La excepcionalidad argentina: una crisis sin causas objetivas

Parece un panorama dantesco, pero lo curioso es que no hay ninguna causa real para alimentar tanto desasosiego. La inflación no es mayor que la que ostentaba Cristina Kirchner, la deuda externa continúa siendo la mitad de la economía (una ratio en absoluto escandalosa) y el PBI, a diferencia de lo sucedido entre 2012 y 2015, muestras señales de recuperación. Incluso la pobreza, este gran complejo de culpa de la Argentina, parece estar mejor que antes.



Por Pablo Esteban Dávila

Treinta días atrás, el peronismo suponía que el 2019 era un trago amargo que tendría que pasar. La mayor parte del partido daba por sentado que, al final de cuentas, debería sentarse a contemplar de cómo Mauricio Macri era reelegido para un segundo mandato. Hoy ya no piensa del mismo modo.
Todas las versiones del justicialismo, desde los K hasta los federales o republicanos, especulan ahora con que los tiempos se han acelerado y que Cambiemos no tiene asegurado el futuro. Esta presunción opera como un poderoso catalizador de sus tradicionales apetitos de poder. En el Congreso de la Nación, la caja de resonancia por excelencia de las ambiciones individuales de sus principales referentes, se suceden los desafíos hacia la Casa Rosada, incluso por sobre los deseos de los gobernadores, jefes nominales de varios legisladores.
Es un hecho que los peronistas están oliendo a una presa herida, y que están dispuestos a abalanzarse sobre ella tan pronto entiendan que se encuentra acorralada.
¿Qué sucedió para que esto sucediera tan repentinamente? ¿No tuvo Macri, apenas seis meses atrás, un triunfo político indiscutible en las últimas legislativas? Es difícil precisar un momento exacto, pero, a nuestro juicio, la bisagra se sitúa en el instante en que el jefe del radicalismo, el mendocino Alfredo Cornejo, y la diputada Elisa Carrió protestaron públicamente contra la política tarifaria llevada adelante por el presidente y su ministro de energía, Juan José Aranguren.
Aquel alzamiento, aunque pacífico y razonablemente resuelto, marcó un antes y un después dentro de la coalición. Puso en duda la habilidad del gobierno para conducir su principal política macroeconómica, esto es, la reducción de los susidios a la energía y, por consiguiente, el incremento de las boletas a los usuarios finales. Al protestar contra el esquema diseñado por Aranguren, el radicalismo y la Coalición Cívica pusieron un límite que, a juzgar por los resultados, sirvió como una señal de largada para una ofensiva generalizada de la oposición. ¿Porqué no redoblar la apuesta sobre un asunto que los propios aliados de Macri consideraron de particular sensibilidad política? ¿Acaso el peronismo está obligado a mostrar una comprensión,rayana en el lirismo, que ni Cornejo ni Carrió honraron cuando tuvieron la oportunidad de mostrarse comprensivos?
Luego de aquel hito se sucedieron las desgracias ya conocidas. El especial momento de los Estados Unidos de Donald Trump -altos niveles de empleo y crecimiento económico récord- fortalecieron al dólar y movieron al alza la tasa de interés fijadas por la Reserva Federal. Esto impulsó la cotización de la divisa en todo el mundo que, como es sabido, produce en la Argentina el efecto de un huracán categoría 5.
A partir de allí aparecieron los sinsabores que desvelan al oficialismo. Tasas más elevadas para tomar dinero en el mercado internacional, mayores presiones inflacionarias y laansiedad nacional que produce la fluctuación del dólar. Esta combinación de infortunios impulsó al presidente a recurrir al FMI para calmar los mercados y para evitar tomar deuda al precio que hubiera pagado Axel Kicillof de haber continuado al frente de la economía doméstica. En el medio de este escenario, el peronismo parlamentario logró la aprobación del demagógico proyecto que limita los incrementos de las tarifas de energía, inyectando mayores dosis de desconcierto a un país desorientado.
Parece un panorama dantesco, pero lo curioso es que no hay ninguna causa real para alimentar tanto desasosiego. La inflación no es mayor que la que ostentaba Cristina Kirchner, la deuda externa continúa siendo la mitad de la economía (una ratio en absoluto escandalosa) y el PBI, a diferencia de lo sucedido entre 2012 y 2015, muestras señales de recuperación. Incluso la pobreza, este gran complejo de culpa de la Argentina, parece estar mejor que antes. Hay un brote de psicosis colectiva sin que haya sido diagnosticada ninguna enfermedad psiquiátrica.
