La crisis es oportunidad: se refunda la mesa chica

Finalmente el supermartes pasó como el Y2K. Aunque no llegó el colapso, el gobierno amplió la mesa chica y se empezó a preparar por si se repite el temblor.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Pasó el “supermartes” tan temido. El país no explotó, el dólar se estabilizó, no se fue ningún funcionario y de repente parece que no fue tan grave.
El mercado expresó su malestar y le llamó la atención al gobierno respecto a su política económica. Pero como el que avisa no traiciona, ayer actuó para darle una mano en la renovación de Lebacs o en la colocación del nuevo bono que ofrece el país a largo plazo.
Los actores más implicados en la operación parecieron entender que la normalización era mejor que el colapso, aunque algunos que miraban desde afuera estuviesen esperando que se desencadene el apocalipsis. Esos agoreros del caos quedaron expuestos como los que en las postrimerías del siglo XX alertaban sobre el tan temido Y2K, que generó una paranoia que se desinfló en tan solo un día.
Aunque el sismo económico encendió las alarmas en los tomadores de decisión, la idea de que se estaba desencadenando una crisis política que condujera a una megadevaluación no llegó a prender entre los responsables de encauzar las aguas que corrían desbocadas.
Si bien los economistas tienen el conocimiento para ordenar las cuentas, a las crisis también se las navega desde la política. En ese sentido se vieron algunos elementos que demostraron la solidez del gobierno, del que no salió eyectado ningún funcionario o partido integrante de la coalición, aunque muchos analistas estuviesen esperando ver a alguno de los responsables de la crisis colgando de la picota.
Escuchando a los que han aprendido de varias crisis anteriores, el presidente decidió ampliar la mesa chica. Como donde comen dos, comen tres, Macri entendió que no podían estar mordiendo los mismos de siempre. Ese núcleo íntimo fue el que terminó por reafirmar supuestos y prejuicios que decantaron en las malas decisiones que tomó el gobierno en los últimos meses, aumentando el descontento de algunos de sus socios.
Para las reuniones semanales Macri decidió ascender a Rogelio Frigerio, hombre importante para la relación con los gobernadores. ¿Qué clase de validez podían tener sus palabras si después no estaba en la mesa chica? Ahora que tiene la posibilidad de meter sus bocadillos en las reuniones, ciertamente cabría esperar más fluidez en el diálogo.
Además del ascendido Frigerio se dan dos retornos de perfil más “tradicional”: Emilio Monzó como articulador con el peronismo y Ernesto Sanz con el radicalismo. Piezas fundamentales en los acuerdos originales de Cambiemos, lentamente fueron deslazados por la cofradía capitalina que pretendió entender el país desde un par de manzanas de la Ciudad de Buenos Aires.
Aunque algunas personas podrían quejarse por la falta de consejeras, como en cualquier mesa donde se hable de política real -no de una entidad abstracta que figure en libros de teoría del Estado- se ponderó recuperar a los que ya llevan años de negociaciones, peleas y armados concretos. De alguna manera se trató de recuperar conexión con las bases (entendidas a la vez como militantes y como principios).
Recuperada la iniciativa política y con una nueva bocanada de aire, el gobierno no debería caer en la pérdida de tiempo de alentar un gran acuerdo nacional como el que insinuó. Sólo con pensar en tal pacto nos damos cuenta de que es imposible: si nos pudiésemos poner de acuerdo para que nadie lo traicione, directamente no haría falta hacerlo.
Viendo la manera en la que algunos trataron de que todo vuele por los aires, sentarse a negociar sería dinamitar el propio espacio. Salvo que, en realidad, el gobierno quiera que todos se distraigan y pierdan el tiempo mientras rearma su golpeada estrategia.



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