Los colores de la semana del dólar

La mayoría no sabe ni cuánto sale el kilo de pan, pero a la moneda yanqui le conocen más los movimientos que a la vecina que está buena. Es al vicio, el verde nos puede.

Por Javier Boher
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¡Qué fatiga, amigo lector! Esto de andar corriendo por atrás del dólar deja agotado a cualquiera! Encima el desgraciado trepa con la facilidad de mono asustado. Pero bueno, sabíamos que algo iba a pasar.
Hace ya un par de semanas que Schwarzenegger venía surfeando la presión vendiendo reservas para que el verde no pegue un salto abrupto. Aunque decir verde suene a mate o a porro, se sabe que la verdadera adicción argentina es al dólar.
La mayoría de la gente no sabe ni cuánto sale el kilo de pan, pero a la moneda yanqui le conocen más los movimientos que a la vecina que está buena. Es al vicio, así nos prepararon: “el que apuesta al dólar, pierde” o “el que depositó dólares recibirá dólares”.
Habría que decirle al ministro Dujovne que entienda que la gente prefiere ahorrar dólares abajo del colchón en lugar de pesos en el banco. Capaz hasta se los gastan en chocoarroz en lugar de quedarse con billetes que terminan como el azul de Mitre.
Si con el Zabeca de Banfield se devaluó de 1 a 4 (como si esta semana se iba a 80) o de los 3 del Nestornauta a los 15 de la Emperatriz (más o menos, porque con la manía de mentir los números ya hasta era difícil enseñar las tablas) ¿cómo se supone que la gente confíe en lo que le dicen?
Para colmo de males, los medios tradicionales -tan preocupados por las fake news – parece que no tienen problemas en operar con la precisión de un neurocirujano. No quiero sonar kirchnerista amigo lector, pero empezaron la semana pasada con los gastos del ex columnista televisivo hoy devenido en ministro.
Siguieron con el rumor de que Cavallo se habría reunido con Macri y con Sturzenegger. Levantaron algunas ideas de su blog personal y dieron vueltas hasta que finalmente lo llevaron al piso de un programa.
Que los economistas me disculpen: el señor sabrá mucho, pero la gente lo ve en la tele y se frunce. Es un acto reflejo. No importa si terminó incinerado en 2001 y aprovecharon para hacerle pagar la maniobra del Zabeca en 2002. La gente le teme más que al dentista.
Capaz quería ir a compartir una receta de budín de mandarina o guiso de lentejas, pero la mirada penetrante que emana de esa brillante cabeza (póngale la acepción que guste) no es algo que la gente recuerde con ternura.
Les salió todo bastante bien a los que querían jugar a la política desde los medios: suba de tarifas, suba del dólar, meta de inflación que se aleja y Miauri que se va de Casa Rosada en helicóptero.
Crónica poniendo una placa con “Se va Macri” mientras despega el aparato es como el que juega a burlarse del pata ‘e lana cuando la mujer ya lo dejó. Que sean ridículos no les quita lo peligroso.
Que haya gente que pretenda un 2001 es absurdo. Definitivamente es un país psiquiátrico. Sólo dos clases de personas pueden pedir eso: los que no lo vivieron o los que lo aprovecharon y se beneficiaron (en los dos casos, la mayoría de los que miran al kirchnerismo con nostalgia).
La vieja tesis de la izquierda de que “cuanto peor, mejor” no aplica a los pobres. Pedir que vuelva el 50% de pobreza, gente revolviendo la basura para comer, gente protestando frente a los bancos o personas que se morían porque no podían continuar sus tratamientos médicos no es política, es una bajeza.
Frente a esos que detestan la democracia fue que el gobierno planteó -hábilmente – el gradualismo tan criticado. No importa si hoy está temblando. Les sirvió para ganarles a los que hoy pretenden un 2001. Si ajustaban de golpe, quizás hasta les daban el gusto.
Se votó el año pasado y se vota el que viene. En octubre ganaron. Hasta agosto del año que viene tienen tiempo de corregir. Ya les avisaron que hace falta más que lo que están mostrando.
Los inversores se están cansando de un equipo económico que no sabe muy bien cómo articularse. Es como poner a Icardi, Dybala y a cualquiera de los que piden los periodistas para que la cosa arranque en la selección. No importa qué tan buenos son. Si no juegan juntos y hacen goles, no se gana el partido.
Qué quiere que le diga, amigo lector. Para mí, esto que pasó tiene un componente externo bastante importante (porque Estados Unidos está chupando dólares y complica al resto de los países).
El otro componente es que los inversores se están cansando del gradualismo y decidieron mandar una señal de lo que puede pasar si no hay algunos cambios. Pueden esperar para invertir, pero si ya pusieron no pueden esperar para ganar. Es como que el delivery le diga 45 minutos pero demore 90. Tiene dos caminos: hostigarlos desde el minuto 50 o no pedir más.
Hasta acá llegamos, amigo lector. Es difícil hacer futurología -para eso están Horangel y Ludovica – pero aunque la economía manda en un país adicto como el nuestro, no parece haber peligro en la política.
Quizás esperen un tiempo para pedirle el reembolso a Pagni, para no mostrar debilidad corriendo a un ministro de economía (con lo que significa en Argentina). En una de esas lo freezan y le ponen un jefe más fuerte que el Sr. Farmacity, el poco visible Quintana.
En cualquier caso, no importa mucho el destino del rojo ministro radical en medio de un Ejecutivo amarillo. La mayoría de la gente se preocupa por el verde dolar, porque sabe que cuando ese se escapa, eventualmente se las terminan viendo negras.
Buena semana.



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