No deja de ser llamativo, asimismo, que incluso los peronistas, especialmente en sus vertientes no kirchneristas, sepan perfectamente que las medidas que impulsa el gobierno son las correctas. No tiene ningún sentido, ni económico ni redistributivo, el subsidiar a Barrio Norte o a los sectores más acomodados del gran Buenos Aires a expensas del resto del país. Si ahora muestran los puñales es porque perciben debilidad en el adversario, no porque estén en desacuerdo con el rumbo general adoptado por el macrismo, al que consideran inexorable.
Los gobernadores del justicialismo federal son los más comprensivos. Ellos, quizá con la única salvedad de Juan Manuel Urtubey, no tienen sueños presidenciales en lo inmediato. Su ambición más urgente es la reelección y, para lograrla, necesitan de un horizonte de estabilidad antes que de conflicto.
Aspirar a la estabilidad supone domar el potro inflacionario, un resorte en manos de Nicolás Dujovne. Como la inflación está asociada al gasto público, el sinceramiento tarifario es una condición necesaria (aunque no suficiente) para lograr esta meta. Juan Schiaretti lo dijo con una sensatez mayor que la demostrada, incluso, por algunos de los dirigentes de Cambiemos: las tarifas de los servicios públicos es una atribución del Poder Ejecutivo Nacional. No debería insistirse en interpretaciones diferentes.
El gobernador, sin embargo, se mostró reacio a impulsar esta máxima hasta sus últimas consecuencias. Sus propios legisladores votaron a favor del proyecto que limita los incrementos sin que se conocieran instrucciones en sentido contrario. Pero esta defecciónno debería ser tildada de doble discurso. Schiaretti tiene que convivir con sus necesidades de gobernabilidad con la fisiología que impulsa al peronismo a retornar al poder. Si confrontara abiertamente con este imperativo, casi biológico, correría el riesgo de transformarse en un outsiderdentro de su propio partido. En tal hipotético momento perdería, en forma automática, el encanto que posee como interlocutor privilegiado del presidente.
Esta limitación es conocida por Macri y particularmente bien tolerada por el oficialismo. ¿A quién le interesa un gobernador opositor si ha perdido la condición de tal? Es mejor que el cordobés surfee de la mejor manera que pueda esta tormenta en cuya producción no ha tenido ni arte ni parte. Se agradecen sus definiciones -que, por cierto, han sido valientes y precisas- y se acepta que, en definitiva, el presidente deberá vetar la ley que le ha plantado el peronismo legislativo sin que otros deban compartir el costo político que esto supone.
La Argentina demuestra, una vez más, su excepcionalidad. Incapaz de darse un debate racional sobre su futuro, se imagina inmersa en una nueva crisis sin que existan fundamentos objetivos para afirmar que se está a las puertas de alguna. Ninguno de sus indicadores está peor de lo que estaban dos años atrás. Las políticas del gobierno, aunque algunas de exasperante laxitud y morosidad, son las adecuadas. El mundo, desde los Estados Unidos hasta China, apuestan por Macri y su gestión. Hay anuncios de inversiones extranjeras por primera vez en mucho tiempo, y se agradece el clima de mayor libertad económica y tolerancia política que se ha instalado en el país. Son todos datos positivos que no deberían ser descartados por la ola de pesimismo que se acaba de abatir sobre su geografía, a despecho del oportunismo opositor.



2 Comentarios

  1. Que pobre análisis de un chupamedias de los cipayos…. Se nota mucho tu antipueblo Davila…. El Alfil con puedo escritores como vos sigue siendo un pasquín a favor de la oligarquía

  2. Lo positivo de esto es que los que pretenden presentarse como alternativa para el 2019, tienen presente que repetir la gestión de CFK no es precisamente el camino a seguir. Por otra parte, en el vertigo de los avatares financieros, todavía no habría que ponerle el epitafio a CAMBIEMOS. Tiene DOS ALTERNATIVAS que pueden ser favorables. Si en los grandes distritos electorales, mantiene un plan de obras RAZONABLE y de excepccion respecto al pasado, esas realizaciones pueden hacerlos zafar. Poiticamente, si por cuestiones de “salud”, Macri tiene que declinar a una reelección y se pronuncia, ante esta emergencia, Ma Eugenia Vidal como candidata, entonces tambièn puede continuar, mas si mantiene su tecitura de no tener CEOS en su gabinete y seguir con la proliferación de Pejotistas en su cercanía y asi sumarle un gran dilema al PJ estructurado.

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