congelar los servicios públicos provinciales por un año, una represalia infantil de lo que, consideran, fue una agachada de los diputados que responden al Centro Cívico con las tarifas de la energía. Alguien debería tirarles las orejas.
Probablemente eso es lo que ocurra, aunque con modales palaciegos. Tal vez sea Monzó el encargado de llevar adelante la advertencia, recuperando casilleros que había perdido. Todo es posible, especialmente ahora que Macri necesita, más que en ninguna otra ocasión, buscar los consensos difíciles para hacer el trabajo sucio que la prudencia le había sugerido dejar para más adelante. La bravata de Carlos Melconian en Mar del Plata puede que haya hecho efecto. Nada como el fuego amigo para despertar a los somnolientos del gasto público.



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