Adiós al viejo nuevo periodismo

Ayer, cuando me enteré de la muerte de Tom Wolfe, a los 87 años, recordé la pasión que su pluma nos transmitió, cinismo mediante, y cuánta influencia tuvo en esa camada de veinteañeros que después dedicaríamos nuestra vida a aporrear cuanta máquina de escribir y teclado se nos cruzara por delante.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Como muchas otras áreas de la vida cultural, también la evolución del periodismo gráfico cordobés entró en pausa en 1976, cuando la dictadura cerró cualquier posibilidad de evadir los férreos controles de la censura. La persecución de aquellos profesionales y medios que osaran romper ese corsé, transformó a los periódicos locales en anodinas recopilaciones de los partes y los comunicados oficiales, en tanto que las editoriales y las columnas de opinión eran supervisadas desde el Tercer Cuerpo de Ejército, para que ni siquiera una coma se escapara a los lineamientos que había establecido el autodenominado proceso de reorganización nacional.
Por supuesto, como suele ocurrir en estos casos, las notas referidas a cultura, artes y espectáculos eran las pocas que podían aislarse un poco de la monotonía reinante, siempre y cuando no mencionaran a ninguno de los artistas que figuraban en listas negras ni hicieran alusión a sus obras. En ese contexto, algunos de los textos enviados desde Madrid por Daniel Salzano (a veces bajo la firma de Eladio N. Lanzas) funcionaban como un oasis en las páginas de La Voz del Interior, donde también hacía de las suyas Manolo Lafuente, quien además supo eso escribir en esos años para el Tiempo de Córdoba.
Después de seis años de parálisis y anomia, hacia 1982 se empezó a consolidar un polo de resistencia periodística en Buenos Aires, que había emergido algunos años antes a través de la revista Humor Registrado. Con una manera distinta de decir las cosas, esta publicación instaló un estilo crítico (dentro de lo que se podía en esos años) que hizo escuela. La aparición del mensuario El Porteño, pocos meses antes de la Guerra de Malvinas, dio lugar al lucimiento de algunos nombres que formarían parte de la galería de estrellas de la prensa poco tiempo después.
Pero, en Córdoba, esos brotes no terminaban de prender. Y un repaso por las páginas de matutinos y vespertinos de ese periodo sólo podría aportar un panorama aburrido y monocorde. A quienes nos tocó arrancar en ese momento con el trabajo en las redacciones, no nos quedaba otra que abrevar en ejemplos foráneos para encontrar referencias sobre cómo se podían aplicar procedimientos renovadores que nos ayudaran en nuestra vocación. En mi caso, fue justamente un artículo de El Porteño, donde hablaban del nuevo periodismo estadounidense de los años sesenta, el que me dio una pista acerca de cuál podía ser el rumbo a tomar.
Ya en la ex Escuela de Ciencias de la Información de la UNC, nuestro libro de cabecera pasó a ser la edición del sello Anagrama de “La izquierda exquisita & Mau-Mauando al parachoques” y “El nuevo periodismo”, ambos del estadounidense Tom Wolfe. Eran escritos que databan de diez años antes, pero que abrían un panorama insospechado para quienes estábamos acostumbrados a leer la prensa insípida de la dictadura. Bajo la inspiración de esas páginas, soñamos con una quimera de la que el propio Wolfe renegaba explícitamente en sus textos: hacer literatura a través de los diarios.
Ayer, cuando me enteré de la muerte de Tom Wolfe en Nueva York a los 87 años, necesariamente recordé la pasión que su pluma nos transmitió, cinismo mediante, y cuánta influencia tuvo su prosa en esa camada de veinteañeros que después dedicaríamos nuestra vida a aporrear cuanta máquina de escribir y teclado se nos cruzara por delante. La caída universal en las ventas de los diarios le asesta, por estos días, su estocada final a esa figura legendaria del periodista literato que supo ser el héroe al que rendíamos culto. Un arquetipo del que Tom Wolfe ya se había burlado, cuando todos se paraban para aplaudirlo.



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